Una cosa es ver ganar a Trump en EE.UU. y otra distinta que un personaje como Bolsonaro consiga humillar a la izquierda de Brasil. Un país que en muchos sentidos está demasiado cerca, como para no terminar convertido en un factor relevante en la política interna. Y así está siendo: la casi segura derrota del Partido de los Trabajadores tiene a la izquierda chilena en un estado de total descompensación, incapacitada de cualquier cosa que no sea el lamento burdo y la descalificación moral. La derecha, en paralelo, vive los efectos de una fisura en gestación desde hace bastante tiempo, que el factor Bolsonaro sólo ha venido a profundizar y a hacer todavía más visibles.

En lo inmediato, la presidenta de la UDI decidió esta semana poner al candidato brasilero en el centro de la contienda electoral interna, reforzando con ello el quiebre político que dicho partido arrastra, al menos, desde la elección anterior. En el actual escenario, instalar a Bolsonaro como un referente para agrupar a los sectores más duros y tradicionales del partido puede ser una buena jugada “táctica”, pero hará muy difícil la convergencia con los sectores más liberales del partido, cualquiera sea el resultado de la elección de diciembre.

Aparecer al lado de un personero que justifica la tortura y considera que el principal “error” del régimen militar fue no haber matado más, puede ayudar a agrupar en Chile a los nostálgicos de nuestra propia dictadura, pero pone un muro en la relación con un sector de la UDI cada día más ajeno a esas posiciones.

Sin ir más lejos, en la elección anterior su contendor, Jaime Bellolio, un diputado joven que no habla del régimen militar sino de “la dictadura”, y que condena no los “excesos” sino las violaciones a los DD.HH., sacó nada menos que un 37%, confirmando el quiebre político y cultural que hoy recorre al partido. Y la decisión de su actual presidenta de poner a Bolsonaro en el centro de esta tensión, sólo puede augurar un escenario postelectoral todavía más tortuoso.

En el caso de la izquierda, la contienda brasileña ha hecho visibles problemas aun más de fondo. En primer lugar, su incapacidad para entender el irreparable daño moral que genera la corrupción, la rabia y distancia que provoca en vastos sectores de la población. Que sectores importantes del progresismo chileno hayan considerado que un expresidente condenado podía y debía ser candidato, sólo confirma que la gravedad de estos problemas al parecer todavía ni se asume ni se comprende.

Del mismo modo, la izquierda no logra calibrar que si la mayoría de los brasileños hoy está dispuesta a votar por Bolsonaro, ello sólo es resultado del deterioro generado por los gobiernos anteriores. Las advertencias y las condenas éticas, a estas alturas, no sirven de nada; al contrario, son una forma burda de esquivar responsabilidades, de negarse a mirar una realidad de alcance global, a la que las izquierdas, hoy derrotadas por líderes o movimientos autoritarios y populistas, contribuyeron decisivamente.

Así las cosas, es innegable que más allá de las diversas y legítimas lecturas que genera el fenómeno Bolsonaro, su rol como catalizador de un conjunto de procesos y debates internos, dejará también su impronta en el cambio de ciclo político que hoy vive la sociedad chilena.

/Escrito por Max Colodro para La Tercera