Aun antes de que el gobierno de Ramón Barros Luco declarara el 19 de septiembre como feriado nacional, la Parada Militar que cada año realizaba el Ejército era considerada como el acto de culminación de las Fiestas Patrias. De alguna forma, los chilenos siempre han vinculado la celebración de su vida independiente con el reconocimiento al papel jugado por el Ejército en ella. Cualquier revisión atenta de nuestra historia da cuenta de cómo la institución castrense se sitúa en el origen de la república y de algún modo la antecede. No se trata solo de las guerras de independencia, sino también de cómo el Ejército ha contribuido a articular una idea de país, integrando el territorio y aportando a la conformación de una conciencia nacional.

Existe abundante literatura al respecto -algunos historiadores han llegado a afirmar que en Chile el Estado se ha formado “desde el Ejército”-, pero no es necesario recurrir a ella para constatarlo. Son múltiples las situaciones, algunas cotidianas, que dejan patente la estrecha imbricación entre las vidas de los chilenos y su Ejército. El que, a propósito de la reorganización de la fuerza que la institución llevó a cabo hace algunos años, distintas ciudades quedaran sumidas en el desconcierto y que haya habido incluso expresiones de dolor luego que sus regimientos fueran cerrados o trasladados es tal vez el ejemplo más claro. Ningún análisis ni política de Defensa podría prescindir de esta dimensión de identidad entre la ciudadanía y la rama castrense. El que ni traumáticos hechos del pasado ni situaciones irregulares recientes hayan logrado quebrarla da cuenta de su profundidad.

De ahí la importancia de las recientes palabras del comandante en jefe del Ejército en cuanto a que la institución “no puede ser vista como perteneciente a un sector político o a una parte de la sociedad”. A ello cabe agregar su decisión de promover una reflexión del actuar del Ejército “en los últimos 50 años en todas las áreas, incluida la de derechos humanos”, la que debiera tener siempre como finalidad el fortalecer esta estrecha vinculación con la sociedad chilena.

Una situación geoestratégica demandante

Tampoco podría ninguna política de Defensa obviar el hecho objetivo de nuestra situación geoestratégica, que demanda contar de manera permanente con una fuerza adecuadamente equipada y organizada. Al respecto, el país ya vivió una difícil situación cuando durante buena parte del pasado siglo XX las capacidades disuasivas de Chile experimentaron grave deterioro. Ello alcanzó un punto dramático al enfrentarse momentos de alta tensión vecinal: las crisis del islote Snipe, en 1958, y de Laguna del Desierto, durante la administración Frei Montalva, así como, años más tarde, el escenario de asedio que representaron, por una parte, los planes de la dictadura peruana de Velasco Alvarado, en el norte, y, por otra, el conflicto austral con Argentina. Esta situación ha sido en buena medida superada en las últimas décadas, en las que se ha podido llevar a cabo una razonable modernización del material bélico. Con todo, ha de tenerse presente en el tiempo actual, cuando se debate un nuevo sistema para el financiamiento de la Defensa, la lección amarga que dejaron aquellos episodios, particularmente el del diferendo con Argentina, cuando -pese a tener Chile la razón jurídica de su parte- quedó claro, con especial crudeza, que nuestra seguridad como país solo dependería de nosotros mismos, independientemente de lo injusto de las circunstancias.

Se suman a ello las nuevas amenazas, propias de la era informática. Aunque han sido ataques a instituciones financieras ocurridos este año los que han concentrado la atención de la opinión pública, sería muy equivocado reducir la cuestión de la ciberseguridad a un asunto meramente empresarial. Ya se ha visto internacionalmente cómo algunos gobiernos se han involucrado en acciones de este tipo con el objeto de afectar los intereses de otros Estados. Una estrategia de defensa moderna, además de contemplar los obvios resguardos para evitar la infiltración de sus sistemas, ha de considerar todas las posibles vulnerabilidades del país en estas materias. Por eso, es importante que las instituciones armadas tengan una voz y puedan aportar en la discusión que a este respecto empieza a desarrollarse.

