En la última etapa de la campaña mundial “Defendamos los mares del fin del mundo”, el director nacional de Greenpeace, Matías Asun, se ha movido durante las últimas semanas por distintas zonas del país acompañando el recorrido del barco Rainbow Warrior, el más icónico de los barcos de Greenpeace.

El barco en Chile –que en estos días navega por la Patagonia chilena- fue una decisión de Greenpeace para visibilizar y potenciar la campaña que ahora tiene los mares del sur del país como foco de atención mundial en materia medioambiental.

La iniciativa, que en la práctica ha hecho que Chile, por primera vez en su historia sea objetivo de una campaña mundial de Greenpeace, busca alertar respecto del avance de la salmonicultura hacia los mares de Magallanes.

-¿Es un orgullo o una vergüenza que Chile se haya convertido en foco de atención de una campaña mundial de Greenpeace que busca la protección de los mares del fin del mundo?

-Lo que es una vergüenza es la forma en la que podemos tratar al medioambiente, pero es un orgullo que hoy Chile esté cambiando para hacerle frente a las múltiples amenazas que lo acechan, en especial respecto de los mares. Esta embarcación es en sí misma un mensaje de esperanza; al ser un barco pagado íntegramente por donaciones de particulares, representa el espíritu ciudadano de que podemos cambiar el mundo si trabajamos juntos.

Desde Greenpeace creemos firmemente que en Chile hay un sentimiento nuevo, emergiendo, que será capaz de desafiar la idea obsoleta de que el medio ambiente está aquí para ser saqueado. Cada vez es más la gente que se da cuenta que lo que se planea hacer con los mares de Magallanes, los mares del fin del mundo, es sacrificarlos. Y ya hemos visto cuál es el costo social, económico y cultural de hacerlo, cada vez hay más gente que considera inaceptable seguir ese camino y está dispuesta a defender el medio ambiente del lucro y el abuso.

Más de trescientas concesiones solicitadas para los mares, fiordos y senos de Magallanes es un abuso que debe ser detenido. Más de 130.000 personas se han sumado a nuestro reclamo para que las empresas que solicitaron dichas concesiones, entre las que se encuentra Mitsubishi, desistan y renuncien a dichas concesiones. Eso es sin duda una buena noticia, y cada día serán más.

-¿Qué tipo de percepción y atención que tiene hoy la opinión pública chilena frente a los crecientes temas en materia medioambiental que están afectando al país?

-Justamente como decía antes, poco a poco estamos viendo un cambio sostenido. A la ciudadanía le interesan cada vez más los temas ambientales, cada día hay más conciencia de los abusos que cometemos y de las consecuencias que tendremos que afrontar por ello. Esa idea de que el desarrollo debe hacerse a toda costa, y que es necesario sacrificar el Medio Ambiente para favorecer el crecimiento económico está en franca crisis, con destino claro; la jubilación.

Un desarrollo sustentable, que reconozca el patrimonio ambiental, cultural e histórico como parte de estrategias inclusivas es lo que hoy comienza a exigirse. Y por ello proyectos que simplemente reventarán los ecosistemas marinos por sus consecuencias se han vuelto manchas negras que además de fracasar económicamente están afectando la reputación de quienes los proponen. Especialmente cuando se visten con un manto de sustentabilidad para esconder que el objetivo es industrializar contaminando áreas que son o serán pronto reservas o parques nacionales, como es el caso de Mina Dominga, del proyecto Mina Invierno o de las más de trescientas concesiones de acuicultura que se están solicitando en Magallanes.

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Pobre gestión

-¿Con qué nota cree que se irá este gobierno en materia medioambiental? ¿Y por qué esa nota?

