Desde hace un tiempo se advierte el resurgimiento de partidos y líderes autoritarios: xenófobos, contrarios al libre comercio y con un discurso antiliberal, expresión de un incipiente neofascismo. Asimismo, han reaparecido mensajes, acciones y estéticas anarquistas: el manifiesto de los indignados, del que se nutrieron muchos de los llamados movimientos sociales, no hizo más que fomentar una forma de participación política que sustituye la deliberación racional de las instituciones democráticas por la emocionalidad y violencia de “la calle”.

En el fondo, la discusión sobre el proyecto Aula Segura, no es más que la necesaria reacción al encapuchado, al tipo radicalizado con bomba Molotov que de tanto llamarlo antisistémico se nos olvidó su apellido: es antisistema democrático, es otra forma de ataque al discurso liberal, sobre el que Occidente se ha organizado política y económicamente. ¿Por qué el resurgir de estas amenazas? La respuesta simple -más bien simplona- es que el capitalismo ha generado un mundo desigual, con naciones y grupos postergados, que pagan el precio de la prosperidad de otros a un punto que ya es insoportable.

No hay tal, los países que persisten en la pobreza sufren de la falta de libertad económica y política, de la obstinación por sostener formas autoritarias y estatistas que perpetúan el subdesarrollo. Otros, como los latinoamericanos, siguen atrapados en un pantano y no terminan de abandonar el socialismo que anhelaron en el siglo pasado, ni hacen las reformas indispensables para generar un progreso real.
Incluso en los desarrollados, o en Chile, el descontento que alimenta opciones anarquistas o autoritarias tiene que ver principalmente con dos cosas: el temor de los políticos para adoptar medidas necesarias, pero impopulares; y la creciente imposición del discurso políticamente correcto que, ideológicamente exacerbado, termina por someter a la mayoría a restricciones absurdas en favor de minorías organizadas.

El anarquismo cataliza la frustración con las promesas incumplidas de jóvenes que ven al “sistema” como su enemigo. El gobierno pasado nos volvió a la senda de un endeudamiento que, si no se rectifica, conduce a un punto insostenible con costos sociales altísimos. En Brasil fue la corrupción. La opción autoritaria es la del que ofrece los conflictos, mano dura, xenofobia, voz para mayorías silenciosas, sin enredarse demasiado en procedimientos y formas. Pero siempre es el populismo quien pavimenta el camino a la frustración de la que se alimentan anarquistas y neofascistas. El problema es que el populismo es sutil y rastrero, cuando lo vemos ya es demasiado tarde.

Escrito por Gonzalo Cordero para La Tercera