La Iglesia Católica declara, miles de veces al año, la nulidad de matrimonios celebrados bajo su competencia y liturgia. El contrato y sacramento del matrimonio, válidamente celebrado, es para la Iglesia Católica indisoluble por explícito mandato de Cristo, su Fundador. Esta declaración de nulidad no contraviene una inapelable ley divina: simplemente reconoce el hecho de que ese contrato y sacramento nunca nació a la vida del Derecho.

Por lo mismo, con mayor razón, esta práctica permite revertir toda sentencia manifiestamente nula por denegación del derecho de defensa. Los códigos del mundo civilizado amparan ese derecho, que puede ejercerse aun tras la muerte del injustamente agraviado. Un juez que comprueba su violación tiene y debería aplicar de oficio la facultad de nulificar cualquier sentencia insanablemente viciada por negar este principio de derecho sustantivo.

Es lamentable que un Oficial de la Curia Romana sea o parezca incapaz de reconocer la diferencia entre una apelación y una acción o excepción de nulidad.

Pbro. Raúl Hasbun Z. , carta al diario El Mercurio