“El Helicoide es lo criollo, el garrote, la costilla rota, el bate”, dice Lorent Saleh  sobre uno de los centros de detención de presos políticos del chavismo. Sabe de lo que habla, allí pasó parte de su detención hasta que el régimen decidió desterrarlo a España semanas atrás. Pero antes de pasar sus días en esa inhumana cárcel, estuvo en otro sitio, cuyos métodos de tortura aún se desconocían: La Tumba

“La Tumba es un centro de tortura. Está ubicado cinco pisos bajo tierra, en un edificio del centro de Caracas llamado Plaza Venezuela, sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional. Es un laboratorio creado para la aplicación de un tipo muy particular de torturas. Un lugar sofisticado, moderno. La Tumba es la tecnología y la tortura psicológica. Todo brilla. Todo es limpio y blanco”, cuenta Saleh a El Mundo, en su primera entrevista desde que recuperó la libertad.

Y sigue: “El silencio es absoluto; la soledad es completa. Parece un manicomio futurista. El Helicoide es el hacinamiento, el mal olor, las cucarachas y las ratas. La Tumba son los espejos, las cámaras, las paredes blancas“.

El Helicoide, sede del Sebin (Servicio Bolivariano de Inteligencia) en Caracas

El Helicoide, sede del Sebin (Servicio Bolivariano de Inteligencia) en Caracas

Según Saleh, “se huele perfectamente el tufo extranjero”. El estudiante opositor señala a los cubanos, pero más a los rusos. “El venezolano rompe costillas. No te saca la sangre antes de un interrogatorio para debilitarte. No te expone a la tortura blanca”, grafica.Lorent Saleh, antes de ser detenido pro el régimen de Maduro

En un momento de la nota, se pone de pie. Levanta un brazo a la altura del hombro y lo coloca sobre una estantería, como si lo tuviera atado. “Esposado así. Soportando chorros de agua sobre el cuerpo cada hora. La luz blanca, siempre blanca… Luego la corriente eléctrica… Los golpes. Te rodean las muñecas de tirro -papel periódico con cinta adhesiva- para que las esposas no dejen marca”.

El ex preso político contó cómo fue su ingreso a La Tumba: “Me desnudaron. Me fotografiaron. Me raparon. Me pusieron un traje color caqui. Y empezamos a cruzar puertas. Gruesas. Blindadas. Hasta llegar a una sala cubierta de espejos y cámaras. Todo estaba limpio, impoluto. Sentí el poder. Absoluto. Totalitario. Atravesamos dos pasillos estrechos. Puertas y más puertas. De pronto oí un rugido, como de una turbina. La descompresión. Y luego otra puerta. La abrieron. Y entramos. Parecía el cuarto de refrigeración de un matadero. Había sólo siete calabozos. Todos vacíos. Me metieron en uno y cerraron las rejas. Miré a mi alrededor. La celda era pequeña, de dos metros por tres. Había una cámara en el techo, que seguía todos mis movimientos. Un timbre. Un colchón sobre una lámina de cemento. Y dos potes, uno para beber agua y otro para orinar”.

Pero su calvario no terminó en La Tumba, sino que se transformó en otro parecido, pero distinto, en El Helicoide.

Saleh, en España (Reuters)

Saleh, en España (Reuters)

“Ahí ví presos colgados tres días de una reja. Crucificados. Y a otros presos pasar a su lado, como si nada. He visto a reclusos prestarse para maltratar a otros reclusos, creyendo que así evitarían ellos ser maltratados”, cuenta con asco.

También reveló por qué tomó la decisión de suicidarse. “Lo intenté cuatro veces. Llevaba más de un año en La Tumba. Sabía que el régimen no iba a soltarme y que yo no iba a ceder. Y tomé una decisión: mis carceleros ya no dormirían tranquilos; no verían relajadamente la televisión mientras yo estuviera ahí”. Intentó cortarse las venas e, incluso, colgarse, pero nunca lo logró. Sus carceleros tenían terror de que se matara, temían las represalias así que decidieron que un funcionario durmiera en su celda cada noche. “Con un ojo medio abierto, aterrado. Una noche intenté colgarme de las rejas. Mi carcelero se despertó y se abalanzó sobre mí para salvarme ¡y salvarse! Otro día, volviendo del baño, le cerré la puerta en la cara. Le dije: “Estoy cansado. Se acabó”. Y me volví a rajar”.

Para Saleh, intentar suicidarse era su modo de protesta. “A los dictadores hay que desafiarlos. Para que sepan que no son dioses. Que también pueden sangrar y llorar y sufrir. Y que sus abusos tienen un coste, no sólo para los demás. Ésa es la verdadera resistencia: el desafío”.

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