Parafraseando a Stefan Zweig, Juan Gabriel Valdés ha sido protagonista de uno de los momentos estelares de la historia reciente chilena. Fue uno de los encargados del programa de la franja del No -junto con Patricio Silva- en el plebiscito de 1988, hace 30 años. En una entrevista sin agenda previa, desclasifica numerosos episodios hasta ahora desconocidos de una campaña política que contribuyó a cambiar el curso del país y que hasta hoy es empleada como un referente y es objeto de estudio. Fue una lucha desigual entre un abanico de opositores, antes adversarios enconados entre sí, que resolvieron aprovechar la institucionalidad para derrotar a una de las dictaduras más prolongadas en la historia latinoamericana, la de Augusto Pinochet.

A los 71 años, aplomado y sereno, responde en un sillón del living de su casa, mientras una pareja de Westies festeja su regreso por unos meses al país, después de una misión de Naciones Unidas en África. Con un doctorado en Princeton en Ciencias Políticas, en su juventud fue ayudante de Orlando Letelier, y después del plebiscito, en democracia ha sido cuatro veces nombrado embajador -en España, Naciones Unidas, Argentina y Estados Unidos- y canciller en los gobiernos de la Concertación y Nueva Mayoría. Solo una derrota jalona su currículum electoral: en las internas del Partido Socialista para ser senador por la región de Los Ríos.

– ¿Mediante qué mecanismos se financió el No?

– Es evidente que las fundaciones internacionales ligadas a los partidos -la Fundación Ebert, la Fundación Adenauer- y el National Democratic Institute hicieron contribuciones a la manera como se realizó esto. Hubo también personas que dieron dinero…

– ¿Quiénes?

– Yo recibí dinero para el No de parte de empresarios chilenos. Me acuerdo de uno en particular, Carlos Cardoen, que hizo una contribución directa a la campaña.

– ¿Importante?

– Sí, importante porque cualquier cantidad de millones de pesos era bienvenida.

“No se debe llegar a la conclusión de que hubo una suerte de financiamiento movilizador, porque no fue necesario. El financiamiento sirvió más bien para estudios. Los estudios de opinión pública que se hicieron en 1987, antes del plebiscito, fueron determinantes para entender qué le sucedía a la nueva sociedad chilena y como debíamos relacionarnos con un nuevo país, del cual teníamos información muy precaria. Esto comenzó para mí con una situación muy particular. Estaba invitado por la Universidad de Notre Dame, en Estados Unidos, como investigador, junto con otras personas que después fueron personalidades como Alejandro Foxley y René Cortázar. En una comida los sacerdotes de la congregación de Holy Cross nos preguntaron: ‘¿Ustedes saben lo que pasa en Chile? ¿tienen idea de lo que está pasando con una señora de población, con los jóvenes?’ Nosotros dijimos ‘muy poco, obviamente algo tratamos de saber’. Y nos preguntaron: ‘¿Ustedes hacen encuestas?’. ’No se permite hacerlas’, les dijimos. ‘¿Y harán focus group?’. Respondimos: ‘No, para nada’. ‘Nosotros podríamos ayudarlos y hablar con alguna gente que sabe hacer estas cosas y pedirles que vayan a Chile’, nos dijeron. Ellos me financiaron un viaje a Nueva York donde estuve con tres empresas de investigación en política en Estados Unidos.

– ¿Cuáles?

– Me acuerdo solo de la que contratamos, The Sawyer Miller Group. Ahí me relacioné con gente encantadora y muy inteligente, como Mark Malloch Brown, que había sido editor de The Economist, y fue luego jefe de gabinete de Kofi Annan y ministro en el gabinete de Blair en Gran Bretaña, y con Peter Schechter, que hasta hace poco era vicepresidente del Atlantic Council de Washington. Ellos nos dijeron que podían formar un equipo para viajar a Chile y ayudarnos a entender qué estaba pasando. Costaba 60 mil dólares por un año. Yo trabajaba entonces en el ILET (Instituto Latinoamericano de Estudios Transnacionales) con Juan Somavía, Fernando Reyes y otra gente, Eugenio Tironi en Sur, y Mariano Fernández en el CED (Centro de Estudios del Desarrollo), que había formado mi padre (Gabriel Valdés) y no teníamos de donde sacar esa plata. Pero formamos el CIS (una coordinación entre CED, ILET y Sur) para trabajar con un equipo de expertos del Sawyer Miller Group, que vino varias veces.

