Cuando miro al pasado solo veo ruinas, un inmenso altar ante el que se han sacrificado la dicha de los pueblos y la virtud de los individuos. Y ante ese panorama solo cabe preguntar cuál fue el fin, cuál el propósito de esos enormes sacrificios.

Esas palabras, que a pesar de la leve exageración retórica que poseen, todavía sorprenden y conmueven, inauguran de alguna manera la forma en que los modernos se acercan al pasado. Las escribió Hegel en sus “Lecciones sobre la filosofía de la historia”. Mientras para los antiguos el pasado es un repertorio de todos los hechos posibles que acaecerían en un círculo de repeticiones (por eso Polibio lo representa como una rueda y más tarde se pensó a la historia como maestra de vida), para los modernos, o “para nosotros los modernos” como a veces prefiere Hegel, la historia y el pasado son indisolubles de la pregunta por el sentido o el significado de los hechos.

Y es que sin un sentido que los anime y vivifique, los hechos equivalen a una mera causalidad que no permite diferenciar la caída de una piedra del secuestro de un desaparecido. Desde el punto de vista de la causalidad, despojados de sentido, ambos son simples hechos.

Por eso hay algo de insatisfactorio en los recuentos del plebiscito de hace treinta años que por estos días se han visto y oído. Y es que a veces se reducen a un recuento de los hechos, a la suma yuxtapuesta de lo que entonces ocurrió (el dedo de Lagos, la actitud renuente del dictador, el abrazo de Aylwin y Jarpa a la luz del resultado, la conducta del PC); pero como los hechos no hablan por sí mismos, hacer su recuento sin el esfuerzo de dilucidar su sentido puede ser una de las peores formas del olvido. El olvido (dice T.S. Eliot) consiste en tener la experiencia pero haber perdido su sentido.

Así, entonces, no cabe más que preguntar ¿cuál fue el sentido de eso que ocurrió hace treinta años y que hoy día todos quieren hacer suyo?

Para responder esa pregunta es indispensable hacer el esfuerzo de reconstituir el mundo -la serie de circunstancias- que los chilenos y chilenas de hace treinta años tenían delante suyo.

El mundo de entonces

Hace treinta años y cuando los chilenos y chilenas concurrieron al plebiscito, tenían a la vista, aunque apenas lo veían prefirieran cerrar los ojos, casi diecisiete años de dictadura, con su reguero de torturas, muertes y desapariciones. A esa fecha nada de eso se desconocía, aunque había pretextos, múltiples disfraces que permitían desviar la vista. Se dirá que recordar esto es simplemente exprimir limón en una herida para vivificar el dolor que ella causa; pero no.

Haga usted el experimento mental de borrar de su memoria los abusos, los allanamientos masivos en las poblaciones, los desaparecimientos, las torturas, ¿cree usted que sin todo eso en escorzo, si por un momento lo borra de su memoria, el panorama de hace treinta años tiene un sentido fidedigno?¿La subjetividad de los chilenos y chilenas de hace treinta años es concebible si se le despoja de ese fondo?

Todos saben que no

Sin ese reguero de dolor -esa forma terrible del sentido-, el cinco de octubre se transforma en un acontecer racional, una simple elección de régimen político (como querrían ciertos sectores de la derecha) o una ejecución excelsa y magnífica de una campaña publicitaria (como se ha querido presentarlo cuando se lo estetiza con fines pretendidamente artísticos). Por supuesto, quienes votaron Sí dirán que o no sabían o que prefirieron mirar hacia el futuro en vez de encadenarse al pasado; pero eso equivale a mala fe en el sentido que Sartre la definió: al intento de despojar a las propias decisiones de toda responsabilidad en el futuro, a negarse a ser un agente de la propia conducta.

No cabe duda.

Lo único que hizo que moros y cristianos -desde liberales al PC- estuvieran por el No fue el rechazo a esos hechos lacerantes, a ese panorama de dolor.

