Despidiéndose desde la Base Andrews y sin mencionar a Joe Biden, Trump deseó éxito y suerte al nuevo gobierno porque… le dejaba un legado “espectacular” (sic). También soslayó su desidia en el tema pandemia, aludiendo a las vacunas ya disponibles. De paso, en una taimada alusión a los militares -ya veremos por qué-, contó cuánto lo querían los veteranos del Ejército.

Lo más significativo es que se fue sosteniendo la mentira de su victoria robada y con un mensaje similar al de Hugo Chávez de 1992, cuando dijo que su golpe había fracasado sólo “por ahora”. Dirigiéndose a sus adictos, Trump prometió que “siempre lucharé por ustedes” y que “estaremos de regreso en alguna forma”.

La amenaza es seria. El histriónico presidente que quiso convertir la República Imperial, elogiada por Tocqueville, en una Dictadura Imperialista, seguía dando la razón a Barack Obama. Este dice en sus memorias que “Trump era un espectáculo y, en los Estados Unidos de 2011 eso era una forma de poder”. Con ese poder secuestró al Partido Republicano y construyó una fuerza social agresiva e incongruente con los valores de la democracia.

Por lo demás, ya giró y seguirá girando contra ella. Tras el asalto al Capitolio -que no tuvo el coraje físico de encabezar- ha querido canjear su impunidad por “una transición ordenada”. Léase, por un incierto control de la violencia de sus seguidores. Por interpósito Mike Pence y citando la Biblia, aconsejó a su aborrecida Nancy Pelosi, líder de la Cámara de Representantes, que se concentrara en el control de la pandemia, pues “tras los trágicos acontecimientos del 6 de enero ahora es el tiempo para que nos unamos” (sic).

Si se asume que ese día hubo cinco muertos y que Pelosi fue buscada especialmente por los asaltantes -no para saludarla-, aquello estuvo en la línea ideológica de “la protección” que ofrecían los gangsters de Chicago.

Dura réplica presidencial

Horas después, en su toma de posesión, Joe Biden dijo que Donald Trump -a quien tampoco mencionó por su nombre- dejó la democracia de los EE.UU. en la unidad de cuidados intensivos. En un discurso sin eufemismos, en el recién asaltado Capitolio, ante expresidentes republicanos y demócratas e incluso frente a Mike Pence, vicepresidente del innombrable, dio cuenta de las falsedades, odio y racismo que recibió como legado. Con esos recursos, dijo, devaluó la decencia, desprestigió al país y socavó el equilibrio bipartidista. Incluso, mediante turbas violentas y actos de terrorismo, indujo “una forma de guerra civil”.

Biden reconoció que esos estallidos antisistémicos operaron sobre un terreno abonado por la decadencia de la política formal. Por tanto, su victoria demostró que la democracia había prevalecido, pero no era irreversible. Había que renovarla para sacarla de su estado de fragilidad y para que -¡ojo!- los EE.UU. volvieran a ser “fuente de bien para el mundo”. Una tácita alusión al peligro global para la paz que significó Trump.

En esa línea, pidió un minuto de silencio por los 400 mil muertos que estaba dejando la pandemia, hizo un llamado a la reunificación nacional recordando a Lincoln y se comprometió a ser un presidente “para todos”. Terminó invocando una bendición literalmente estratégica: “Que Dios proteja a nuestras tropas”.

Lo bueno de una ignorancia

A esta altura uno debe preguntarse por qué Trump no pudo forjar una fuerza militar de apoyo, como cualquier autogolpista subdesarrollado.

La respuesta la dio Maquiavelo en el siglo XVI, cuando advirtió que los gobernantes “no deben apartarse jamás de la reflexión sobre el arte militar”. Obviamente, el expresidente no podía seguir ese consejo, pues nunca tuvo la capacidad de reflexionar. Tampoco sirvió en el Ejército y nadie podría acusarlo de conocer las tesis militares de Wright Mills, Samuel Huntington, Morris Janowitz, Henry Kissinger, Robert McNamara o Zbignew Brzezinski.

Galopando sobre su ignorancia feliz, creía que fidelizaría a los militares con técnicas de marketing: un presupuesto holgado para comprar armas, la promesa de “una buena guerra” o designaciones premium en su equipo de oyentes. Es muy posible que se viera a sí mismo como un patrón de rancho del Oeste y a los uniformados como sus pistoleros a sueldo.

Fue su peor error, pues los militares norteamericanos son parte importante de la élite del poder. Conforman un grupo de presión ilustrado y discreto, con autonomía social relativa, información política de calidad y están forjados en la disciplina de la simulación. Además, la alta tecnicidad de sus funciones les permite una amplia capacidad de autorregulación.

Con ese capital en sus mochilas, no disfrutaban con las patanerías de su comandante en jefe y nunca le perdonaron su agravio al senador y veterano de guerra John McCain (oficial naval capturado en Vietnam y condecorado por su comportamiento). “No me gustan los vencidos”, había dicho a su respecto. En paralelo, los más expuestos a sus decisiones verificaron que ignoraba el mínimo necesario sobre los temas estratégicos y geopolíticos propios de una potencia con intereses globales. Resultado: antes que los políticos civiles, captaron que era un peligro para la seguridad de su propio país.