– ¿Cómo consiguieron el dinero?

– Un día recibí una llamada de Malloch Brown que me dijo que conocía una persona que iba a aportar el dinero y yo tenía que traspasárselos a ellos. Viajé a Nueva York y fui a una oficina muy elegante. Me encontré con un señor muy pequeño. Cuando me dieron el nombre no tenía idea quien era. Se llamaba George Soros. Me preguntó qué queríamos hacer. Le dije que dos encuestas, cinco focus group, encuestas en provincias y que íbamos a recibir aportes. Entonces yo no sabía que George Soros haría quebrar al Banco de Londres. Solo sabía que era muy cercano al The Economist, que no es una revista de ultraizquierda… Me firmó un cheque por 60 mil dólares que entregué ahí mismo a Malloch Brown. Ellos vinieron a hacer estudios que fueron muy importantes para nosotros. Fue en 1987.
“No fueron los únicos. También vino el National Democratic Institute, que tenían una fuerte relación con Genaro (Arriagada). Ellos fueron bastante críticos del carácter improvisado e intuitivo de nuestros esfuerzos, que parecían desconocer el estado de ánimo de la gente”.

– ¿Qué les plantearon?

– Que Chile estaba enfermo de un cáncer, el miedo. Que debíamos considerar que el miedo es un factor decisivo en el comportamiento de las personas, especialmente en los mayores de 50 años que habían vivido el fin de la democracia y el golpe. El miedo hace que la gente no valore la posibilidad de la participación electoral. Tienen miedo porque han transformado a su enemigo en un monstruo y a un monstruo no se le derrota en una elección. Eso fue determinante para nosotros. Usaron una imagen muy gráfica: ‘Ustedes están en un teatro, quieren invitar al público a ver el espectáculo y en este hay un hombre pequeño y menudo que lo dirige. Pero vienen unos tipos gigantescos y ustedes no están seguros de que quieran ver el espectáculo ni que haya mucha gente. Si el hombre pequeño y menudo toma un palo y golpea al gigante matón que está en el escenario, el público arrancará del teatro. Por tanto la manera como ustedes tratan al matón arriba del escenario es decisiva. Si logran que el público se ría, ustedes ganaron”.

Eran imágenes muy raras para nosotros, que veníamos del mundo partidista, militante, donde muchos de nuestros amigos habían sido asesinados, desaparecidos, torturados, estaban las protestas que en un cierto momento habían fracasado por la brutalidad de la represión. Nos empezamos a dar cuenta en las encuestas y focus group que estos tipos tenían razón. Empezamos a organizar unos almuerzos con políticos en el CED. Fueron desde Gabriel Valdés y Patricio Aylwin a Ricardo Lagos, y políticos que hoy no están, como Sergio Páez, y Anselmo Sule. Iban a escuchar a estas personas y muchas veces quedaban choqueados. Uno de ellos dijo: ‘Olvídense de las mujeres mayores de 60 años en las poblaciones’. Saltó un político y objetó: ‘Pero si esas eran las señoras que votaban por Eduardo Frei Montalva, están con nosotros’. Le replicaron: ‘No señor, esas mujeres están demasiado asustadas de que a sus hijos les pase algo. Tienen miedo. No van a votar contra Pinochet. O no irán a votar o votarán por Pinochet porque prefieren estabilidad’. Eran discusiones nuevas. Los tipos estuvieron aquí varias veces durante esos seis meses.

– ¿Qué pensaban ustedes antes de estas visitas?

– Creía muy difícil ganar el plebiscito. Los españoles, de Felipe González para abajo, nos decían: ‘Nunca un dictador ha perdido un plebiscito’. La fe que teníamos en esta tarea era limitada y la esperanza que nos daban de tener éxito era muy pequeña. Pensábamos que era muy difícil y que la presión internacional era muy necesaria para triunfar. Tuvimos mucha actividad para que se presionara. Yo estuve en España, hubo gente en Estados Unidos. Recuerdo el episodio cuando el gobierno de EE.UU. (republicano, de Ronald Reagan) convocó al embajador de Chile, Hernán Felipe Errázuriz, para decirle: ‘Ustedes organizaron un plebiscito, suponemos que respetarán el resultado…’

“Nos dimos cuenta que era fundamental como aporte al guion para ganar el plebiscito esa experiencia de entender Chile mirado por otros. La prueba de lo que digo son los programas del No: ‘Chile, la alegría ya viene’, el muchacho bailando en el puente, los militares con sus capas y Florcita Motuda con el Vals del No están relacionados con estos estudios que se hicieron”.

