A estas alturas, los problemas de la izquierda no son políticos, sino existenciales; y no tienen relación con los recientes procesos electorales, que han terminado con personajes como Trump o Bolsonaro instalados en el poder. En rigor, el asunto es mucho más profundo: desde la publicación del Manifiesto Comunista hasta la caída del Muro de Berlín, la izquierda estuvo durante un siglo y medio luchando por un objetivo de dimensiones escatológicas, que terminó en un estruendoso fracaso: construir una alternativa a la sociedad capitalista.

En las últimas décadas, la viabilidad de ese proyecto histórico ha ido diluyéndose por completo, dejando en evidencia que el rasgo más distintivo del actual estadio civilizatorio es precisamente la globalización del capitalismo. En el mundo actual y en un futuro previsible, la idea de una sociedad al margen del orden capitalista mundial simplemente no existe; y las que aún sobreviven en ese intento (Corea del Norte, Cuba y Venezuela) son hoy verdaderos paradigmas de totalitarismo político, desastre económico y crisis humanitaria.

La izquierda ha debido resignarse, entonces, a tratar de “humanizar” el capitalismo a través de políticas sociales cada vez más ambiciosas, y a recoger con devoción casi religiosa las agendas reivindicativas de diversas minorías (eso que Mark Lilla denomina “identity politics”). En el fondo, objetivos secundarios, derivados de la frustración, que nunca terminan de sublimar la rabia y el dolor ante las infinitas evidencias del capitalismo triunfante.

Incluso China se ha convertido en una descomunal paradoja de nuestro tiempo: un país que cumplirá setenta años gobernado por un partido marxista-leninista, tendrá en la próxima década más multimillonarios que EE.UU., es decir, será el país con mayor nivel de concentración de riqueza privada y con mayor desigualdad social. Y frente a éstas y otras ironías del presente, la izquierda aparece muda y vacía, sin proyecto político, sin nada que ofrecer salvo su bronca y su resentimiento.

El caso de Chile también es digno de análisis: una izquierda que hizo una transición a la democracia que cambió el rostro del país, que mejoró sustantivamente las condiciones y la calidad de vida de la inmensa mayoría de la población, decidió luego de perder el poder en manos de la derecha que ese proyecto no valía nada, que había que empezar todo de nuevo, en la búsqueda de una entelequia denominada el “otro modelo”. Un delirio ideológico que se plasmó en un gobierno que polarizó a la sociedad y que impuso reformas diseñadas según lógicas de un mundo que ya no existe. Obviamente, el país que se ha beneficiado de los avances de las últimas décadas, decidió que prefería seguir en la senda de dichos logros.

Pero la izquierda no se resigna; dado que el mundo actual no le gusta, prefiere no mirarlo, no analizarlo. ¿Tiene algo qué ofrecer la izquierda en la era del capitalismo global? ¿Algún proyecto que no suponga una simple y resignada negación? ¿O prefiere vivir dando testimonio de su derrota, reivindicando un tiempo donde parecía ser dueña de la historia? Preguntas vitales que la izquierda, al menos en Chile, no tiene ningún interés en intentar responder.

/Escrito por Max Colodro para La Tercera