Quien ha manejado automóviles por mucho tiempo sabe que al usar el espejo retrovisor para cerciorarse de la posición de los vehículos que están atrás, se produce en ocasiones un peligroso fenómeno: un punto ciego. Hay una determinada distancia en que el auto que viene atrás no es captado por el espejo, ni tampoco es posible advertirlo mirando directamente hacia el lado. Esto aumenta la probabilidad de un accidente, de modo que hay que ser muy cuidadosos a la hora de manejar. En política, hay ciertos temas que por diferentes razones parecen disminuir las capacidades de percepción acerca de lo que quiere la ciudadanía respecto a lo que es razonable hacer en respuesta a un problema. Ellos provocan una suerte de paralización en los políticos, que en definitiva no son capaces de resolver las demandas ciudadanas, ya sea por un prejuicio ideológico o por la imposibilidad de ponerse en el lugar del otro.

En la izquierda chilena, la migración ha sido uno de esos temas. Conocida la magnitud del fenómeno -el Banco Central ha hablado de 700.000 personas en los últimos dos años, vale decir, el número de migrantes en Chile se ha duplicado en un par de años-, parece bastante inexplicable que el gobierno de Michelle Bachelet no haya hecho algo en este tema. A vista y paciencia de las autoridades desfilaron cientos de miles de inmigrantes provenientes de Haití, que supuestamente venían en calidad de turistas a Chile, pero muchos de los cuales eran simplemente víctimas de mafias que se dedican al tráfico de personas.

El elemento paralizante en este caso parece haber sido el “enfoque de derechos” mediante el cual algunas personas creen, equivocadamente, que una persona tiene derecho a emigrar al país de su elección, sin que el país receptor pueda ponerle requisito alguno. Esta posición es contraria al derecho internacional, que siempre ha reconocido a los países receptores de inmigrantes a fijar las reglas bajo las que ésta se produce. Según este enfoque de derechos, este inmigrante tendría derecho además a todos los beneficios sociales, sin que la autoridad pueda, en casos en que así se justifique, poner requisitos de tiempo para recibir un beneficio. La realidad chocó con este “enfoque” y muchos ciudadanos de ese país viven hacinados producto de la informalidad que les impide celebrar contratos en forma y sus precarias condiciones económicas. Por razones económicas y políticas aumentó también explosivamente la inmigración desde Venezuela, sumándose a la peruana, colombiana y boliviana que han continuado creciendo.

Son múltiples las ventajas que tiene para los inmigrantes una regularización de su estatus migratorio, que es lo que está haciendo el actual gobierno. La mayoría de ellos lo pide. Sin embargo basta que alguien mencione la palabra “racismo”, aplicada en particular a los inmigrantes haitianos, para que la izquierda quede paralizada. Lo cierto es que puede que haya algunas personas que sea racistas, pero la forma de desalentar esas opiniones es destacar las múltiples ventajas que tiene para un país como Chile la llegada de inmigrantes, en un proceso regular y controlado, como el que pretende hacer el actual gobierno. Las situaciones desbordadas, como las que ha vivido Europa por ejemplo, incuban más racismo en las poblaciones locales.

Por estos días hemos visto otro punto ciego en la izquierda chilena: la violencia en los liceos. La oposición a la iniciativa legislativa Aula Segura no es razonable. No lo es que la presidenta de la Comisión de Educación del Senado, Yasna Provoste, haya invitado a más de 50 expositores a exponer a la Comisión, en un tema que ha sido ampliamente debatido, lo que retrasa la tramitación del proyecto que el gobierno pretende se apruebe con suma urgencia. El gobierno ha dado pruebas y argumentos de que el proyecto respeta el debido proceso y parte de la oposición mantiene una resistencia irracional a una cuestión que es de sentido común y es que un agresor violento no puede continuar sentado frente a su víctima mientras la burocracia escolar y del Estado resuelve sus sanciones.

La oposición a la Ley Aula Segura se ha convertido en un nuevo punto ciego de la izquierda chilena, que le impide ver lo que la gran mayoría de los chilenos vemos y que no es otra cosa que las conductas extremadamente violentas al interior de los liceos deben castigarse de inmediato, resguardando los derechos de la comunidad escolar y no favoreciendo a los violentistas que se auto marginan del sistema.

/Columna de Luis Larraín para El Lïbero