Resultan sorprendentes las reacciones que ha tenido la elección del Brasil, particularmente en nuestro país. Partamos por decir que las elecciones brasileñas son reconocidamente democráticas, que Bolsonaro es parlamentario hace mucho tiempo, es decir, no es una novedad, y ha sido elegido en forma popular y transparente.

Es un hecho de la causa que la política brasileña desencadenó una corrupción generalizada como pocas. Russeff fue destituida el 2016, muchos parlamentarios están procesados igual que empresarios, y Lula está literalmente preso por corrupción. La descomposición fue total. Esta corrupción, con distintos grados, es similar en todos los países de la región en que gobierna la izquierda; hay un patrón, y se realimentan entre ellos. Esto no significa que no haya corrupción en la derecha, sólo que hay seria corrupción en la izquierda que reclama para sí una altura moral que ya sabemos que no tiene. El caso más cercano a nosotros es Argentina, con un deterioro creciente del país con los Kirchner, ahora perseguidos judicialmente por corrupción. El día que se abra lo que pasó con Bachelet, partiendo por su precampaña, el resultado podría ser similar.

Un expolítico y parlamentario chileno calificó literalmente como indecentes a quienes votaron por Bolsonaro. Es decir, para él, nada menos que el 46% de los brasileños son indecentes.

Otros políticos de izquierda lo han acusado de autoritario, racista, machista, homofóbico, xenófobo, misógino, intolerante, antidemocrático, desde luego fascista y cuanto apelativo se les ocurra para tratar de descalificarlo. Implícitamente, descalifican así a quienes votaron por él.

Algunos políticos chilenos ya lo han ido a visitar, lo que ha encendido las iras y pasiones de una izquierda muy recalcitrante y de doble estándar. Una izquierda que apoyó y apoya a la dictadura cubana, a los desastres de DD.HH. ocurridos en Nicaragua, el caos y violencia en Venezuela, y donde sea que gobierne la izquierda apoyan sin una sola crítica. Hasta han apoyado a Corea del Norte. Una izquierda que firmó cartas públicas en favor de Lula.

El presidente del PS dice que Bolsonaro tiene un discurso de odio, lo que es toda una paradoja por parte de quien viene. Los castro-chavistas latinoamericanos, que afortunadamente van en retirada, califican el eventual triunfo de Bolsonaro como un régimen militar con ropaje de democracia.

Siendo una elección abierta, esta reacción viperina es tan fuera de lugar que requiere alguna hipótesis. La primera ya la sabemos, y fue la red de corrupción del PT en toda la región, especialmente en Brasil. Esta red favoreció y estuvo protegida por la izquierda brasileña, pero los escándalos la superaron. Los “amigos” chilenos del PT se vieron ampliamente favorecidos mientras gobernó Lula y Dilma.

En simple, no sólo las fuentes de recursos para la izquierda empiezan a desaparecer, sino que eventualmente las investigaciones podrían llegar a complicarlos en extremo. La segunda hipótesis es el hastío del ciudadano medio con la corrupción de las clases políticas que se entronizan en los gobiernos, pensando que son dueños del país. Por eso buscan la figura simbólica del héroe salvador, que en este caso representa Bolsonaro.

No sabemos si Bolsonaro será elegido, cómo gobernaría, y si será populista. Probablemente lo será, lo que significaría de las peores noticias para Brasil. Pero se merece el beneficio de la duda, al haber ganado limpiamente la primera vuelta. Lo intolerable es que la izquierda nunca se haga responsable de los estropicios que realiza y siga culpando al imperio como representante de las fuerzas del mal, de todos los problemas de la humanidad. A estas alturas parece ser claro que la izquierda latinoamericana es más bien parte del problema, no de la solución.

/Escrito por Sergio Melnick para La Tercera