Temo que Lucía Santa Cruz en su última columna comete un error. Confunde tres planos que son distintos: el juicio del historiador sobre las causas de un evento; la decisión que el ciudadano adopta en una elección, y la valoración política o moral respecto de esta última.

El juicio del historiador está sometido a criterios epistémicos: a su capacidad de recoger todas las causas de un fenómeno. La decisión del ciudadano no es, sin embargo, de esa índole. Votar en el plebiscito equivalía a tomar posición ante la dictadura, no a emitir un juicio descriptivo con pretensiones de verdad. Finalmente, la valoración moral o política alude no a las causas de la decisión que se valora, sino al contenido de la decisión que se adoptó, la toma de posición que revela.

El buen juicio historiográfico procura describir todas las causas; pero tampoco puede eludir la valoración. Sin valoración, la cadena de causalidad sería infinita y el historiador sería como Funes el memorioso: recordaría con la misma intensidad y espíritu la forma de las nubes de un día preciso o la muerte de un ser querido.

El juicio historiográfico tampoco debe confundirse con la valoración moral o política de las decisiones. Esta última no juzga la causalidad, sino el acto de voluntad, la decisión de adherir a esto o aquello.

Todo acto humano es multicausal -enseñaba Spinoza-, pero ello no suprime la responsabilidad del agente que lo ejecuta, quien no debe refugiarse en las causas que lo envuelven para eludirla, como si la acción humana fuera una simple hoja movida por el viento de la historia.

Carta de Carlos Peña al Mercurio