“No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague”, dice el viejo refrán español. Y exactamente dentro de una semana se cumplirá finalmente ese plazo para las postergadas elecciones de convencionales, alcaldes y gobernadores. Todo llega –no sé si vale en este caso agregar “a su debido tiempo”-, pero el hecho es que el 15 y 16 de mayo se realizará la que todos concuerdan –y eso es mucho decir en estos tiempos- son los comicios más importantes de las últimas tres décadas en Chile. Punto de partida para vislumbrar nuestro próximo “manuel de convivencia” social, pero sobre todo para saber efectivamente cuánto pesa cada cual. Finalmente tendremos datos.

​​​​​​​El problema es que, como todos coinciden, no llegamos en el mejor momento y no sólo por la pandemia -que algunos aún temen pueda mermar la participación- sino por la política que parece desfondada. Para Ascanio Cavallo todo se remite al “error histórico” de haber aplazado “las elecciones múltiples previstas en abril”. Según él, si esas elecciones se hubieran realizado “otro sería el panorama”, pero como siempre sucede –y volvemos a los sinos trágicos que atraviesan toda esta historia- “cuando se juega con la democracia, la democracia se toma su desquite”. Y el desquite no es menor, es el quiebre de “nuestra arquitectura institucional”, según Cavallo, que deja al gobierno como el gran derrotado con la simple misión de “administrar los próximos diez meses”, que no es poco pedir.

Porque la pregunta que da vuelta es si tocamos fondo y si de aquí la crisis comienza a ordenarse. Los optimistas piensan que sí, que el espacio de diálogo abierto entre gobierno y oposición vino a dar algo de respiro, que las elecciones del próximo fin de semana serán una suerte de parte aguas y que la economía está reactivándose de la mano de un cobre a niveles históricos. Pero hay otros que no. Para Héctor Soto, por ejemplo, la pregunta inevitable que ronda en el ambiente es si el Presidente logrará terminar su mandato. Y si bien reconoce, que “esto puede ser un despropósito siquiera imaginarlo”, lo cierto es que “la política chilena se ha vuelto tan disparatada que nadie puede garantizar que lo que es una locura hoy en dos semanas o tres meses ya no lo sea”.

El consuelo-aunque dicen es el de los tontos- es que el escenario en la costa Pacífico sudamericana no está mucho mejor. La violencia social se desbordó en Colombia y, en Perú, Pedro Castillo sigue a paso firme hacia el Palacio Pizarro. Quizá es momento de reeler Colapso de Jared Diamon, que va hoy entrevistado por Paula Escobar. O revisar la reciente columna de Carlos Meléndez sobre el derrumbe de los establishments. “No todos los establishment colapsan de igual manera”, asegura. Algunos como el chileno lo hacen por fenómenos sociales -ahí está el 18-O- y otros por el surgimiento de outsiders, como en Perú. Pero en ambos casos, el origen es el mismo: “Cuando quienes se perciben como perdedores del desarrollo son mayoría, la clase política que sostiene ese desarrollo pierde legitimidad”. Un dato a tener en cuenta.

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