Modernizaciones necesarias

Organizado en la actualidad el Ejército en torno a fuertes, con fuerzas multidisciplinarias y aprovechando economías de escala, es la estructura de la carrera militar lo que hoy resulta objeto de análisis y discusión. Ciertamente, la formación que reciben los futuros oficiales puede en buena medida asimilarse a los estudios universitarios, al tiempo que cabe reconocer el nivel alcanzado por instituciones como la Academia de Guerra o la Anepe (Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos). Por lo mismo, parece también razonable evaluar formas de extender el tiempo de servicio en el Ejército por parte de quienes han recibido una alta y sofisticada preparación para cumplir con ese objetivo. Todo eventual cambio, sin embargo, ha de estudiarse a la luz de las especiales características de la carrera militar y lo que ella demanda por parte de quienes la asumen. Por lo mismo, será siempre imperativa la entrega a ellos de algunas mínimas condiciones y regímenes distintos de los de la sociedad civil.

Históricamente, el servicio militar ha cumplido en Chile una relevante función social. Desde el punto de vista estricto de la Defensa, ha permitido contar con las fuerzas (presentes y en reserva) adecuadamente instruidas que el país necesita para su protección, pero su sentido y alcance se proyectan en una diversidad de planos. Su aporte integrador ha sido inmenso, al inculcar en los jóvenes un sentido de pertenencia e involucrarlos en una tarea país. Al mismo tiempo, ha sido una tradicional escuela de hábitos necesarios para la vida en sociedad y una oportunidad de capacitación y promoción para muchos. Con la evolución del país y de la propia Defensa, el servicio militar, aunque sigue siendo obligatorio por ley, devino a partir de 2007 en un sistema de parcial voluntariedad. En los últimos años, sin embargo, se evidenciaron problemas para llenar los cupos requeridos, debiéndose volver a recurrir al mecanismo de sorteo obligatorio para así completar las nóminas. Este año se registró un repunte en el número de quienes se presentaron voluntariamente, pero la necesidad de modernizar e introducir mayores incentivos para el cumplimiento del servicio es evidente.

No resulta claro, por lo demás, que el país pudiere en el futuro prescindir de la conscripción y reemplazarla por una tropa contratada. Tal idea supondría costos económicos difícilmente abordables, dado el tamaño de la fuerza que el territorio y la situación geográfica de Chile demandan. Ello a su vez releva el papel de la reserva, la cual constituye además una importante instancia de encuentro entre el mundo militar y la civilidad.

Experiencia a proyectar

Dicha comunicación, sin embargo, no se agota ahí. Ha sido creciente, por ejemplo, el aporte prestado por el Ejército y todas las ramas armadas al momento de enfrentar Chile situaciones de catástrofe, disponiendo para ello sus estructuras, capacidad de movilización y recursos. Notable por su impecable ejecución fue la experiencia luego del terremoto de 2010, cuando el Cuerpo Militar del Trabajo -de invaluable labor también en la ejecución de obras que han permitido la conectividad del país- encabezó tareas de reconstrucción en tres regiones, sumando sus propios efectivos a la contratación de unos 12 mil civiles. Fue un esfuerzo excepcional, determinado por condiciones de grave emergencia nacional, pero dio cuenta de potencialidades de las que Chile no debiera prescindir en futuras iniciativas, obviamente sin afectar lo más propio de la función militar.

Con todo, tan crucial como la forma de dar adecuado cauce a sus capacidades múltiples, su permanente adaptación a las necesidades nacionales y el esfuerzo por dotarlo de los recursos que su papel demanda, es la preservación del espíritu que define al Ejército chileno. Su referido carácter de institución permanente y formadora de la república está en la base de esa mística que constituye, finalmente, su identidad y principal fortaleza.

/Editorial del diario El Mercurio