Desde hace por lo menos dos siglos, los científicos piensan que la vida podría estar distribuyéndose por el espacio, viajando a bordo de cometas, asteroides y otros objetos astronómicos. La teoría, denominada Panspermia, se basa en la idea de que tanto los microorganismos como los precursores químicos de la vida (los llamados “ladrillos de la vida”) son capaces de sobrevivir a las duras condiciones del espacio y ser, de este modo, transportados de un sistema estelar a otro.

La teoría de la Panspermia dice que microorganismos o precursores de la vida pueden ser transportados de un sistema estelar a otro
La teoría de la Panspermia dice que microorganismos o precursores de la vida pueden ser transportados de un sistema estelar a otro

Ahora, un equipo de investigadores del Centro Smithsonian de Astrofísica, en la Universidad de Harvard, ha ampliado la teoría con un estudio en el que se considera que la Panspermia podría ser posible, también, en una escala galáctica. Según su modelo, nuestra Vía Láctea podría ser capaz, incluso, de intercambiar con o las otras galaxias los componentes necesarios para la vida.

Bajo el título de “Panspermia galáctica”, el estudio, ya disponible en ArXiv.org , será publicado próximamente en «Monthly Notices of the Royal Academy Society». En él, Idan Ginsburg, Manasvi Lingam, Abraham Loeb y Frank B. Baird, indican que la mayoría de las investigaciones anteriores sobre la Panspermia se habían centrado en averiguar si la vida podría haberse distribuido a través del Sistema Solar o las estrellas vecinas al Sol. En particular, algunos de esos estudios han abordado la cuestión de si la vida en la Tierra pudo llegar de Marte, a caballo de asteroides y cometas. Pero Ginsburg y sus colegas lanzan sus redes mucho más lejos, fijando su atención en toda la Vía Láctea y más allá.

En un correo electrónico enviado a la revista Universe Today, Abraham Loeb asegura que la inspiración para emprender este estudio procede del primer visitante interestelar conocido de nuestro sistema solar, el asteroide Oumuamua: “Después de ese descubrimiento, Manasvi Lingam y yo escribimos un documento en el que mostramos que los objetos interestelares como Oumuamua pueden ser capturados por nuestro sistema a través de su interacción gravitacional con Júpiter y el Sol. El Sistema Solar actúa como una red de pesca gravitacional, que en un momento dado puede contener miles de objetos interestelares de ese tamaño. El conjunto de esos objetos interestelares podría, potencialmente, sembrar vida procedente de otro sistema planetario en nuestro propio sistema solar. La efectividad de la red de pesca es mayor para un sistema estelar binario, como el cercano Alpha Centauri A y B , que a lo largo de su existencia podría llegar a capturar objetos tan grandes como la Tierra”.

Ginsburg, por su parte, añade que no todos esos objetos deben por fuerza ser rocosos, sino que podrían ser también de naturaleza cometaria, es decir, hechos principalmente de hielo. “Independientemente de si son rocosos o helados -explica el científico- pueden ser expulsados de su sistema anfitrión y viajar, potencialmente, a miles de años luz de distancia. En particular, el centro de la galaxia puede actuar como un poderoso motor para sembrar toda la Vía Láctea”.

Ya en 2016, Ginsburg, Loeb y Gary Wegner sugirieron que el centro de la Vía Láctea podría ser el instrumento a través del cual las estrellas de hipervelocidad son expulsadas de un sistema binario y luego capturadas por otro sistema. En el presente estudio, los investigadores han ampliado la escala para determinar las probabilidades de que esos objetos puedan intercambiarse también entre sistemas estelares muy distantes, incluso entre diferentes galaxias.

En palabras del propio Loeb, “en el nuevo estudio calculamos cuántos objetos rocosos que se expulsan de un sistema planetario pueden ser atrapados por otro en toda la Vía Láctea. Si suponemos que la vida puede sobrevivir durante un millón de años, debería haber más de un millón de objetos del tamaño de Oumuamua que fueran capturados por otro sistema y pudieran transferir la vida de una estrella a otra. Por lo tanto, la Panspermia no se limita exclusivamente a escalas del tamaño del Sistema Solar, y toda la Vía Láctea podría estar intercambiando componentes bióticos a través de enormes distancias”.

