Las calles estaban vacías, solo ocupadas por tanques y soldados. Ante las órdenes de la autoridad recién instalada, los habitantes del centro habían regresado a sus casas, esperando ansiosos los aconteceres de ese día. Quizás también tenían miedo. El cielo era claro y transparente, como anunciando una primavera tardía. De pie en la azotea de mi edificio mirando hacia el poniente vi llegar los aviones. No recuerdo cuántos eran, pero iban muy ordenados, en círculo, rugiendo como leones en celo, orgullosos de la misión encomendada. Vi cómo circulaban sobre La Moneda, y luego cómo regresaban y desprendían de su estómago unos paquetes negros en forma de cilindros. Era el mediodía. Todo transcurría como estaba planeado.

Hoy, 45 años después, hemos aprendido algunas cosas sobre ese día y los años que siguieron. Por eso este relato, que intenta distinguir el tiempo largo de la historia y el tiempo corto de la memoria; cómo se conjugan, dialogan, se entrelazan y se reconocen. Pero también cómo cada uno tiene su autonomía, su lenguaje y escenografía.  Lo ocurrido y lo recordado, los hechos y el dolor.

 

Las bombas cayeron sin ruido, justo en el blanco. El humo salió en forma de nubes enroscadas que se peleaban por llegar al cielo, tapando el sol.  Llamas gigantes asomaron por las ventanas del segundo piso, por esos balcones ante los que habíamos desfilado con la ilusión de un país mejor.  Pero fue la bandera en lo más alto del techo lo que mejor recuerdo: se quemaba de a poco, lentamente, en jirones, con tristeza, como si no quisiera morir. Comprendí entonces que la patria, mi patria, se había rendido. Las grabaciones de esa mañana dan cuenta de la historia: misión cumplida. Moneda tomada. Presidente muerto.

 

En otro soleado once de septiembre que ya no era el mío, vi cómo los habitantes de la ciudad corrían por las calles aterrados alejándose de la Casa Blanca. Nubes de humo negro al otro lado del río. Un avión gigante y plateado había caído sobre el Pentágono. Ya se habían derrumbado las torres norte y sur, todo estaba en llamas. Venía otro avión en camino, decían los rumores, justo hacia nosotros, en pleno centro de la capital.  Pero no llegó. Sus pasajeros impidieron la misión y perdieron sus vidas en el camino.

 

Recorro las calles esa tarde en otra ciudad vacía. Solo las iglesias están abiertas, pidiendo a los fieles que entren a rezar. Ritos colectivos que quizás logren mitigar las imágenes de los cuerpos calcinados y partidos en pedazos. Un brazo. Una pierna. Tratados con todo el respeto que merece un ser humano entero. La ciudad ha pedido miles de bolsas, nos enteramos, de esas para envolver los cuerpos en los campos de batalla. Expertos especulan sobre el origen del terror, pero les falla la historia, oscurecida por el espanto de la memoria. Llaman a donar sangre, aunque ya se sabe que no hay a quienes dársela. No hay sobrevivientes. El ministro de Defensa, jefe del Pentágono, escarba entre los escombros y llora sin consuelo.

 

En su tragedia Julio César, Shakespeare recurre a un adivino para advertir al héroe que pronto enfrentará su muerte a manos de traidores. “Cuidado con los idus de marzo”, repite.

 

Cuidado con los aviones de septiembre.

/Escrito por Elena Serrano para El Líbero