Las secuelas de un Mundial son duras. Cuando España ganó el suyo, no hace tanto, el retorno a la competición le deparó goleadas sonrojantes ante Argentina (4-1) y Portugal (4-0). Inevitablemente, los equipos que lo hacen mal en la Copa del Mundo buscan el rearme inmediato y los que lo hacen bien, incluso extremadamente bien, incluso los que hacen el mejor Mundial de su historia quedándose a las puertas del título, sufren una despresurización que les pone la tensión por los suelos. Es algo inconsciente, pero ocurre. De modo que España, dueña del mayor estrépito del Mundial de Rusia, y Croacia, propietaria de la hazaña más hermosa del torneo, andan rumiando cada uno sus secuelas. Mientras España se afana en recuperar el vigor perdido, Croacia todavía se mira al espejo saboreando el subcampeonato, de modo que, si se encuentran, pueden pasar cosas como la que se vio en Elche.

Ganó España. Avasalló España, si bien más en el marcador que en el campo. Porque al descanso, el 3-0 era mucho más grande que la diferencia en el juego. De hecho, durante el primer tiempo a la selección le costó la vida entera sortear la presión croata, asomada la selección de Dalic hasta las mismísimas barbas de De Gea, que repitió. Hubo cambios, y los que salieron (Marcos Alonso, Thiago y Aspas) fueron más previsibles que sus sustitutos (Gayá, Ceballos y Asensio). Sobre todo los dos últimos. Luis Enrique confía en el sevillano por más que su papel en el Madrid no sea protagonista, y de esa confianza salió un once con más de la mitad de madridistas.

Con un dibujo similar al de Wembley, el equipo se aupó de nuevo al empuje de Carvajal y de Saúl, que encontraron un aliado en el nuevo, en Ceballos. Lo pasó mal España para sortear esa primera línea de presión. Cuando lo logró, fue con un balón profundo para el costado derecho o con un control orientado de uno de los dos centrocampistas. Croacia, entretanto, buscaba las cosquillas de Gayá, que tardó media hora en asentarse. No estaba cómoda España en el partido hasta que de nuevo Saúl cazó al vuelo, y nunca mejor escrito porque el salto fue brutal, un centro de Carvajal, que le había vuelto a encontrar la espalda a Pivanic. Poco después, un error en la entrega de Kovacic terminó con el balón en los pies de Asensio, un chico que cuando cumple con las promesas que siempre tiene su fútbol resulta arrebatador. Su disparo seco, hasta cruel, fue el segundo.

Toque y movimiento

Desatada España, de nuevo el jugador del Madrid encontró la pelota en la derecha, desde donde nacía su fútbol. De nuevo una diagonal. De nuevo un golpeo parabólico y la pelota, tras tocar en el larguero, dio en la espalda de Kalinic y entró. Hubo tiempo para pensar qué hubiera sido de España en el Mundial si Saúl hubiese jugado, sí, pero también si Carvajal hubiese llegado en forma, o si el nervio que exhibió lo hubiera sacado antes el grupo entero, o si alguien se hubiese atrevido a tirar desde fuera del área, o si el movimiento hubiese sido el de Elche… O si muchas cosas.

No había señales de la subcampeona del mundo, desmoronada tras el intermedio. Ni Modric ni Rakitic recordaron mínimamente a los de Rusia, y sin ellos Croacia es muy poca cosa. Con el partido cuesta abajo, España se recreó en el toque, pero hasta ese toque fue distinto. En realidad no es que fuera un toque mejor. Es que, simplemente, fue toque. Y fue toque porque fue acompañado de movimiento. Del movimiento de Saúl y de Ceballos, de Asensio y, en menor medida, de Isco, de los movimientos de los laterales, que se ofrecían, del delantero, que entraba y salía… Del movimiento, en fin. Porque, sin ese movimiento, el toque no es. El cuarto tanto, el de Rodrigo, fueron cuatro pases. Nacho, Saúl, Asensio y Rodrigo. ¿Para qué más? Gol.

Sergio Ramos cabeceó un córner para hacer el quinto y el partido se disolvió en la noche ya sin pulso alguno salvo cuando Isco hizo el sexto. A España le vale con no perder ninguno de los dos partidos que faltan en el grupo para clasificarse para la especie de Final-Four del próximo verano. Mucho más importante que eso es recuperar el pulso y el ánimo. Una goleada ante la subcampeona del mundo siempre ayuda, aunque quede la nostalgia del ¿y si?…

/Escrito por Eduardo Castelao para El País de España