En estos días, a varios periodistas les señalé que no era un entusiasta de las celebraciones del “No”, pues creía que a 30 años de su ocurrencia ya era hora de dejar el asunto en manos de historiadores y analistas, sacándolo de las tergiversaciones en que incurren no pocas personas y partidos. De ese modo, creía, se podía contribuir a una mejor comprensión de esos hechos por las nuevas generaciones, asunto que ejemplificaba diciendo que en 1988, dos de los políticos mejor evaluados (Jackson y Boric) tenían, apenas, un año de edad. Una visión de ese proceso, libre de nostalgias y anteojeras ideológicas, ajena a estrategias políticas miopes, es una necesidad.

¡Qué duda cabe que el No está superado! Pero 30 años después resurgen bajo otro signo las amenazas que estuvieron en el largo proceso de su origen. La razón es que la democracia no es nunca un objetivo conquistado, sino una tarea siempre inconclusa y, peor, cada cierto tiempo amenazada, ya sea en países individuales o por oleadas que cubren regiones enteras, incluso continentes.

Hoy un fantasma recorre Europa, América del Sur y del Norte. A muchas democracias las carcome un tumor que intenta despojarlas de parte de las fuerzas electorales con que hasta ayer contaban y que busca hacer pedazos los principios sobre los que se asientan. Se trata de una vasta fauna política de extrema derecha, caracterizada por un duro nacionalismo, que suele ser racista, antiinmigración; a veces, antisemita; desconfiada de la democracia representativa y del liberalismo político; económicamente difusa, pero que aspira a dinamitar el proyecto de una economía global, embarcada en la promesa de salvar, mediante el proteccionismo, fuentes de trabajo de las clases medias empobrecidas, elevando tarifas, desatando guerras comerciales y conflictos entre monedas.

No se trata de un movimiento electoral marginal, sino poderoso y con amplia base social, que tiene más del 10 por ciento de los votos en Alemania (AfD); Dinamarca, Bulgaria; Francia (Le Pen); Grecia; los Países Bajos; Noruega; Reino Unido (UKIP); Rusia; Serbia; Suecia. Y más del 20 por ciento de los sufragios en Austria; Hungría; Italia (Liga del Norte); Polonia; Suiza. Unas fuerzas que miran con simpatía a líderes como Trump en Estados Unidos; Putin en Rusia; Erdogan en Turquía. Este fin de semana, el feo rostro de ese fantasma se hará presente con Bolsonaro en Brasil, sacudiendo a América Latina.

La victoria del No fue el triunfo de la democracia frente a la dictadura en el poder, pero asimismo frente a los desvaríos -que tan bien ha descrito Eugenio Tironi en estas mismas páginas- de quienes apostaban a que “todas las formas de lucha” y el triunfo de una insurrección los llevaran a una “democracia avanzada”, que era el eufemismo con que los comunistas chilenos llamaban a dictaduras como la cubana o las de Europa Oriental, en ese momento prontas a hundirse.

Treinta años después del 5 de octubre enfrentamos un desafío que es similar y distinto a la vez. Similar, porque son los mismos los valores amenazados, como la democracia; la validez universal de los derechos humanos; un orden constitucional que limite el poder para asegurar la vigencia de libertades y derechos. Pero a la vez es distinto por diversas razones. Porque el actual desafío no es un asalto desde la izquierda marxista como en los sesenta, ni desde los golpes militares, como ocurrió con los regímenes de seguridad nacional. Porque el mundo en los últimos treinta años ha cambiado más que en los cien anteriores, en la ciencia, la tecnología, la geopolítica, las estructuras de clases: en ese entonces, todavía no se desplomaba la Unión Soviética, no había internet, la globalización era un tibio proyecto y China, una potencia de segundo rango. Pero, sobre todo, porque esta nueva amenaza es política y económica a la vez. El orden surgido a contar de 1989, cuando Fukuyama proclamó “el fin de la historia” y el triunfo del capitalismo desregulado en la economía y de la democracia liberal en lo político, ha empezado a mostrar demasiadas fallas que incluso algunos de los más destacados intelectuales liberales lo acusan de estar generando crecientes e inaceptables desigualdades, aumentando el poder político de los ricos y dejando atrás a los más pobres, los sin trabajo, los que carecen de servicios de salud, que reciben una educación de tercer nivel que los fija en la pobreza y reciben pensiones de hambre.

Si la democracia está hoy amenazada, es, entre otras cosas, porque el liberalismo se ha hecho conservador, la socialdemocracia está en angustiosa crisis, lo mismo la democracia cristiana, y, por supuesto, nadie espera una respuesta eficaz de aquellos socialismos reales que hoy yacen en el basurero de la historia.

Hay un nuevo mundo que les corresponde a las generaciones más jóvenes crear y al que los más viejos podemos ayudar a construir, siempre y cuando no tengamos una memoria tan perfecta y amplia que nos haga, como “Funes el Memorioso”, el maravilloso cuento de Borges, incapaces de pensar, generalizar y abstraer.

Escrito por Genaro Arriagada para El Mercurio