La democracia representativa nunca ha funcionado bien sin partidos políticos. La moda actual que lleva a muchos a creer que los independientes son moralmente superiores a los militantes de partidos es una receta para el fracaso y un caldo de cultivo para el populismo. Si los partidos se siguen debilitando en Chile, no debiéramos sorprendernos después cuando la democracia también termine debilitada. Ningún proceso constituyente—ni tampoco una nueva constitución—puede remplazar el crucial rol que tienen los partidos en democracia. El día que desaparezcan los partidos políticos, desaparecerá también la democracia en Chile.

En la campaña para la elección de los miembros de la convención constitucional el 11 de abril, la oferta de candidaturas amenaza con confundir todavía más a la población. Porque un exceso de candidaturas ahuyenta y confunde a los votantes, la calidad de la democracia no está positivamente relacionada con el número de candidaturas. Después de que el número de candidaturas alcanza un saludable óptimo, la presencia adicional de candidatos comienza a significar retornos negativos.

El exceso de candidaturas, especialmente las de independientes, presenta dos problemas evidentes. El primero tiene que ver con la confusión que produce la presencia de demasiados candidatos en la arena pública. Porque la gente tiene tiempo limitado y una capacidad de atención también limitada, mientras más candidaturas hay desplegadas, más se confunde la gente. Con las campañas pasa algo similar a lo que ocurre cuando la gente debe escoger un seguro de automóvil o quiere comprar un nuevo televisor. Siempre es bueno tener opciones. Pero cuando las opciones son demasiadas, la gente se confunde y al final les resulta más difícil escoger. Eso hace que mucha gente decida comprar el mismo seguro todos los años o renovar el televisor comprando otro de la misma marca. El exceso de opciones no siempre ayuda a que los mercados sean más competitivos.

El segundo problema tiene que ver con la necesidad de coordinación estratégica que tienen los votantes con visiones de mundo similar. Como las reglas que regirán esta elección permiten que la gente vote por candidaturas específicas, pero los votos se agrupan por listas (y luego se introduce la regla que garantiza la paridad de género), las personas pueden votar por una candidatura X, pero ese voto termina ayudando a que sea elegido la candidatura Y.

Ahora bien, cuando hay dos candidaturas con posturas similares, pero que van en listas distintas, los votos de personas con visiones similares de mundo pueden ser víctimas de la descoordinación. En un distrito que elige a 6 miembros de la convención constitucional, cualquier candidatura que alcance el 14.3% de la votación tiene un escaño garantizado. Si los votantes que se identifican con la causa X representan el 15% del electorado, ese sector tendrá garantizado un escaño en la convención. Pero si hay 3 candidatos independientes que buscan representar la causa X, bien pudiera ser que ninguno de ellos alcance un escaño. La dispersión del voto de los simpatizantes de la causa X resultará en que esa causa quedará fuera de la convención, precisamente porque sus partidarios no fueron capaces de ponerse de acuerdo en una sola candidatura—o al menos en una sola lista.

En cualquier democracia que funciona, ninguno de los dos problemas recién descritos existe, porque los partidos políticos solucionan tanto el problema del exceso de oferta como el problema de coordinación que tienen los votantes que comparten una visión de mundo.

Por eso, parece saludable entender a los partidos políticos de la misma forma que entendemos a las empresas de corretaje de propiedades. Aunque uno los odie, siguen proveyendo un servicio que difícilmente puede ser ofrecido de forma responsable y con rendición de cuentas por operadores autónomos e independientes. La gente reclama contra los corredores de propiedades y cree que su comisión es demasiada alta, pero sigue recurriendo a ellos cuando necesita comprar una vivienda porque no tiene tiempo para evaluar todas las ofertas que están disponibles en el mercado y porque necesita la ayuda para hacer todos los trámites que implica comprar una propiedad. De igual forma, aunque los partidos a menudo parezcan más preocupados de si mismos y de sus comisiones que de sus votantes, la política funciona mucho mejor cuando hay partidos que cuando abundan los agentes libres que prometen una nueva forma de hacer política, y que caminan por la vida convencidos de que ser independiente los hace moralmente superiores.

Porque las amenazas que enfrentará Chile en 2021 son demasiado complejas y hay muchas cosas que pueden salir mal, es esencial que los que valoran la democracia defiendan con ahínco y fuerza la importancia de los partidos políticos. Aunque funcionen mal, los partidos siguen siendo esenciales para la democracia. Por eso, en vez de celebrar su debilitamiento, debiéramos entender que, cuando los partidos dejan de existir, la democracia tampoco tiene mucha vida por delante.

Por Patricio Navia, sociólogo, cientista político, académico UDP, para El Líbero

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