¿Está dispuesto Donald Trump a asumir el reto de decretar la intervención militar en Venezuela? ¿Qué elemento será el detonante para que el presidente de los Estados Unidos tome la decisión? 

Estas preguntas vienen dando vueltas desde hace algunos meses la fecha. Es cierto que últimamente pareciera que el tema ha “entrado en receso” debido al frente más cercano que se le abrió al Presidente estadounidense por el avance de los inmigrantes centroamericanos y en la última semana por el resultado de las pasadas elecciones en EEUU, donde terminó perdiendo la Cámara de Representantes.

Sin embargo, el tema está latente a pesar de la discrepancia mayoritaria de todos los países del continente (incluido Chile) que rechazan una intervención militar en Venezuela.

El argumento para tal rechazo es el respeto que se debe tener por la institucionalidad interna de Venezuela.

A nuestro juicio, ese argumento adolece de un grave error. Venezuela ya dejó de ser un país democrático y hoy es gobernado por una dictadura encubierta que ha llevado a su pueblo a la muerte y a la miseria.

Y muy especialmente, creemos que no estamos en presencia de un país como el resto de los que conforman el continente americano: Venezuela hoy es un narcoestado. Así de duro y así de concreto

Recordemos que Nikki Haley, embajadora de estadounidense ante la ONU, se convirtió en la funcionaria de mayor peso político, en acusar directamente a Diosdado Cabello, el segundo hombre más poderoso del chavismo, de “ladrón y narcotraficante”; una situación que confirma desde todos los ámbitos que Venezuela se convirtió en un “narcoestado”.

Sus afirmaciones desnudaron lo que durante años se convirtió en un “secreto a voces”.

Calificó a Diosdado Cabello, presidente de la ilegítima y chavista Asamblea Constituyente como un “corrupto narcotraficante” y  afirmó que, según sus investigaciones, “incluso monitoreó a otros narcotraficantes para sustraerle los fármacos y eliminar la competencia”.

“Es también un ladrón y un narcotraficante que utiliza su poder para llenar sus bolsillos”, dijo la embajadora de EE. UU. ante la ONU, Nikki Haley.

Anteriormente, funcionarios estadounidenses como el senador Marco Rubio, habían mencionado a Cabello como un “capo” de la droga en Venezuela; sin embargo, Haley, como vocera del gobierno de Donald Trump ofreció una confirmación oficial y sin precedentes.

Este mismo año, en abril de 2018, cuando la Administración para el Control de Drogas​ (DEA) de Estados Unidos obtuvo declaraciones que vincularon directamente a Cabello con el narcotráfico en el norte de Sudamérica.

Se trató del testimonio del colombiano Marlon Marín, sobrino de “Iván Márquez” y jefe de la guerrilla colombiana FARC, quien reveló que el segundo hombre más poderoso del chavismo está “hasta el cuello” en el tráfico de drogas a través del Cartel de los Soles.

Marín fue capturado el 9 de abril y de acuerdo con el diario colombiano El Tiempo, Marín habló con agentes estadounidenses y reveló que gracias a la cercanía con su tío, viajó a Venezuela y Cuba en varias ocasiones. Aseguró que allí se reunió en varias oportunidades con Diosdado Cabello y varios militares del “Cartel de los Soles“.

Cabe agregar que en febrero un informe detallado referente a la seguridad y dificultades que afectan a la región, el jefe del Comando Sur de los EE. UU., Kurt W. Tidd, señaló a la nación gobernada por Nicolás Maduro como un “país abierto a los narcoterroristas y partidarios libaneses de Hezbolá”.

De acuerdo con el Centro de Investigación de de Crimen Organizado (Insigth Crime), el término “Cartel de los Soles” es usado para describir a los grupos al interior de las fuerzas de Seguridad de Venezuela que trafican con cocaína.

Según Insigth Crime el Cartel de los Soles está compuesto principalmente por oficiales militares, que fijan el precio de la cocaína en el país.

Desde Estados Unidos ya el congresista republicano Marco Rubio llamó a Cabello como el “Pablo Escobar” de Venezuela, haciendo referencia a sus vínculos con el narcotráfico y a su jerarquía adentro del cártel como un “capo”. Ahora Nikki Haley, embajadora de estadounidense ante la ONU, lo confirma.

¿Se necesita más evidencia que las anteriores para justificar una intervención militar frente a un gobierno corrupto que está envenenando al mundo?

Es cierto, aceptamos que el cuadro es complejo. Narco-Estado. Terrorismo. Crisis interna, pobreza y desesperación. Y ahora el éxodo. Un éxodo que suma ya más de tres millones de personas. Un tema que era sensible para el candidato Trump y le es sensible al presidente Trump. De hecho, es un tema caliente también en Centroamérica. Este es un cuadro que puede desencadenar los acontecimientos. Y el plan sería el desalojo del régimen. No la sustitución de Nicolás Maduro. En ello establece una gran diferencia. Porque si la operación se limita a Maduro, sería sustituido por otro chavista, que fue lo que ocurrió a la muerte de Chávez.

Sobre la mesa de Trump, reiteramos, está la opción de que no se descarta la intervención militar. Él mismo lo ha expresado. Lo ha dicho también el secretario general de la OEALuis Almagro, y es un tema recurrente en Washington, donde se aclara que, todavía por ahora, la línea diplomática prevalece sobre la militar. Pero, ojo, atención, que hay muchas maneras de intervenir, y una de ellas es con acciones de guerra cibernética, inutilizando los sistemas de defensa y comunicación de la Fuerza Armada de Venezuela. Esto, evitaría un cruento derrame de sangre que es la razón principal por la que el continente no adhiere a la iniciativa de Trump.

Pero, aún así, es una opción que nadie descarta por completo.

Por algo será.

Waldo Mora Longa