El modelo elaborado por los investigadores calculó que la tasa de captura de objetos portadores de vida en la Vía Láctea depende en gran medida de la velocidad de esos objetos, mientras que su éxito en la “siembra” depende del tiempo que los organismos que viajan en ellos sean capaces de sobrevivir. Según Ginsburg, “Nadie había calculado eso antes, y hacerlo es algo novedoso y emocionante”.

A partir de ahí, los investigadores hallaron que la posibilidad de Panspermia galáctica se reducía a unas pocas variables. Por un lado, la tasa de captura de objetos expulsados de los sistemas planetarios depende de la dispersión de la velocidad, así como del tamaño del objeto capturado. En segundo lugar, la probabilidad de que la vida pueda distribuirse de un sistema a otro depende en gran medida de la capacidad de supervivencia de los organismos en el espacio.

Al final, Ginsburg y su equipo descubrieron que, incluso en el peor de los escenarios, la Vía Láctea podría estar intercambiando grandes cantidades de componentes bióticos a través de grandes distancias. En otras palabras, descubrieron que la Panspermia es viable a escalas galácticas, e incluso intergalácticas.

“Los objetos más pequeños son más propensos a ser capturados -explica Ginsburg-. Si consideramos como ejemplo a la luna Encelado de Saturno (que es muy interesante en sí misma), podemos estimar que hasta ¡100 millones! de objetos similares y portadores de vida pueden haber viajado de un sistema estelar a otro. Es importante tener en cuenta que nuestros cálculos se refieren solo a objetos portadores de vida”.

El estudio también refuerza las conclusiones de dos trabajos anteriores llevados a cabo por Loeb y James Guillochon en 2014. En el primero de ellos, ambos investigadores rastrearon la presencia de estrellas de hipervelocidad en procesos de fusión entre galaxias. Los “empujones gravitatorios” que se dan en esta clase de situaciones son capaces, en efecto, de hacer que muchas estrellas sean “expulsadas” de sus galaxias originales a velocidades relativistas: entre una décima y una tercera parte de la velocidad de la luz.

Estrellas de hipervelocidad

En el segundo estudio, Guillochon y Loeb determinaron que existen aproximadamente un billón de estrellas de hipervelocidad viajando a través del espacio intergaláctico, y que esas estrellas podrían estar arrastrando consigo a sus sistemas planetarios. Por lo tanto, esos sistemas serían perfectamente capaces de propagar la vida (y no solo la microbiana) de una galaxia a otra.

“En principio -explica Loeb-, la vida podría incluso ser transferida entre galaxias, ya que algunas estrellas escapan de la Vía Láctea. Hace varios años, mostramos junto a Guillochon que el Universo está lleno de un mar de estrellas que fueron expulsadas de sus galaxias a velocidades de hasta una fracción de la velocidad de la luz debido a la acción de pares de agujeros negros masivos (formados durante las fusiones de galaxias) que actúan a modo de tirachinas. Y estas estrellas hiperveloces pueden, en potencia, transferir la vida a todo el Universo.

El estudio puede tener enormes implicaciones en nuestra comprensión de la vida tal y como la conocemos. De hecho, en lugar de llegar hasta la Tierra a bordo de un meteorito procedente de Marte o de algún otro rincón del Sistema Solar, los “ladrillos de la vida” podrían haber llegado hasta aquí desde otro sistema solar, o incluso desde otra galaxia diferente.

Puede que algún día logremos encontrar vida más allá de nuestro pequeño grupo de planetas, quizá en un sistema solar similar al nuestro. O puede que incluso lleguemos a encontrarnos con algunas especies avanzadas que resulten ser lejanos, muy lejanos, parientes nuestros, y que podamos reflexionar junto a ellos sobre la procedencia de los ingredientes básicos que nos hicieron posibles.

/psg