– ¿Cuál es su hipótesis para explicarse cómo es que la gente del Sí, que tenían muchos más recursos, no hicieron este tipo de estudios?

– Mi hipótesis es que cuando la gente ha llegado a grados extremos de ideologización y está absolutamente encerrada le resulta muy difícil mirarse de afuera y advertir los problemas. Se engañaron de una manera fantástica. Arturo Fontaine nos invitó junto a Eugenio Tironi, después del plebiscito, a mirar una encuesta en la que se mostraba que Pinochet perdía. Nos contó que en la reunión que hubo para entregarle a Pinochet los resultados de las encuestas, la del Centro de Estudios Públicos (CEP) fue atacada de manera muy directa por el ministro Sergio Melnick. El hizo pedazos la encuesta del CEP y defendió la de la U. de Chile, que mostraba a Pinochet como ganador. Había una percepción entre ellos de que nada podía salir mal…

– Y eso se reflejó en la campaña del Sí.

– La campaña del Sí fue un desastre desde el inicio. José Manuel Salcedo, fundamental en nuestra franja, era el único que reunía dos cosas: sabía mucho de comunicación y publicidad, había trabajado en empresas grandes, y tenía una larga experiencia de militancia. Nos pidió ver el programa del Sí sin chistar. ‘No quiero ruidos, que nadie reaccione’, pidió. Tenía una televisión arriba y nos juntamos a ver. El No salía primero y después el Sí. Cuando terminó de mostrarse el Sí hubo un estallido de risas y carcajadas porque nos dimos cuenta de que estaban completamente equivocados. La campaña era absurda: buscaba aterrorizar a la gente con el comunismo en circunstancias que la gente le tenía miedo a ellos. Era una percepción equivocada de todo.

– ¿Cómo se gestó la campaña del No en televisión?

– Genaro me llamó a su oficina. Me dijo: ‘¿Te animas a hacerte cargo del programa de televisión?’. Le respondí: ‘Genaro, yo no sé nada de televisión’. ‘No, si yo necesito que reúnas gente que sabe de televisión. Yo tengo algunas personas’. Una semana después me llamó y me dijo: “Necesito que se sume Patricio Silva, porque en la Democracia Cristiana hubo molestias”. Hubo algunas protestas de dirigentes de la DC por el hecho de que yo estaba ahí y pensaban que entre comillas, “se le estaba entregando la franja al Mapu”. Silva, que era muy amigo mío, entró en el programa. Con José Manuel Salcedo fue el primero que hablé y él ya había hecho contacto con otras personas. Llegamos con Eugenio Tironi, Carlos Vergara, Guillermo Campero, Eugenia Weinstein, o sea, el mundo de las ciencias sociales que había trabajado con el grupo de Sawyer and Miller antes y que traía algunos conceptos.

– La elección de Patricio Bañados como el conductor del No, un personaje clave, ¿fue muy meditada, a qué perfil respondía? ¿Podría haber sido otra persona?

– Siempre fue Bañados. El transmite paz y serenidad vinculada a la cultura. Tenía además el coraje necesario para hacerlo. Lo propuso Carlos Figueroa y fue elegido inmediatamente. Hubo una discusión que no se conoce para poner una mujer joven junto a Bañados. Y como Bañados era un hombre de experiencia y televisión, se propuso poner a alguien completamente nuevo. Apareció el nombre de una persona cuyo apellido se me ha ido, que había sido activa dirigente estudiantil, y tenía gran belleza. Nos parecía una idea interesante tener a Bañados con alguien así, pensando en que debíamos movilizar a los jóvenes. Me reuní con ella en un restorán de Providencia cerca de Manuel Montt y le expliqué de qué se trataba y me pidió que le diera 24 horas para pensarlo, que tenía que hablar con su familia. Ella era partidaria del No y fue un dato que nos dio alguien. Me dijo que no. Siempre me he preguntado cuánto se habrá arrepentido después. Quedó Bañados e hizo un papel brillante. En democracia iba a ser el agregado cultural en España. Lo puedo contar hoy. Yo fui nombrado embajador en Madrid por las relaciones que había forjado con el PSOE. Y yo no tenía demasiado apetito por el cargo, no había pensado en una carrera diplomática, quería ser diputado por la región que hoy es de Los Lagos. Bañados no quiso el cargo.

