Gana, hoy coronel en retiro, recuerda que fue exactamente a las 23.32 cuando recibió una llamada desde la recepción. Le avisaban que un grupo de policías iba subiendo para hablar con él. El escolta respiró aliviado. Por fin -pensó- llegaba el equipo de la policía secreta británica que les habían prometido para ayudar en la custodia del convaleciente general. Se puso de pie y avanzó feliz hacia el ascensor. Pero no era ayuda la que llegaba, sino una orden de arresto.

El inspector de la sección de extradiciones de Scotland Yard, Andrew Hewitt, subía hasta el piso ocho a la cabeza de un operativo de 12 policías y una traductora, Jean Pateras. Hewitt le informó a Gana que debía abandonar de inmediato el lugar, porque desde ese momento Pinochet estaba arrestado y bajo la custodia de la policía británica. El escolta chileno se negó. Le respondió que él como oficial de Ejército chileno solo recibía órdenes de sus superiores, que tenía la misión de cuidar a Pinochet y que pensaba seguir cumpliéndola. En el momento de máxima tensión, cuando el joven capitán intentó sacar del bolsillo de su chaqueta su celular para informar lo que estaba ocurriendo, los policías lo rodearon de inmediato y, apuntándolo con sus pistolas, le ordenaron que soltara el arma. Pero Gana no estaba armado, no estaban autorizados a portar armamento fuera de Chile. El capitán fue obligado bruscamente a salir del edificio y Pinochet quedó solo y a su suerte. El escolta había tenido que “rendir” a su general, su misión había fracasado.

En la penumbra de la habitación 801, el inspector Andrew Hewitt procedió a leerle la orden de arresto a un Pinochet que medio dormido no entendía la pesadilla que se presentaba ante sus ojos.

El inspector de Scotland Yard le leyó completo el documento emanado del Tribunal de Bow Street y firmado ese mismo día por el juez Nicholas Evans. Jean Pateras, la traductora que acompañaría desde entonces a Pinochet en su arresto de 17 meses, recuerda que el general estaba en pijama, pero sentado. Le explicó que lo estaban arrestando por asesinato. Pinochet reaccionó furioso.

“¿Quiénes se creen que son?”, les espetó, y trató de defenderse diciéndoles que tenía inmunidad.

Mientras tanto, en la puerta de la clínica, un desesperado capitán Gana se encontró con el enfermero que había llegado a relevarlo. Llamaron a su superior, el mayor Oviedo, para informarle que habían “perdido el control” de la custodia del exjefe del Ejército chileno y que este se encontraba solo con la policía británica en su habitación.

Entre las 12 y las 12.30 de la noche, la llamada urgente de Oviedo despertó bruscamente al brigadier Óscar Izurieta, agregado militar en Inglaterra y quien también llegaría a la Comandancia en el Jefe del Ejército años después. Quedaron de encontrarse inmediatamente en la puerta de la clínica, no sin antes avisar al embajador chileno en Londres, el socialista Mario Artaza.

El diplomático estaba a esa hora en bata viendo la televisión en una sala adjunta a su dormitorio. Artaza no podía creer lo que escuchaba y se comprometió a estar allí en 10 minutos. En cuanto colgó, llamó al canciller José Miguel Insulza, a quien pilló preparándose para ir al programa Medianoche, de TVN. La orden de Insulza fue clara: trasládate cuanto antes a la clínica y manténnos informados a mí y al subsecretario Mariano Fernández, quien estaba por esos días con el Presidente Eduardo Frei en Portugal.

Bajo un andamio que los protegía del aguacero que caía a esa hora, se juntaron en la puerta de la London Clinic los militares con el embajador. Después de intensas gestiones, solo dejaron subir al diplomático a ver el estado en que se encontraba Pinochet. Fueron solo cinco minutos.

Senador, ¿me reconoce? ¿Sabe quién soy?
Sí, el embajador.

¿Sabe qué ha ocurrido? Mire, usted está arrestado por orden de un juez español que está pidiendo su extradición.
Embajador, yo entré aquí con pasaporte diplomático y no como un bandido.