La prueba está en el Memorándum del 12 de enero, de los 8 máximos jefes militares de los EE.UU., dirigido a todos sus efectivos. En ese texto, donde cada palabra pesa, definen el asalto al Capitolio como “asonada violenta”, “sedición” e insurrección”. Recuerdan que las Fuerzas Armadas “se mantienen absolutamente comprometidas con la protección y defensa de la Constitución contra todos los enemigos, extranjeros y domésticos”. Advierten, para máxima claridad, que sólo obedecen las “órdenes legales del liderazgo civil” y alertan a sus subordinados para que se mantengan enfocados en su misión. Concluyen declarando que el 20 de enero el presidente electo Joe Biden “será nuestro Comandante en Jefe N°46”.

Fue una potente luz roja institucional y un puntillazo torero al comandante en jefe N° 45, quien indujo el asalto y quería apernarse en el poder.

El lado oscuro de la fuerza

Para las almas buenas de los EE.UU. habría que arrojar a Trump al desván de la irrelevancia, resignarse a un crimen sin castigo y volver a los happy days de la canción tradicional.

Quien conozca algo de realpolitik sabe que ese “buenismo” también fue previsto por Maquiavelo -por algo es un clásico-, para quien “no se debe jamás permitir la continuación de un desorden para eludir una guerra, porque ésta no se evita, sino que tan sólo se retrasa”. La impunidad eventual de Trump induce dos preguntas relacionadas: ¿Ya cesó el desorden que provocó? ¿Fue la asonada su último cartucho?

Las imágenes de la televisión dieron algunas respuestas. Para la toma de posesión de Biden todos los Estados de la Unión estaban bajo control militar y 25 mil soldados acampaban en el Capitolio. En paralelo, hay congresistas confabulados con la asonada y habría militares sometidos a una Corte Marcial.

En cuanto a la actual correlación de fuerzas, la mancha roja de Trump sobre el mapa muestra sobre 74 millones de simpatizantes, muchos de los cuales organizados y armados. Al frente esta la mancha azul de Biden, con sobre 81 millones de electores, muchos con armas, pero sin organización. Bastaría un 10% de la mancha roja para formar milicias con más efectivos que el ejército, a semejanza de lo que hicieron los líderes fascistas europeos del siglo pasado.

Hay base real, entonces, para temer que la lucha continúe. Por ello Biden llamó, en su discurso, a “poner fin a esta guerra civil que enfrenta al rojo con el azul”. Sabe que la democracia, su propia seguridad, la paz interna y externa, hoy dependen de una delgada línea verde: los 2 millones de militares en activo, reservistas y guardias nacionales.

A partir de esos datos, los estrategas norteamericanos están analizando la dinámica política de los ejércitos, recordando los magnicidios exitosos o intentados en su país y estudiando las biografías de los grandes dictadores.

Trump, en su megalomanía, quizás aprecie todo esto como un duelo de cowboys, que debe concretarse a la hora señalada.

Un fantasma para Biden

Cualquier analista serio sabe que, dada la envergadura del país y de su potencial nuclear, la crisis de la democracia norteamericana no es encapsulable. Por eso, si el silencio de muchas cancillerías fue llamativo, el de las organizaciones multilaterales fue estrepitoso.

El Secretario General de la ONU y su homólogo de la OEA parecieron ausentes, ante un cuadro de evidente amenaza para la paz y la seguridad internacionales. El primero ni siquiera ejerció la potestad que le confiere el artículo 99 de la Carta, para “llamar la atención” sobre el tema al Consejo de Seguridad. Lo disuadió de antemano el derecho a veto que ejercería Trump. El segundo ni siquiera convocó al Consejo Permanente, según las facultades que le da la Carta Democrática Interamericana. Tácitamente, reconoció que ese texto sólo es aplicable a los países del sur.

En esas circunstancias, Biden luce solitario ante un dilema de crimen-castigo con implicancias globales. O asume como tarea de gobierno aplicar la ley a su predecesor o se allana a lo que resuelvan los partidos del sistema, a partir del impeachment ya activado. Esto equivale a decidir si se resigna o no a dormir con el enemigo, a sabiendas de que puede despertar ante el huevo roto de la serpiente metafórica.

Honestamente, no hay consejo simple de ninguna mente brillante que pueda ayudarlo. Sin la solidaridad de las democracias y ante el deber de asumir, en simultáneo, lo que él mismo conceptualizó como “una cascada de crisis”, es una opción durísima de roer. En definitiva, sólo puede confiar en su sabiduría, su intuición y sus conocimientos de historia comparada.

Tal vez, en una noche de insomnio, se le ocurra releer la peripecia de un agitador alemán que, tras una asonada sangrienta y algunos años de cárcel, llegó a gobernar con mayoría parlamentaria, indujo el incendio del Parlamento, se hizo dictador con apoyo militar, provocó una guerra mundial, dejó 60 millones de muertos y terminó liquidando a su país.

Por José Rodríguez Elizondo, abogado, académico, ex embajador, para El Líbero

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