– ¿Qué le pareció la película del No?

– Tengo un problema con la película del No. Presenta un héroe que resuelve por sí mismo las cosas. Y en lo más colectivo que he estado nunca en mi vida es en esta campaña. Era un equipo que se juntaba a las 5 de la tarde, poníamos una botella de whisky sobre la mesa tipo 7, nos quedábamos hasta las 12 de la noche e inventábamos spots. Fue muy colectivo como para que venga alguien y diga que apareció un joven maravilla, que era publicista y venía del exterior. Había grandes publicistas como Salcedo, Eugenio García y Celedón entre otros. Estaba Gelly Walker, publicista, nada menos que socia de uno de los publicistas del Sí. Gelly era una sobreviviente de la dictadura argentina y su marido era un desaparecido. Gelly fue traída a Chile por Don Francisco para salvarla de la muerte, y la invitó a trabajar con él. Es una mujer brillante, de gran calidad profesional. Un día ella llegó con un maletín y me dijo: ‘Mira, este maletín tiene plata. Es la que gana una parte de mi empresa por el trabajo para el Sí y que me corresponde a mí. Yo se la doy al No’.

“El plebiscito no lo ganó la franja del No. Eso es otra cosa que aparece en la película y no me gusta. Lo ganó la gente. La movilización más espontánea de gente que he visto nunca”.

– ¿Existió el conflicto que presenta la película del No entre los publicistas que querían una campaña moderna y los políticos que querían hacerlas como eran en 1973 y antes?

– El conflicto entre los políticos y publicistas del No, tal como cuenta la película, nunca existió. Nosotros convidamos a unos políticos a ver el programa. Es cierto que hubo algunos que opinaron ‘¿no será demasiado alegre, brillante, cinematográfico? No vayamos a ganar Cannes y perder el plebiscito’. ¿Por qué pensaban esto? Porque todavía no sabían que lo que partía con muchas risas se iba poniendo cada vez más duro, y el tratamiento a Pinochet era cada más brutal. Hay que recordar que en un momento se le escriben los nombres de víctimas encima de su cara: Carlos Prats, Bernardo Leighton, Orlando Letelier. Los programas se fueron poniendo cada vez más firmes en la condena a la dictadura y eso fue planificado…

– ¿Tuvieron conflictos en el programa?

– Sí. Por ejemplo, Moy de Tohá (viuda de José Tohá, exministro del Interior de Salvador Allende) dijo que eran “asesinos”. Alguien pensó que si poníamos eso podían sacarnos ese programa. Entonces hablé con Moy y le pedí que dijera lo mismo, pero sin la palabra “asesinos”. Moy entendió perfecto y lo hizo.

– ¿Cómo operaba el Consejo Nacional de Televisión?

– Con Pancho Celedón íbamos todos los días como a las 4 de la madrugada al Consejo Nacional de Televisión a entregar el programa a los censuradores. Ellos se reían de nosotros. Era muy desagradable. Lo miraban y nos decían este pasa, este no pasa. Nos ocurrió una vez: el juez René García Villegas declaró a la televisión europea que en Chile se torturaba. Nos conseguimos la película con sus declaraciones y las pusimos en el programa. Nos dijeron que lo rechazaban, que estábamos manipulando la realidad. Nosotros replicamos que no, que las declaraciones estaban subtituladas. El hecho es que no transmitieron el programa. Hubo una discusión muy interesante entre nosotros sobre qué hacer. Yo fui partidario de poner un cartón que dijera “programa censurado”. La discusión llegó bien arriba. Intervino Lagos. Algunos temían que si poníamos “censurado” la gente iba a tener miedo y no iba a ir a votar. Finalmente predominó poner “programa censurado”. Para sorpresa nuestra, el Sí hizo lo mismo. Y no salieron ese día en vista que no pudo salir el No. Pero la situación no provocó miedo, incluso hubo gente que salió a protestar en las calles porque no salió el programa del No.