Había ocurrido lo impensado. Pinochet estaba detenido por delitos contra la humanidad en Londres, su ciudad favorita y la que visitaba con frecuencia. Un final totalmente inesperado para unas vacaciones que habían comenzado el 22 de septiembre y que se habían extendido extraordinariamente más allá del 5 de octubre, fecha del regreso, por la decisión de Pinochet de operarse la columna en contra de la opinión de todos sus asesores.

CHILENOS RESIDENTES EN LONDRES Y AGRUPACIONES DE DERECHOS HUMANOS CELEBRANDO LA DETENCIÓN DE PINOCHET.

Lo que no sabía el general chileno es que en cada una de esas visitas, exiliados y organizaciones de derechos humanos trataban de conseguir su captura, pero el senador vitalicio siempre regresaba a Chile antes de que pudieran lograrlo. Esta vez fue diferente. La comunidad chilena avisó al presidente de Amnistía Internacional en Londres, Andy McEntee, que Pinochet estaba en la capital británica, que habían conversado con las agrupaciones en España y que debía llamar a Joan Garcés, un abogado español que había sido estrecho colaborador del expresidente Salvador Allende y que dejó Chile el mismo día del golpe con la misión de defender el legado del gobierno de la Unidad Popular.

Garcés solicitó el martes 13 de octubre a los dos juzgados de la Audiencia Nacional española órdenes para interrogar a Pinochet en Londres y su captura, a efectos de la extradición para ser juzgado en España. Desde 1996, dos jueces españoles de la Audiencia Nacional investigaban la participación de Pinochet y otros militares chilenos en delitos de lesa humanidad en querellas presentadas por el propio Garcés. Muchos pensaban que siendo el principal acusado expresidente y senador vitalicio, estos procesos abiertos eran meramente simbólicos. Sin embargo, uno de estos jueces, Baltazar Garzón, decidió cursar el miércoles 14 las órdenes, y pidió a las autoridades británicas retener a Pinochet hasta que se produjera el interrogatorio. Comenzó entonces una carrera contra el tiempo.

El mismo martes 13, el agregado militar en Madrid le avisó al general Izurieta lo que estaba pasando. Se iniciaron una serie de gestiones frenéticas para determinar si esas órdenes podían realmente aplicarse a Pinochet, si su pasaporte diplomático lo protegía y cuándo era la primera fecha en la que podían sacarlo de Londres. Por el lado médico, el general no podía ser trasladado hasta el 19 de octubre, sin embargo, la embajada logró un cupo en British Airways para el martes 20. En paralelo, la Cancillería chilena intentó conseguir protección del Foreign Office, que no tenía mayor información de lo que ocurría por la vía judicial.

Ambos jueces de la Audiencia Nacional envían órdenes para interrogar a Pinochet en Londres, pero las autoridades británicas responden que no hay tiempo, porque Pinochet tiene un vuelo a Chile para el martes. La única manera de retenerlo es enviar una orden de arresto.

Eran las tres de la tarde del 16 de octubre y ya no había nadie en la Audiencia Nacional más que el juez Garzón, quien recibe esta información. En pocas horas y en solitario dicta una orden internacional de detención con fines de extradición en contra de Augusto Pinochet Ugarte por los delitos de genocidio y terrorismo. La orden traducida al inglés por la policía británica en tiempo récord llegó a las nueve de la noche a la casa del juez Nicholas Evans, quien la firmó y autorizó el arresto para esa misma noche.

Los periodistas llevábamos varios días recibiendo información sobre la presencia de Pinochet en Londres. Un hecho que era de la máxima importancia para profesionales como yo, que veníamos hace dos años siguiendo las causas contra él en la Audiencia Nacional de España y sabíamos del riesgo que corría al visitar cualquier país europeo. La primera confirmación de que Pinochet estaba en Londres se produce cuando pidió una visa para visitar la tumba de Napoleón, la que le fue denegada por el gobierno francés. Luego empezaron los rumores de su muerte en un hospital londinense. Finalmente, llegamos en masa esa mañana del sábado 17 de octubre. En la puerta de la clínica ya estaba instalado el piquete de Londres y numerosos exiliados chilenos se abrazaban llorando en un día que pensaron nunca llegaría.

Nosotros mirábamos atónitos el inicio de un proceso que seguiríamos minuto a minuto durante 503 días. Diecisiete meses que cambiaron la historia de nuestro país.