Lo más sorprendente en el apaleo al carabinero por parte de alumnos del INBA no fue solo la agresión misma, que por desgracia se ha hecho una práctica habitual en nuestra educación pública, sino la seguridad que ostentan los agresores. Algunos ni siquiera se molestaron en ponerse una capucha. Parecieran saber que su impunidad está asegurada. Así, cada vez es más peligroso no solo ser carabinero, sino que también los profesores se sienten amenazados, y ni hablar de muchos estudiantes comunes y corrientes, que están condenados a vivir en un régimen escolar de anormalidad, con grave deterioro de sus posibilidades de educación.

La respuesta de parte de la izquierda ante esta situación es previsible: “Los estudiantes que golpearon al carabinero son solo víctimas de un sistema, de modo que no resulta justo castigarlos con medidas como las del proyecto Aula Segura”.

No les falta razón a estos políticos, aunque por motivos que ellos no sospechan. En cierto sentido, los agresores sí son víctimas, pero en Chile no está bien visto decir por qué. ¿O alguien se atreve, por ejemplo, a investigar el ausentismo paterno y las estructuras familiares que están detrás de un número significativo de esos violentistas; a analizar las experiencias que han vivido en términos de abandono y violencia, y compararlas luego con las propias de sus compañeros que quieren ir a clases, para sacar consecuencias en materia de políticas públicas?

También en otro sentido esos jóvenes son víctimas de un sistema. Desde hace muchos años, en Chile y en otros países se ha consolidado un sistema educacional que asegura la impunidad. Esto es malo. En efecto, si Sócrates tiene razón, lo mejor es hacer el bien. Pero si uno actúa mal, es preferible ser castigado, porque no hay desgracia mayor que poder hacer el mal impunemente. Como nuestros actos dejan una huella en nosotros, si no recibimos el castigo merecido, corremos el riesgo de degradarnos infinitamente. Eso le ocurrió a Gollum, el personaje de “El Señor de los Anillos” que, por volverse invisible, podía hacer todo el mal que quisiera sin recibir castigo. No ser castigado cuando corresponde es una enorme desgracia.

Esos jóvenes, sin embargo, vienen oyendo desde su más tierna infancia que solo existen los derechos; que no debe haber castigo, sino reeducación; y que, como ellos son víctimas, todo lo que hagan será un acto de reparación de una injusticia previa.

De este modo, el sistema que han logrado instalar nuestras izquierdas en las últimas décadas presenta un punto ciego: el caso normal. No tienen ojos para atender a esa madre que, quizá sin ayuda de nadie, ha educado a sus hijos con cariño y disciplina; a esos matrimonios esforzados, que querían aportar -también económicamente- para que sus hijos tuvieran la mejor educación posible. El proyecto de cierta izquierda reorganiza todo el sistema educacional para recibir al alumno apaleador, apedreador o quemador de carabineros o profesores, pero no logra educarlo, al confundir acogimiento con permisividad, sino que además es incapaz de velar por el que está dispuesto a salir adelante jugando limpio.

Detrás de un sistema semejante hay muchas ideas erradas. Por ejemplo, la que sostiene que el Estado debe ser neutral respecto de los planes de vida y no puede promover determinados modelos en la sociedad. Aquí se juntan las propuestas de liberales progresistas e izquierdistas individualistas, en una mezcla que ya había anunciado Augusto Del Noce hace medio siglo: la progresiva convergencia que se iba a producir entre cierta derecha tecnocrática y la izquierda cultural.

¿Y quién paga la cuenta de estas teorías psicológicas y pedagógicas que llevan décadas erosionando la idea de autoridad? La respuesta está a la vista: el carabinero apaleado, los niños condenados a la ignorancia (que jamás serán protegidos por nuestra Defensora de la Niñez), y en suma, nuestra educación pública, que se desmorona no porque en nuestras escuelas haya vándalos, sino porque no sabemos cuál es la manera de tratarlos. Como si estuviésemos forzados a elegir entre Provoste y Bolsonaro.

En este contexto, la ministra Cubillos ha puesto en el centro lo que nunca debió dejarse de lado. Lo básico no es el sostenedor educativo, ni los sistemas, ni las teorías, sino lo que pasa en el aula. Y antes que nada, el aula debe ser segura, tanto para los estudiantes como para sus maestros. Porque si dejamos a los niños sin ley, terminaremos en una situación semejante a “El señor de las moscas”, de Golding, donde unos encantadores pequeños, víctimas de un accidente, van a parar a una isla deshabitada. Y como se sienten víctimas y no existe ley que ponga coto a sus impulsos, transforman ese lugar en una antesala del infierno.

¿Podrá la ministra Cubillos, con sus solas fuerzas, hacer frente a un sistema que tiene como uno de sus frutos el que liceos emblemáticos se hayan transformado en lugares peligrosos? No lo sabemos, pero ella posee una rara combinación de amabilidad y fortaleza. Y esos son precisamente los ingredientes que más faltan en la educación chilena.

/Columna de Joaquín García Huidobro para El Mercurio