– Igual hablaron después de la tortura…

– Teníamos que hablar de tortura en un programa. El juez era perfecto. ¿Pero quién más podía hablar de tortura? Discutíamos cómo hacerlo. ¿El abogado José Zalaquett? ¿Poníamos a gente de derechos humanos? ¿A víctimas? Un día partió un equipo a filmar el No de Carlos Caszely; él tenía que decir “voy a votar que No”. Y llaman de vuelta: ‘Mire, Caszely dice si podemos filmar a su mamá”. La respuesta fue: “Fílmenla a ella, a la hermana, a quien necesiten”.

“La mamá, Olga Garrido, comienza diciendo que después del golpe ‘yo fui secuestrada de mi hogar y llevada a un lugar desconocido, con la vista vendada, donde fui torturada y vejada brutalmente‘. Agrega que no contó todo lo sucedido ‘por respeto a mis hijos, a mi esposo y a mi familia y a mí misma‘ e invita a votar por el No. Cambia la cámara y muestra a Caszely, que abraza a la mujer y dice “por eso mi voto es No”. Finaliza: “Esta linda señora es mi madre”. Ustedes no se pueden imaginar la cara que pusieron los abogados censores que lo estaban viendo en el Consejo Nacional de Televisión. Cuando la señora Garrido comienza a hablar de tortura, uno de los abogados me dijo: “¿Y quién conoce a esa señora? ¡Qué diga lo que quiera!”. Cuando apareció Caszely le cambió la cara. Se quedaron mudos, pero no pudieron rechazar el programa. Pasó.

Es muy difícil agradecer a todos. La cantidad de gente que se jugó, los camarógrafos, quienes llevaban los cables, las productoras, todas jóvenes. Muchos. Pero había una persona, quien cuidaba en la noche la casona grande que estaba cerca de Condell -los programas los hacíamos ahí y en Filmocentro, que dirigía Eduardo Tironi-, que tenía más coraje que todos nosotros sumados. Cuando me despedía de él, tipo 4 de la mañana con un ‘hasta luego’, me contestaba: ‘A ver si estamos aquí mañana’.”

“Tendrían que haber dado un golpe de Estado de nuevo para parar el plebiscito”

– ¿Cómo fue posible cambiar el switch de la gente que durante buena parte de los ochenta participaba en las protestas, con caceroleos y barricadas, a tener que ir a inscribirse y después votar?

– La política se condujo en Chile en grupos de cinco y seis personas encerradas en casas durante largo tiempo, hasta que hubo el estallido de las protestas dirigidas por Rodolfo Seguel (fue presidente de la Confederación de Trabajadores del Cobre), en las que participó Gabriel Valdés de manera muy determinante. Lo interesante es que en el caso del No la participación de la gente fue en gran medida una muestra de confianza. El rol de la gente fue central en el No, pero también hubo dirigentes políticos muy iluminados y con gran capacidad de convocatoria. La gente confió en ellos. Cuando la gente me habla de mi padre, se refiere a un tipo de político que ya no existe. Se perdió la capacidad de creer al mundo político. Las personas se arriesgaban a que los tomaran presos en las noches, era otro mundo. Recuerdo haber ido a visitar a amigos míos relegados en Chonchi, por ejemplo. La actitud de la gente cuando sabían que éramos amigos del relegado era de una afectuosidad que hoy no existe. Se generó una confianza entre los que decían “vamos por este camino” y la gente. Porque si no, no me explico cómo la gente pasó de la calle y la piedra a participar.

– Llama la atención el contraste de esa confianza con las dificultades que ha tenido en estos días la organización de un acto conjunto de recuerdo por el No. ¿Qué ha pasado?

– En este país, y en el mundo, ha habido una pérdida de confianza y una crisis en la política como no hemos tenido en Occidente en mucho tiempo, probablemente desde la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Es un fenómeno global enormemente preocupante. He vivido más en Estados Unidos que en Chile en los últimos años y he visto el caso de Trump y la pérdida de confianza de la gente en el mundo que expresaron políticos como Bill Clinton, Hillary Clinton e incluso el propio Barack Obama. Hay un cuadro de gente que se siente abandonada, que no tiene ninguna representación, y por tanto la actividad política le es muy distante y, al mismo tiempo, ve la posibilidad de liberarse en consumo más que en participación pública. Y eso hace que la democracia esté en un riesgo cada vez más grave.

