El “fenómeno Bolsonaro” no ha dejado a nadie indiferente. Las reacciones a nivel mundial, así como lo que se dice en el ambiente político de nuestro país, son una muestra de los alcances que tiene la posverdad en estos tiempos. Los medios de comunicación dicen lo que sus prejuicios les dictan; las redes sociales se inundan de noticias falsas (“Fakenews”), y los políticos repiten como loros insulsos: “…es la ultra derecha, son los fascistas, son una intimidación para la democracia…”.

Nada distinto de lo que se dice de Trump, del premier Italiano, de la derecha española, francesa, alemana o paraguaya… en definitiva, de todo aquel que se salga de “lo políticamente correcto”, se aparte del establishment o simplemente no piense como la izquierda. ¡Nadie más que la izquierda puede dar “certificados de demócrata”!

En un país como el nuestro, donde los comentaristas políticos crecen como “margaritas en primavera”, y de quienes se escuchan las sandeces más espeluznantes, es legítimo que quienes no son ni izquierdistas, ni progresistas, ni nada que se les parezca, se pregunten: ¿Dónde está el respeto a la voz del pueblo, de la que tanto se habla?… ¿Sólo cuando ellos ganan la democracia es legítima?…

Se complica esta preocupación cuando se comprueba que esto no solo ocurre en la izquierda tradicional o en la centro izquierda, sino que también “sigan estas aguas” quienes antes se definían como de derecha o de centro derecha: aquellos que conocimos en las filas de la recuperación de la democracia y que manifestaban “a voz en cuello” la urgencia de construir una sociedad donde la libertad -en todas sus dimensiones- fuera el pilar base.

¿Por qué cuesta tanto entender que fenómenos, como el de Brasil, son una respuesta al hastío que siente la persona común y corriente con los problemas que afectan a la sociedad real, y una consecuencia de que los sectores políticos han sido incapaces de solucionarlos principalmente porque se encuentran atrapados en sus “zonas de confort”?

¿Por qué, cuando alguien como Bolsonaro decide apartarse del modelo de lo políticamente correcto y tomar un camino diferente, la respuesta no se hace esperar y se le condena a… “las penas del infierno” en los medios de comunicación, en las redes sociales y en el discurso político?

La respuesta es muy clara… la corrupción, la violencia, la intolerancia, la inseguridad; la carencia de soluciones reales a temas como la educación y la salud; la ausencia de autoridad (auctoritas)… tiene a la sociedad cansada, hastiada, aburrida; por eso surge la tendencia a nivel mundial de elegir el “camino diferente…” Por lo tanto mi querido y definido lector, nada de qué sorprenderse, ni menos de qué alarmarse, sino más bien de contentarse porque es sabido que:… “cuando se pierde el derecho a ser diferentes, se pierde el privilegio de ser libres…” ¡Y eso, es muy grave!

Confieso que, mientras avanzaba en estas líneas sobre “nuestra selva política”, se me fue representando cada vez con más fuerza “Simba” -el protagonista de la película de Disney “El Rey León”- quien, en la búsqueda de qué hacer para restablecer la armonía y prosperidad de su selva, decide apartarse del “camino trillado” y, ante los muchos problemas que se le iban presentando, los enfrentaba diciéndoles a sus amigos “Hakuna matata” (no se preocupen)…

Por Cristián Labbè Galilea