En menos de un mes los especialistas exprés de política cambiaria tuvieron que cambiar algo más que divisas, también cambiaron su discurso. Del temor a que el dólar se disparara por encima de la banda superior decretada por el Central, ahora se pasa al temor de que la divisa presione la banda inferior y se produzca un atraso cambiario, que vuelva a poner presión sobre el balance de cuenta corriente, recomenzando el ciclo que termina siempre en maxidevaluaciones y caos.

Mágicamente, ese bandazo ha mejorado, por una cuestión aritmética, la relación deuda-PBI que tanto preocupa al Fondo, que, de paso, debería usar algún coeficiente más inteligente para determinar un ratio de tolerancia o de riesgo. Una carambola a dos bandas, se podría decir.

Estos vaivenes histéricos del tipo de cambio reflejan lo artificial y forzado de la manoseada política monetaria, y de la manoseada economía. Si al liberarse el cepo se hubiese dejado depreciar el peso como lo merecía, se habría ahorrado una parte trascendente de la deuda externa contraída luego tratando de evitar la depreciación posterior. Pero se prefirió en aquel momento recurrir a fondos amigos que, tentados por el fácil carry trade, morigeraron la suba del dólar, al precio de generar una estampida al primer signo de pánico, lo que terminó en la decisión de refugiarse bajo las polleras del FMI. Aquellos 16 pesos por dólar eran probablemente tan artificiales como los 42 pesos de hace pocos días. El gradualismo cambiario disfrazado de audacia costó caro.

También se han expresado desde todos los ángulos los temores a que la alta tasa de interés con que se absorbe el exceso de circulante, que más allá de lo que ordene el Fondo es la razón única de la inflación, aunque tantos se empeñen en encontrarle otras razones. Esta columna sostiene que, antes de recurrir a la compra de dólares para no caerse del límite inferior de la banda, es preferible continuar con una baja más acentuada, aunque prudente de la tasa para desalentar el carry trade, con sus peligros inherentes ya experimentados.

Se dirá que hay fórmulas matemáticas precisas para determinar esa relación entre las tasas, la inflación y el tipo de cambio. Nunca se las ha visto funcionar exitosamente. Basta leer los libros de Alan Greenspan y Ben Bernanke para concluir que los bancos centrales relevantes no usan ecuaciones infalibles y geniales para estos menesteres. Sí se suelen usar para justificar los manoseos que terminan como en Argentina.

Si se intenta ser objetivo, a esta altura no hay otro camino sino el actual para tratar de lograr simultáneamente un tipo de cambio real estable y una reducción de la inflación a niveles civilizados. El problema es que este programa se imbrica con la decisión propia o infundida de no bajar el gasto y el déficit, lo que exagera los efectos de cualquier política monetaria astringente. A eso se debe agregar el despojo impositivo a la sociedad que se sigue perpetrando para lograr la aprobación de un presupuesto para 2019 de todos modos inútil, falso e incumplible.

Si, por un lado, se aplica el cepo monetario inevitable y, por el otro, se siguen inventando y subiendo impuestos que ahuyentan la inversión, el consumo y la productividad, la doble recesión así creada puede continuar aún más allá del fin del actual mandato. La mezcla del costo de corregir las barbaridades kirchneristas y los desatinos macristas, más el costo del chantaje banelquizado peronista, no ha sido estudiada hasta ahora por los tratadistas de ninguna tendencia económica de cualquier ideología.

En ese patético teatro telúrico, irrumpe de pronto el cambio de tendencia regional que va a producir el líder natural de la región, Brasil. Las dos primeras designaciones de Jair Bolsonaro constituyen por sí solas una definición de política económica. Sérgio Moro y Paulo Guedes avisan que el camino será de apertura y de seriedad fiscal, seguridad jurídica y orden social, que, por otra parte, es lo que determinan las leyes aprobadas durante la presidencia de Michel Temer. Un camino que además luce imposible de eludir transitar.

Luego de las lecciones que ha dejado el gradualismo argentino, es probable que los cambios en el vecino país del norte se hagan rápidamente, lo que, además de responder a la sabiduría política, responde a la urgencia con que se requiere revertir las consecuencias del populismo del PT, que lo ha llevado al borde la ruina (¿borde externo o interno?).

El popuprogresismo regional, y aun la izquierda internacional representada magníficamente por el periodismo militante bajo sellos de seriedad, ha detectado este cambio, y ya está atacando a Guedes como neoliberal sanguinario y a Moro como arbitrario perseguidor de Lula, en un contubernio con Bolsonaro. Prefieren ignorar que las ideas del primero son las que llevaron progreso y bienestar a todos los países que las adoptaron y que Moro empezó la lucha contra el lavado y la corrupción cuando Bolsonaro no tenía la menor chance de postularse siquiera. Como ignoran la tarea de enorme calidad y respeto jurídico con que el emblemático juez se ha manejado en los casos en que actuó. Lo importante es descalificar con el relato, no importa la verdad. Un mecanismo habitual y estudiado.

En esa lucha el progresismo regional no está solo. La industria proteccionista brasileña también presionará e intentará asustar y descalificar la apertura, o usar el recurso de las manifestaciones y los piquetes. Nada nuevo tampoco. El capitalismo bastardeado se une a la izquierda más irracional para mantener sus cotos de caza. Una sociedad sin contrato, una sociedad virtual. O una asociación ilícita de intereses menores. Para eso, ya se ha descalificado la decisión del pueblo de Brasil, cuyo voto mayoritario en absoluta democracia parece no tener valor alguno frente a lo que pregonan la BBC y otras usinas de pensamiento gramscista.

Esta lucha es regional. El presidente del Frente Amplio de Uruguay acaba de agitar el fantasma de que en Brasil se implantarán campos de concentración, y que Bolsonaro, al igual que Hitler, fue elegido por voto popular (Para ser precisos, Hitler fue elegido en un sistema que no requería mayoría absoluta). Lo importante es descalificar al pueblo brasileño, negar y quitar toda legitimidad al gobierno que eligió. Cristina Kirchner es experta en esa materia.

Para empeorar el panorama del proteccionismo empresario y el progresismo unidos, un tuit del jueves del otro descastado, Donald Trump, sugiriendo que se había llegado a un acuerdo comercial con China, cambió las tendencias y el ánimo de los mercados. Nada peor que un anuncio de apertura para quienes viven de la pobreza y de explotar a los consumidores y al contribuyente.

Brasil parece empeñado en retomar su camino de grandeza. Argentina sigue en su irrenunciable senda de pequeñez, aferrada al Mercosur automotor obsoleto, y a otras prebendas de grandes empresarios y contratistas protegidos, mientras el presidente avanza con su discurso de que los impuestos son malos y el gasto es muy alto, y brega para que los hinchas visitantes puedan ver la final de la Copa Libertadores. Faltaría una mención a la paz universal y parecería un discurso de Miss Mundo.

Este cambio de tendencia, como mínimo regional, encuentra al país mal parado frente a las nuevas oportunidades. Casi una redundancia. Hace mucho que el país está siempre mal parado ante todas las oportunidades.

Algunos economistas y politólogos agregan más confusión a la sociedad y al propio gobierno al empezar a sugerir que se debería dejar caer el tipo de cambio y apreciar al peso porque de ese modo se ganan elecciones. Esto merecería algunas respuestas contundentes y duras, pero la pregunta sencilla y natural que surge es: ¿Para qué querrían ganar? ¿Para hacer qué?

/Escrito por Dardo Gasparré para Infobae