En Chile no existe una percepción real de la gravedad de la crisis. Este es un país donde nunca hemos dejado de reflejar los fenómenos globales, incluso antes que en otros países: hemos sido neoliberales antes que (Margaret) Thatcher y (Ronald) Reagan, nos tomamos la universidad en 1967, antes que la revolución estudiantil en París en 1968. Este país copia de una manera notable. Y lo que aparece como novedad para copiar hoy es este mundo antinmigrante, antigay, antimujeres, populista, de ultraderecha, nacionalista. Está en Europa, desde Turquía a Europa Central, y llega hasta Estados Unidos. Siento temor que esta desconfianza de la política nos lleve en el mediano plazo por un camino de degradación como este.

– Hoy en política se usan las mismas técnicas modernas que usó el No en el plebiscito pero no se logra la misma participación. ¿Es porque estaba Pinochet, un blanco fácil y claro?

– No creo que el factor técnico publicitario haya sido tan determinante. Fue interesante y entusiasmó, pero las técnicas no sirven para nada si no hay un sentir profundo de la población. El chileno reconoció en ese momento que su identidad, la manera de ser de la sociedad no era la que representaba Pinochet, que iba contra todo aquello que hacía un país que quería ser bueno de nuevo. Eso es muy fuerte. Tuvo mucho que con la manera como se enfrentó la comunicación con la gente, desde “la alegría ya viene” a la recuperación del país. Fuimos capaces de mostrar que el país estaba muy cansado de la violencia. La dictadura nunca fue capaz de generar una sensación de normalidad. Y los países conocen una cierta normalidad que tuvieron en su historia y la quieren recuperar…

– Reitero: ¿Fue más fácil para los partidos de oposición unirse entonces, desde la Democracia Cristiana al Partido Comunista, porque estaba Pinochet al frente y hoy no porque no hay un dictador?

– Eso es claro. Lo negativo del régimen militar y la dictadura era tal que nos permitía a todos estar juntos. Hoy la situación es muy distinta. No cabe la menor duda que este es un gobierno democrático. Y el presidente es un hombre que quisiera estar instalado en la centroderecha, que por razones raras se vuelve a caer a la derecha aunque no debería. Me tiene atónito…

– A propósito, ¿qué rol jugó Sebastián Piñera en la campaña del No? ¿Fue significativo?

– Yo no sabía que existía. Con honestidad. Yo no tengo ningún sentimiento de antipatía a Sebastián Piñera en particular. Digo simplemente que nunca existió Sebastián Piñera. Por primera vez oí hablar de él más tarde, cuando Genaro Arriagada me contó que Sebastián Piñera le había dicho por qué no entraba a la Democracia Cristiana. Porque le habían dicho que para ser parlamentario hay que entrar a la DC, hay que tener tres años de militancia, trabajar en un distrito, después concejal, después alcalde, después diputado y solo después senador. Después del plebiscito Piñera fue a ver a don Patricio (Aylwin) y le dijo que quería ser senador y tenía la manera de financiarse. Aylwin le contestó que le tenía mucha simpatía a él y a su padre, pero usted nunca ha militado en la DC, donde hay que trabajar en la base, primero hacer carrera antes de ser senador. Y se fue a ser jefe de la campaña presidencial de (Hernán) Büchi, que representaba exactamente lo que Pinochet había visto derrotado. ¿Entonces de qué consistencia política me hablan? Piñera quería ser democratacristiano. Él tiene una debilidad muy grande afectiva hacia su infancia democratacristiana. Me consta.

– Con sinceridad, el día del plebiscito, cuando el gobierno da el primer escrutinio, ampliamente favorable al Sí, y luego un segundo escrutinio, con menor ventaja sobre el No, en las largas horas que pasaron hasta que Matthei reconoció la derrota, ¿pensó que se podía ir todo por el despeñadero?

