Si hay algo que no le ha faltado al gobierno de la NM es relatos. Claro que algunos dirían que son más bien eslóganes. El país inclusivo, el fin al lucro, al copago y a la selección, la educación gratuita y de calidad, la modernización (valga la ironía) de las leyes laborales y tributarias, una Constitución legítima. Pero a la vez el Gobierno ha construido -¿será su principal legado?- un tremendo anti-relato, uno que le duele a una mayoría de chilenos: la arrogante demolición de la obra fraguada en 24 años de gobiernos profesionales, discretos, moderados.

Hay distintas opiniones sobre por qué en la NM renegaron del exitoso modelo que administró la Concertación. Que su corazón estuvo siempre más a la izquierda. Que estaban dispuestos a legitimar el modelo solo si gobernaban. Que cuando ganó Piñera, se picaron y volvieron a sus orígenes. Que cobraron hegemonía unos intelectuales que ignoraban o despreciaban la economía, y que por tanto no se sentían obligados a medir sus sueños contra la realidad. Que estos intelectuales mostraron sus dientes cuando sus discípulos estudiantiles se tomaron las calles en 2011. Que de allí estos mismos estudiantes se apoderaron de la agenda. Que los políticos se doblegaron ante su aparente fuerza, y que, sobreestimando su representatividad, pensaron que había que complacerlos, para evitar la ingobernabilidad. Que fue la alianza con el PC y la influencia que le permitieron tener. Que la misma presidenta se radicalizó en la ONU. Que al contrario fue siempre muy de izquierda, y que con la popularidad que disfrutaba en 2009, se dio el gusto de volver a sus orígenes.

Lo probable es que la explicación esté en una combinación de estos factores. Lo cierto es que, salvo valiosas excepciones en reductos como Hacienda, Energía o Cancillería, la NM decidió aniquilar el consenso que tanto había beneficiado al país desde 1990.

Claro que hay todavía gente moderada en la coalición. Pero cuando levantan cabeza son denostados. El clima ambiente es de retroexcavadora, con todo lo que significa en poder destructivo. Su manifestación más reciente ha sido el rechazo -miserable en su pequeñez- del proyecto Dominga. Rechazo que si no se revierte, le da un golpe de gracia a cualquier esperanza de que repunte la inversión. Por algo, muchos de los huérfanos de la Concertación o no saldrán a votar este año, o migrarán hacia Sebastián Piñera. Por algo es él la única buena opción que le queda al país.

Se oyen dos tipos de objeción a Piñera. Una, que la campaña judicial no cejará, y que por tanto arriesga perder. Dos, que no podrá gobernar, porque la izquierda no se lo permitirá. Respecto a la primera, él puede silenciarla fácilmente, poniendo sus activos -los propios y los de la familia- en fideicomisos ciegos administrados por instituciones internacionales. Claro que aun así, sus adversarios no quedarán satisfechos. Pero él tendrá la autoridad moral para desenmascararlos como hipócritas o ignorantes, y para hacer de sus éxitos empresariales una virtud. ¡Es que lo son! Ganar esa cantidad de dinero requiere un prodigioso conjunto de habilidades. Son -no quiero ofender a nadie- habilidades bastante más difíciles de reunir, y bastante más útiles en el gobierno de un país, que las que se necesitan para ser lector de noticias. Son capacidades propias de quien hace noticias en vez de leerlas.

En cuanto a que no lo dejen gobernar, quién sabe. ¿Estamos tan seguros que, con el nuevo sistema proporcional, va a mantenerse férreamente unida la coalición que pierda? Piñera por su parte tiene la mente amplia como para poder configurar en el Congreso una mayoría más heterogénea que las que hemos visto hasta ahora. Una mayoría para el rescate de Chile.

/Columna de David Gallagher para El Mercurio

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