El panorama de las candidaturas se ha decantado un tanto, al menos en la oposición de centroderecha, aunque nada puede darse por definitivo, dada la experiencia del 2013. En estos momentos se puede decir que Sebastián Piñera será su candidato. A mí me parecía que eran tiempos de fortalecer nuevas generaciones y recordar que, para el país, tan importante como ganar es contribuir a crear un equilibrio y competencia lo más estable que se pueda, por lo que había que pensar en el futuro y en la renovación. Sin embargo, la tendencia a la dispersión en grupos autónomos o en personalismos ha colocado al ex Presidente como precandidato ahora imbatible. También posee los atributos para ello. No obstante, una candidatura de Piñera debe previamente despejar dos temas.

El primero es por cierto lo del fideicomiso ciego. Esta vez, aquí y ahora, debe someter todos sus intereses, tanto nacionales como internacionales -la distinción es hoy por hoy poco relevante-, a una figura como esa. Se trata de una exigencia extrema, ya que es inevitable que sus medios experimenten deterioro. No es que las querellas representen una verdad, sino que constituyen un arma de la guerrilla política; lo de Exalmar era posible de ser manipulado en vista de La Haya (qué sarcasmo, ¿quién podía presentar una querella en un país comunista?).

¿Por qué es tan necesario un resguardo como el mencionado fideicomiso? No por lo que haya hecho o pueda hacer Piñera, sino porque las formas no constituyen una máscara superficial, sino que también conforman un contenido, un fondo. Las palabras de Julio César, que resuenan desde los siglos, de que “la mujer del César no solo debe ser honesta, sino también debe parecerlo” fijaron para siempre un criterio fundacional en toda república. Antes era otra cosa; ahora hay que someterse a este designio de la transparencia. En Chile, solo si Agustín Edwards hubiera devenido presidente en 1910 -estuvo cerca-, habría habido algo comparable en la dimensión de los intereses y entonces no era gran tema; se planteó con mucho fuego artificial en 1938 con Gustavo Ross, aunque su fortuna quizás no tenía la dimensión de los “billonarios” (en dólares) de los que ahora se habla. Y Piñera lo debería hacer ahora, a riesgo de una pérdida patrimonial incluso si pierde la elección, que es probable sea ajustada. La majestad del cargo amerita esta medida, que también es un sacrificio.

El segundo tema por despejar, más allá de la candidatura, es sobre la fortaleza y debilidad relativas como Presidente. Sobre lo primero no cabe duda alguna. Su presidencia fue de una gestión de alto nivel, que mantuvo al país en línea con todo lo positivo de la nueva democracia desde 1990; hubo continuidad creativa, a pesar de esa conciencia de crisis que adviene de tanto en tanto. Su debilidad estuvo en el lado político y lo mismo de Exalmar es una de sus manifestaciones. Como todo dirigente, Sebastián Piñera no posee la totalidad de los atributos posibles. Por ello debe preparar un equipo en donde asomen con vigor tanto la estrategia y lenguaje políticos, en el buen sentido de la palabra, como la destreza en gestión que con justicia se le reconoce. De esa cara política de una futura administración es de donde deben surgir también las nuevas generaciones.

Esta vez, a diferencia de 1970, la derrota no sería el fin del mundo. Un proyecto presidencial debe ser también un semillero de ideas y de visiones, una posición acerca del ser y deber ser del país. Es asimismo una forma de hablar a ese país que no va a votar por el candidato que uno escoge, pero que no se siente excluido por su mensaje; y quizás una apostura en este sentido fortalezca la apuesta presidencial.

/Columna de Joaquín Fermandois para el diario El Mercurio

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