– Por supuesto. Cuando se nos comunicó que se fueron los carabineros y estaba con Genaro me acuerdo haber pensado ¿cómo será ver avanzar los tanques en la calle? Porque no lo vi, yo no estuve en 1973. También recuerdo que el día antes estaba con Ana Belén y Víctor Manuel en la casona donde hicimos los programas, cuando se cortó la luz. Ambos estaban muy asustados. Imaginaban toque de queda, golpe. Les dijimos que no, que eso pasa todo el tiempo aquí, que al día siguiente habría plebiscito… no nos parecía posible parar el proceso, pero sí alterar el resultado. Me temo que hasta hoy no se sabe qué pasó.

– Según documentos desclasificados en Estados Unidos hubo sectores cercanos a Pinochet que querían dar un autogolpe, el que fue frenado porque no había unidad de las fuerzas armadas detrás de esto…

– Creo lo mismo. La presión externa era muy fuerte. En el período previo al plebiscito, por ejemplo, el embajador de España invitaba a Matthei y opositores moderados a su casa. Había un cierto diálogo, no en el sentido conspirativo sino social entre militares no del más alto nivel y civiles. Había una preocupación externa y un interés por Chile enorme. A mí me recibieron en el Foreign Office en Londres a un nivel absurdo de alto, de viceministro o subsecretario y yo no era nadie, trabajaba en el ILET. Algunos militares se daban cuenta de eso. Tendrían que haber dado un golpe de Estado de nuevo para parar el plebiscito. No menos que eso. Habrían matado mucha gente, pero habrían durado muy poco tiempo.

“En Estados Unidos un grupo de gente, con poca lucidez, comenzó a predicar la teoría de que si no se favorecía el camino del plebiscito, podía haber un camino comunista, que era una vía armada. En la percepción norteamericana el plebiscito fue considerado muy deseable. En esta materia me ha tocado vivir situaciones muy absurdas: he ido a dar charlas a universidades en Estados Unidos y me encontrado con señores ex funcionarios del Departamento de Estado que se consideran padres del plebiscito y del No. Si bien es cierto que fue importante la presión externa para que los militares no se atrevieran a torcer el resultado, también es real que lo decisivo fue la participación y movilización de la gente en Chile”.

– En la campaña fue más importante el tema económico que el de los derechos humanos. ¿Por qué fue esa decisión, cuando lo esperable habría sido una campaña de ellos son los asesinos, torturadores…?

– No seguimos una campaña de denuncia radical, aunque eso era lo que sentíamos en nuestro interior. Creíamos que la sociedad chilena tenía que ser acompañada en el proceso de participación en el escenario. El público no tenía que ser expulsado de la sala por miedo al matón. Sin embargo, mi percepción es diferente, que los temas de derechos humanos fueron importantes, como el baile de la cueca sola, los testimonios de exiliados, de tortura, de gente encarcelada…

– ¿Era porque en las encuestas aparecía como mayor preocupación el tema económico?

– No. En las encuestas estábamos más orientados a determinar qué podía sacar a la gente del miedo. Eran encuestas mucho más destinadas a medir el comportamiento de la gente frente a determinadas propuestas como un país distinto, la capacidad de tener confianza. Si bien el plebiscito no era la inauguración de un gobierno nuevo, sí era el diseño de lo que sería un nuevo Chile. Era muy importante para nosotros decir que teníamos economistas que no eran locos. El asunto era hacerlos hablar por televisión.

Llevamos a un programa a un gran economista, José Pablo Arellano, un hombre lleno de virtudes y gran persona, con el que no siempre estoy de acuerdo, pero no servía para la televisión. Trajimos a René Cortázar y a Alejandro Foxley y fue un balazo, funcionó. Queríamos mostrar un equipo económico sólido. Teníamos muy fresca la experiencia del gobierno del presidente Raúl Alfonsín en Argentina después de la dictadura, que había tenido una crisis económica tremenda. Había la percepción en la derecha que no solo íbamos a matar gente sino que íbamos a ser un desastre económico. Eso jugó mucho.