-Pésima y vergonzosa. La gestión del Ministerio de Medio Ambiente y de las instituciones ambientales es deplorable. La superintendencia destruyó su reputación como entidad de fiscalización efectiva luego de tres años sin sancionar como debería a Pascua Lama, con el retiro de los permisos de su proyecto. Sernapesca hace poco recibió un severo llamado de atención de la propia contraloría por no cumplir su rol fiscalizador. Y la Corte Suprema, la entidad jurídica más importante del país, dejó en evidencia a la comisión de medio ambiente de la cámara, al director general de aguas y al Ministro de Medio Ambiente respecto del proyecto de Ley de Glaciares, al que calificó como peor que la ya deficitaria legislación vigente al consagrar de facto la posibilidad de destruir los glaciares.

Nos falta mucho, y en esto el Ministro de Medio Ambiente tiene una deuda enorme. No sólo no hubo una condena frente a la acción delincuencial que permitió el vertido de salmones podridos en Chiloé que detonó toda la crisis, derechamente la cartera omitió comentar que para un evento de esas características los permisos ambientales jamás exigieron planes de respuesta. Y suma y sigue.

A una pésima propuesta del servicio de Biodiversidad y Áreas protegidas, que no incluye las recomendaciones de la comunidad científica, lo que es un bochorno, se suma que los compromisos en materia de cambio climático quedaron en palabras cuando la comisión chilena llegó a la última cumbre climática sin ratificar los acuerdos de París. La gestión ha sido pobre y al servicio de los intereses empresariales más poderosos sin importar cuánto queda al debe el resguardo del medio ambiente, derecho por lo demás consagrado en la Constitución.

-¿Las críticas más duras que se hace desde Greenpeace en materia de políticas medioambientales al Ejecutivo en qué cuestiones se focalizan?

-Básicamente a que tenemos un Ministerio de Medio Ambiente que no tiene el coraje para involucrarse de forma decidida en la discusión profunda respecto del tipo de desarrollo que queremos. Es lo que estamos viendo en temas de concesiones marinas y de acuicultura.

Sabemos que entregar 300 concesiones de acuicultura en los mares limpios y puros de Magallanes tendría un impacto irreversible. Sabemos que entregar concesiones en el borde de parques nacionales contraviene todo sentido común, pero como se pueden enojar los poderes económicos detrás de esas empresas, se quedan callados. Y es decepcionante, pues uno esperaría ver un debate más contundente, sobre el resguardo del medio ambiente, especialmente cuando está amenazado.

-¿Dónde están los problemas medioambientales más urgentes que enfrenta hoy Chile?

-Fundamentalmente en la conservación de los ecosistemas amenazados. Hay mucho daño ya hecho en el medio ambiente, mucho que arreglar, mucho que remediar. Sin embargo aún tenemos espacios que podemos y debemos preservar, como los mares del sur, los glaciares, el bosque nativo. La nuestra tiene una intención clara; llamar a la ciudadanía a sumarse a las campañas que dicen “basta” ante modelos depredadores del medio ambiente, y por tanto, que sacrifican nuestra calidad de vida. Como decía por ahí, “Chile cambió”, la vara subió, y hemos conseguido avances importantes en ese sentido.

-¿Y en específico cuál es la situación para los océanos y que tienen ahora a Chile como foco de esta campaña “defendamos los mares del fin del mundo”?

-Bastante deteriorada. Alrededor de un 70% de las pesquerías están sobreexplotadas, vivimos la crisis de Chiloé el año pasado, hay empresas mineras muy poderosas que han insistido en hacer relaves mineros submarinos… y hoy nos enfrentamos a un verdadero tsunami de concesiones de salmones en los mares más prístinos del país, que sirven de refugio para el 36% de la biodiversidad de mamíferos marinos del mundo.

El comenzar a poner cortapisas y límites a estos abusos es urgente. No por nada más de 130.000 personas ya le han escrito a las empresas encabezadas por Mitsubishi, que están solicitando esas concesiones. Más temprano que tarde la presión pública y ciudadana de todas las organizaciones que están comenzando a entender el crimen que busca cometerse en esa zona tendrá eco. Esto no va a parar. Y no hay forma alguna en que una operación de este impacto pueda ponerse traje de sustentable.

EL MURO

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