Nunca le hice mal a nadie”, dijo el ultraderechista Jair Bolsonaro frente a una cámara telefónica y con cierta dificultad del habla. Trasladado a un hospital paulista, donde sigue su tratamiento, el ex capitán del Ejército y diputado del Partido Social Liberal (PSL) dijo que estaba “preparado” para ser blanco de un atentado como del que fue víctima el pasado jueves en el estado de Minas Gerais. El cuchillazo no revistió la gravedad que en principio se suponía y, en los hechos, Bolsonaro retomó su campaña electoral desde la misma camilla hospitalaria. “Uno corre riesgos. Pero, de vez en cuando, uno lo duda. ¿Será que el ser humano es tan malo así?”, dijo el candidato del PSL, que según una última encuesta divulgada en Brasil, tenía un 22% de intención de voto. Diversos analistas, citados por Folha de Sao Paulo, no descartaron que su popularidad suba después de lo que le ocurrió. Otros, sin embargo, creen que Bolsonaro, defensor de la tortura, confeso racista, homofóbico y nostálgico de la última dictadura, no podrá capitalizar políticamente el atentado y su caso quedará como advertencia de que “la violencia engendra violencia”.

Por lo pronto, el controvertido senador del PSL, Magno Malta, decidió filmarlo y divulgar su voz en las redes sociales. Malta, pastor evangélico, cantor ocasional y muchas veces a la derecha del mismo Bolsonaro, bendijo con una oración el relanzamiento de la actividad proselitista del ex capitán. Con los ojos cerrados y una mano sobre el estómago, cerca de donde se introdujo el puñal, Malta le dijo a él y a todos los brasileños: “el Señor tiene control de todas las cosas. Nadie va a interrumpir la misión que el Señor le confió de cambiar la realidad de este país”.

LAS RAZONES DEL ATACANTE

Adelio Bispo de Oliveira, de 40 años, dijo que atacó a Bolsonaro por “orden de Dios”. Si alguna vez fue parte de un grupo de izquierda, después de sus declaraciones a la policía no parecía quedar duda de que la salud mental del agresor era precaria.  “Ese demonio no sabía hacer esas cosas”, se burló el mismo Bolsonaro mientras trataban de curar su herida en el centro quirúrgico de la Santa Casa de Juiz de Fora, de acuerdo con la revista Piauí. Desde allí salió la primera foto mientras los médicos y enfermeros intentaban cerrar la hemorragia. La imagen suscitó ciertas sospechas. Los especialistas trabajaban sin guantes y no se veían rastros de sangre. Piauí, un medio especializado en las investigaciones periodísticas, descarta que fuera un montaje. La foto fue enviada por el WhatsApp y provocó la indignación de los policías que, desde ese momento, les retiraron a médicos, enfermeras y funcionarios sus celulares y bloquearon el acceso al centro quirúrgico a lo largo de casi una hora.

ESTUPOR Y PREOCUPACIÓN NACIONAL

El atentado provocó estupor en el país y la condena de todos los partidos políticos. El Ejército, donde la simpatía por Bolsonaro ya no se oculta, se reunió para analizar lo ocurrido. “El agravamiento del debate electoral produjo un estado de anomalía”, señaló Bruno Boghossian, columnista de Folha de San Pablo. “Hay dos caminos al final de este descenso: una barrera de contención y un precipicio… La polarización política, nutrida por años, abrió espacio para la convicción absurda de que la fuerza podría ser usada para callar a alguien que piensa diferente. Poco importa ahora si Bolsonaro tiene posiciones radicales o si es intolerante; o si el autor del atentado tiene problemas psicológicos. La arena política salió del control”. Clovis Rossi, otro sagaz analista de Folha, deslizó amargas predicciones. “De la manera que van las cosas, Brasil va a acabar ahogándose en un mar de bilis. El ataque a Jair Bolsonaro es la más reciente y quizá la más grave evidencia de que el odio impregnó partes sustanciales de la sociedad. Cualquier hipótesis de conciliación se vuelve imposible… Sería estúpido decir que la culpa por el atentado es de la víctima. No es eso. Lo que existe es un ambiente de radicalización horroroso por el cual todos los partidos son de alguna forma responsables”.

LULA FUERA DE CARRERA

En medio de las discusiones sobre la suerte y la responsabilidad de Bolsonaro, una noticia pasó prácticamente inadvertida: la mayor apuesta que había hecho la defensa de Luiz Inacio Lula da Silva para revertir la prohibición de participar en las elecciones del 7 de octubre quedó prácticamente sepultada. El ministro Celso de Mello rechazó el recurso presentado ante el Supremo Tribunal Federal (STF) en el que se abrigaban las últimas esperanzas. Lula permanece preso en una cárcel de Curitiba. Una pena de 12 años dictada por el juez Sergio Moro y ratificada por un tribunal que consideró suficiente la existencia de indicios de la responsabilidad de Lula en una red de tráfico de favores, lo sacaron de la competición. Lula tiene una intención de voto casi del 40%. El Partido de los Trabajadores (PT) lo sustituirá por el ex alcalde paulista Fernando Haddad.