La desclasificación de secretos

En enero próximo Juan Gabriel Valdés viajará a la Universidad de Columbia, en Nueva York como profesor invitado, y aprovechará de terminar un libro de memorias suyas del período en que estuvo como secretario de Orlando Letelier, ex ministro de Defensa y de Relaciones Exteriores del presidente Salvador Allende, asesinado en 1976 en Washington por la DINA. A pesar de estar afuera la cercanía con su padre y con Letelier le permitió seguir los grandes debates de la época. Dice que en el libro recordará reuniones de Gabriel Valdés con Eduardo Frei Montalva en las cuales discutían sobre el gabinete de Frei, analizaban la intervención norteamericana en Chile y también discrepaban sobre los socialistas. Igualmente los encuentros con Leighton que le contaba sus peleas con Frei, algunas de ellas durísimas.

Valdés cuenta como un grupo de chilenos muy distintos entre sí, una docena de personas, se organizaron tras el golpe en Nueva York para denunciar a la dictadura. A través de Roberto Savio, de la agencia de noticias Inter Press Service consiguieron credenciales de periodistas y entraron a Naciones Unidas a organizar la campaña contra Pinochet. Cuando, casi un año más tarde llegó Letelier a Estados Unidos nos dijo: ‘Ustedes son un milagro. Hablan inglés, conocen Estados Unidos y están metidos en Naciones Unidas. En la UP no hay gente así. Era lo que yo venía a hacer, y ustedes ya lo están haciendo’”.

“Nos transformamos en el pequeño ejército de Orlando Letelier. Me pidió que fuera a Washington a trabajar con él junto con Waldo Fortín y con el grupo de Nueva York. Esa es la historia que quiero contar. Me fascina el hombre anónimo… y esta historia está llena de hombres y mujeres anónimos. Éramos como unos niños que estábamos haciendo cosas contra Pinochet con total seguridad… ¿Quién iba a hacer algo contra nosotros en Estados Unidos?”

– ¿La forma como Chile salió de la dictadura, en una alianza del centro y la izquierda, era el proyecto político de Letelier?

– Orlando tenía muchas habilidades. Era moderno, conocía Estados Unidos, sabía economía, había estado en la Escuela Militar. En su escritorio tenía una foto de él de cadete. A él lo ofendía profundamente lo que hicieron los militares. Recuerdo su indignación cuando le quitaron la nacionalidad, el sentía ese nacionalismo arraigado al mundo militar, era una ofensa horrorosa que le dolió muchísimo. Al mismo tiempo era un claro partidario de una alianza con el centro. Estaba convencido de la necesidad de que la Democracia Cristiana estuviera en esto.

“En 1976 nos juntamos con Giorgio Solimano en Nueva York y resolvimos organizar una reunión de los Mapu (Mapu Gazmuri y Mapu Garretón), la Izquierda Cristiana y la Democracia Cristiana, que nunca se habían juntado desde el golpe. Nos movimos y logramos que vinieran Radomiro Tomic, Renán Fuentealba, Claudio Huepe, Bernardo Leighton, y por el otro lado trajimos a Pedro Felipe Ramírez, José Miguel Insulza, Luis Maira, Sergio Bitar y José Antonio Viera Gallo. Con el apoyo de las iglesias cristianas de Nueva York hicimos una reunión que duró tres días y en la que se discutió qué hacer. Letelier apoyó mucho esta reunión a la que se dio el nombre de los “Cristianos de Nueva York”.

Recuerdo que hubo democratacristianos que viajaron desde Chile para impedir que se hiciera esta reunión. Claudio Orrego (padre), por ejemplo. Él se reunió con mi padre y le reprochó esta reunión con los de la Unidad Popular. Mi padre lo envió a freír monos y participó en la reunión aunque no podía salir en la foto porque era funcionario de Naciones Unidas. Se habló claramente de cómo hacer converger estos mundos. En los socialistas se vivía el proceso de transformación y de Altamirano en particular. No diría que fue la primera reunión porque hubo otras importantes en Caracas, donde estuvieron también los radicales. Pero en Nueva York hubo una mayor intimidad entre ellos, al fin y al cabo todos habían sido democratacristianos. Después se fueron a Washington a ver a Orlando Letelier. Él estaba convencido que la salida de la dictadura era con los democratacristianos, siendo un hombre que se situaba claramente a la izquierda”.

Autor: Manuel Délano, Escuela de Comunicaciones y Periodismo UAI

*Este artículo es parte del especial conjunto por los 30 años del plebiscito de 1988 entre La Tercera y la Escuela de Comunicaciones y Periodismo de la Universidad Adolfo Ibáñez.