Los treinta años del plebiscito del 5 de octubre y el triunfo del No han sido un hito de revisión de nuestra historia reciente, con la carga de todo proceso que es parcialmente histórico y parcialmente político. La decisión, sin duda audaz, del Presidente Piñera de hacer un acto en La Moneda agregó más debate, porque aunque es sabido que él votó que no, nadie serio podría ignorar que, políticamente, el suyo es un gobierno de los que votaron -votamos para ser honestos- Sí. Qué tiene de notable ese plebiscito y qué razones puede haber para que todos celebremos esta fecha es lo que quisiera intentar responder.

Que un régimen autoritario o dictadura -la discusión semántica a estas alturas me resulta absurda- haya instaurado un modelo de desarrollo liberal en los 70, se haya aplicado a fondo para evitar una guerra e implementara un modelo pacífico de entrega del poder a un gobierno democrático, me parece que son tres características que lo convierten en un caso excepcional. No sé si Pinochet quiso respetar el resultado del 5 de octubre o tuvo que hacerlo, lo que importa es que, si lo hizo fue, en buena medida, por las reglas del juego que el mismo régimen se autoimpuso.

Ese 5 de octubre fue, además, virtuoso porque dejó un ganador claro, pero la opción derrotada se expresó como una parte suficientemente importante del país para forzar una transición dialogada y consensuada.

El Chile binominal, gobernado sobre la base del diálogo de dos fuerzas moderadas, llamadas por el país a entenderse, se configuró realmente ese día. Ese modelo de transición es el que está viviendo un profundo escrutinio histórico y, curiosamente, son los ganadores de aquel día, los que han tendido a repudiar el proceso posterior que ellos mismos lideraron.

Por otra parte, para los dirigentes de la Concertación, ese 43,7% del Sí fue el perfecto “socio”, al estilo de la novela de Jenaro Prieto, que les permitió gobernar vistiendo su moderación como la “imposición” derivada de la correlación de fuerzas, pudiendo mantener un entendimiento con los sectores menos renovados de la izquierda. La Constitución, con todo eso que se ha llamado los “enclaves autoritarios”, subsistió manteniendo la transición dentro de un espectro acotado y, como era lógico, por un cierto lapso, el suficiente para consolidar un nivel de desarrollo que estabilizara el sistema democrático por sí mismo.

El gobierno del Presidente Aylwin fue un gran gobierno, que marcó el tono de las dos décadas que se iniciaron el 11 de marzo de 1990. Pero pudo serlo gracias a ese 5 de octubre en su integridad, creer que el país de hoy se debe al triunfo del No es a la política, lo que las novelas de Corin Tellado son a la literatura.

/Escrito por Gonzalo Cordero para La Tercera