Un plebiscito acerca del pasado

Si hay algún momento de la historia de Chile cuya decisión fue acerca del pasado, ese fue el cinco de octubre de hace treinta años. Por eso no fue, como quiere presentársele hoy, un momento nacional. Ahí radica su virtud y su vicio, lo digno que ese momento tuvo y las sombras que todavía arrastra. Ortega y Gasset dice, siguiendo a Renan, que las naciones no se configuran por el pasado que comparten, sino por el futuro en común que logran abrazar. El plebiscito de hace treinta años no fue acerca del futuro, no fue un momento nacional, la constitución o la revalidación de una comunidad, sino que fue un juicio acerca del pasado, un momento moral, no una decisión nacional. Y ese momento fue moral tanto para quienes votaron Sí como para quienes votaron No.

Y ese es el problema que hoy arrastra una parte -no toda- de la derecha.

Como cada uno es un testigo insobornable de sí mismo, la derecha, los dirigentes de entonces y de hoy, quienes vociferaban en favor del dictador cuyos abusos adornaban el horizonte de esos días, los que argüían en la televisión en su favor atizando el fuego del miedo al desorden, o la violencia, como si el régimen fuera un pastor de ovejas y no el lobo que era, decidieron mirar al pasado y cohonestarlo. Tuvieron razones para hacerlo, desde luego, la confianza en el bienestar que se asomaba, el recuerdo del 73 que una clase vivió como amenaza, fueron algunas de esas razones. Pero el hecho decisivo, que no es correcto olvidar, es que sopesadas con las violaciones a los derechos humanos que entonces saltaban a la vista y los oídos, las prefirieron.

Quedó así instalado uno de los rasgos más acusados, y subterráneos, del Chile contemporáneo: un bienestar material creciente cuyo origen estuvo acompañado de lo que es preferible reprimir; esa mezcla, que se observa en la vida cotidiana, en las encuestas, de entusiasmo y desilusión.

Los efectos del No

Pero, la verdad sea dicha, al olvido o a la represión de las violaciones a los derechos humanos contribuyó la propia propaganda por el No. Y así se cumplió, desde el punto de vista cultural, una rara convergencia entre quienes votaron Sí y quienes prefirieron el No.

La franja del No, es cosa de recordarla puesto que la fuerza recurrente de sus jingles resuena fácilmente en la memoria, fue eficaz para favorecer el voto No; pero de algún modo que los años que siguieron han revelado, apagaron la fuerza moral que ese voto poseía.

Y es que la memoria fresca de los abusos de la dictadura fue preterida, pasada en silencio, a favor de un mensaje estetizado, alegre, que en vez de poner el acento en el pasado al que todos estaban mirando, hizo una promesa de futuro. No era, sin embargo, una promesa con contenido preciso, no fue un proyecto, sino que fueron las facciones de una alegría sin rostro.

Si se le juzga por sus resultados -Mitterrand reclamó alguna vez indignado: ¡júzguenme por los resultados!-, no cabe duda de que la estrategia del No con ese mensaje de tarjeta postal, con esas imágenes desprovistas de cualquier rastro de dolor, despertó la emoción fácil e imantó por algunos días las voluntades, hizo olvidar el miedo (pero junto con el miedo espantó también el deseo de castigo de quienes lo causaban) y permitió derrotar con un lápiz, como se ha dicho, a la dictadura; pero tampoco cabe duda de que al hacer eso creó una imagen más o menos fantasiosa de unidad y de futuro que despolitizó la vida común de Chile. De alguna forma, el mensaje y la estrategia publicitaria del No prefiguraron buena parte del Chile contemporáneo. Fue uno de esos casos en que el discurso configura performativamente la conducta colectiva, probando que las palabras no son inocuas ni inocentes, que con las palabras se producen realidades (como insistía Austin en la Inglaterra de mediados del veinte).

Porque a fin de cuentas, la franja del No con su discurso que prefería omitir sin negar explícitamente (pero como todos saben, a veces omitir lo obvio equivale a negar) las violaciones a los derechos humanos, los estropicios y los abusos de la dictadura, de alguna manera no deliberada acabó durante un largo tiempo atando a quienes lo pronunciaron.

