Con la acusación de populismo está pasando lo mismo que con la de ideología. Otorgando un sentido negativo a ambas palabras, se las utiliza como armas arrojadizas que lanzar a la cara de los adversarios políticos. Otros son los populistas, nunca nosotros ni los de nuestro sector; otros también son ideológicos, nunca nosotros. Doble estándar puro y duro, ese deporte nacional que también se practica a propósito de los actos de corrupción que comprometen a uno u otro sector político: si el responsable del acto de corrupción es de nuestro sector, decimos que se trata de un error, de una falta, de una desprolijidad, y que lo que debe primar es la presunción de inocencia; pero si es del sector contrario, lo que se afirma es que estamos en presencia de un gravísimo delito que debe ir seguido de la inmediata condena del responsable. Otro ejemplo: para la derecha, las diferencias al interior del Frente Amplio son un caos, mientras que las suyas son expresión de una rica diversidad; para la izquierda, Bolsonaro amenaza la democracia, pero Maduro no.

Ese doble estándar es el que tiene ya cansados a los ciudadanos que a diario observan y escuchan las repetidas cuñas televisivas de dirigentes políticos y parlamentarios, mientras detrás de ellos un conjunto de asomados esperan turno para hacer también su numerito frente a las cámaras. “Hay que mejorar la calidad de la política”, declaran a menudo esos mismos dirigentes y parlamentarios, como si hacerlo dependiera no de ellos, sino de quienes estamos al otro lado de la pantalla.

Tratándose de la ideología, el malentendido es total. Transformada, no se sabe cómo, en una fea palabra para acusar con ella a quienes distorsionan la realidad en favor de sus propias creencias; ideología, sin embargo, no es sino el conjunto de ideas que se tienen acerca del mejor tipo de sociedad posible y de los medios para alcanzarla. Por tanto, todos tenemos alguna ideología, determinados planteamientos que, según parece a cada cual, conducirían a una sociedad mejor. En este sentido no negativo del término, ideología tienen los partidos, las coaliciones, los gobiernos y también las personas. Con mayor o menor conciencia de ellas, habiendo reflexionado más o menos acerca de las mismas, con mayor o menor disposición a exponerlas y defenderlas ante los demás, todos nos apuntamos a algún conjunto de ideas y planteamientos de ese tipo, y es propio de una sociedad democrática que aquellas y estos difieran entre sí y que, por lo mismo, exista rivalidad política entre los partidos, las coaliciones, los gobiernos y las personas. Lo bueno de la democracia es que permite que todas esas ideas y planteamientos concurran al espacio público y disputen entre sí las preferencias de los ciudadanos. Por tanto, y entendida la palabra en este último significado, ¿qué sentido tiene acusar a otros de ideología, si ideología tenemos todos? ¿Es que lo que uno piensa sobre el mejor tipo de sociedad es la verdad y lo que piensan otros un error del que deben ser acusados y del que tendrían que arrepentirse?

“Populismo” tampoco tiene que ser esa fea palabra con la que se pretende descalificar a quienes proponen ideas distintas de las nuestras. Es cierto que se la utiliza para aludir a propuestas políticas o económicas que, inviables, son del gusto de electores impacientes por que desde los gobiernos y otros organismos del Estado se resuelvan con prontitud todos sus problemas. Pero seamos francos: con la palabra populismo se intenta a veces desprestigiar propuestas a favor de los más necesitados y que son perfectamente viables, pero que afectan creencias o intereses de una minoría poderosa. Una legislación tributaria que haga pagar más a los ricos y que impida la elusión de los grandes contribuyentes será acusada de populista por quienes se vean afectados por ella, del mismo modo que una reforma laboral que trate de equilibrar el poder negociador de empleadores y trabajadores sufrirá la misma acusación de parte de los primeros. Fíjense ustedes que entre los antiguos romanos se llamaba “populistas”, descriptiva y no peyorativamente, a quienes propiciaban asambleas populares y una más justa distribución de la tierra.

¿Eran buenos o malos esos populistas romanos? Buenos para el pueblo, sin duda, pero malos para las élites dirigentes y propietarias de entonces.

/Escrito por Agustín Squella para El Mercurio