La inminente victoria de Jair Bolsonaro tiene frenéticos a los izquierdistas de todos lados. Se preguntan cómo es posible que un ultraderechista misógino, homofóbico, racista, machista y autoritario (epítetos que repiten obsesivamente, como un mantra) sea electo Presidente de Brasil.

Las razones son varias. Primero, que la gente está aburrida de la izquierda y su gran impostura: mientras hablan del pueblo y los oprimidos, no han trepidado en robar a manos llenas los recursos de todos, como ha quedado de manifiesto con los escándalos de corrupción en dicha nación y en otras como Argentina. El epítome ha sido el “Partido de los Trabajadores”, a que pertenece el otro candidato que pasó a segunda vuelta, nominado como tal por un “dedazo” de Lula en prisión y que un mes antes era casi desconocido. La quinta esencia de la manipulación política y la falta de respeto por la gente. Mientras, Bolsonaro emerge impoluto.

Una segunda razón, que los niveles de delincuencia e inseguridad en la nación carioca son aterradores. Nadie vive tranquilo y menos aún los más pobres, que son las primeras y mayores víctimas del crimen cuando campea. Pero sucede que la izquierda tiene un trauma con la delincuencia y ante cualquier atisbo de apriete de clavijas acusa abusos a los derechos humanos. Basta ver lo que pasa en Chile con el proyecto de ley “Aula Segura”. Así, la impunidad se extiende como una mancha de aceite que permea todo. Bolsonaro representa la mano dura que muchos echan de menos.

Hasta ahí las principales causas, que de una u otra manera todos mencionan. Pero hay otra que no se tiene en cuenta o al revés, que se presenta como un factor negativo para él: dice lo que cree. Nadie advierte que ello lo favorece, porque contrasta con los políticos actuales que son oportunistas y acomodaticios, ya que ajustan su discurso en función de las encuestas; es decir, que faltan reiteradamente a la verdad -la propia- interesadamente. Como lo graficó Groucho Marx al parodiarlos: “Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros”. Bolsonaro está en las antípodas y lo refrenda: cuando todos especulaban que en la segunda vuelta acomodaría su discurso y buscaría alianzas, aclaró: “no seré un ‘Jaircito’ paz y amor”; “eso sería traicionarme”, agregó.

Toda una revolución: un político honesto que dice lo que verdaderamente cree y presenta lo que realmente es, con sus claroscuros, para que la gente decida. Pareciera haber tanta demanda por esto, que los votantes están dispuestos a hacer vista gorda de los exabruptos que sus detractores se han encargado de vocear a los cuatro vientos. Más aún, es tan creíble su actitud, que pocas dudas hay de que tratará de cumplir lo que dice. Y esto para los votantes, una y otra vez defraudados por el incumplimiento de las promesas electorales, suena a un néctar político. La duda que queda ahora es si en segunda vuelta Bolsonaro ganará o bien arrasará.

/Escrito para La Tercera por Axel Buchheister