Esa fue la transición

No se trató propiamente de una actitud deliberada, de una omisión débil, y a fin de cuentas cobarde, como a veces hoy livianamente se la presenta. Fue más complejo que eso. Se trató de la enésima constatación de que las palabras y los gestos no son inocuos, y que cada uno acaba configurándose a sí mismo con los gestos que elige tener, los desplantes que quiere ejecutar, las palabras que prefiere pronunciar, las cosas que prefiere dejar estacionadas en medio del silencio.

El resto es cosa conocida. Fue el nacimiento del Chile moderno. En algún sentido, el Chile contemporáneo, su cultura, el sentido común que circula por aquí y por allá, el leve malestar que de vez en cuando brota, es el hijo del No, ese No que por sus silencios inevitables, por sus efectos, para bien o para mal, tuvo a veces un semblante parecido al Sí.

El Chile moderno

Las tres décadas que han transcurrido desde entonces -desde ese 5 de octubre cuyo sentido se oculta en las brumas del tiempo- han sido las más exitosas de la historia de Chile si se las juzga por las condiciones materiales de la existencia. Nunca como hoy las grandes mayorías históricamente excluidas habían estado mejor. Nunca hubo más acceso a bienes materiales y a bienes simbólicos. Cosas que ese 5 de octubre parecían una quimera -acceso a la educación, a la vivienda, al automóvil, cosas que estaban negadas casi a la mitad de la población- hoy día forman parte casi natural de la vida cotidiana.

¿Se habría alcanzado ese resultado si el No hubiera subrayado los aspectos, por llamarlos así, morales que poseía y que la franja publicitaria debió, en aras de su éxito, enmudecer?

Es probable que no.

En los años ochenta solió hablarse de los “costos sociales” del modelo económico -elevación del desempleo, devaluación de la moneda, empobrecimiento de un número significativo de la población-, quizá sería hora de decir que la consolidación de ese modelo, la modernización capitalista, tiene otro tipo de costos. Balzac, en “La comedia humana”, una verdadera crónica de la modernidad al extremo de que pudo competir con la naciente sociología, dice que en el origen de toda fortuna se esconde un crimen, y Walter Benjamin, por su parte, observa, en sus “Tesis sobre la historia”, que detrás de todo documento civilizatorio se esconde un momento de barbarie. Si les creemos a Balzac y a Benjamin, la modernidad de Chile con su mezcla de progreso y desilusión, nació en ese momento en que el trauma de las violaciones masivas a los derechos humanos de la dictadura decidió ser reprimido, en aquel minuto en que se decidió desproveer al No del sentido que originariamente lo animaba.

¿Pudo ser de otro modo?

Es probable que no, puesto que, como se sabe, la cultura y el bienestar material descansan sobre un momento de incomodidad, un fondo pulsional que pugna una y otra vez por salir en la forma de síntoma y cuya represión es la que permite la existencia de las instituciones. Cultura y felicidad, observó Freud en el umbral del siglo XX, nunca van de la mano. Culpa y bienestar social, podría agregarse, tampoco. Y quizá ahí radique una de las causas de esa rara sensación que las encuestas constatan una y otra vez, de una sociedad que está cada vez mejor, pero en cuyos miembros se aloja también una cierta sensación de incomodidad.

La tarea pendiente de Chile -fuera de encarar la nueva cuestión social que atraviesa el presente, la incorporación de los grupos medios- consiste en volver la vista atrás, espantar las brumas y traer a la palabra eso que se ha reprimido, ese secreto de familia que está detrás de la modernización, eso que todos, la derecha y la izquierda saben: que la modernización de Chile nació ese cinco de octubre cuando se pronunció la promesa de bienestar y se adoptó la decisión espontánea de no hablar nunca más del momento sacrificial que lo haría posible.
/Escrito para El Mercurio por Carlos Peña, Rector UDP, columnista de El Mercurio, Autor de “Lo que el dinero sí puede comprar” (Taurus, 2017).