En los últimos años la tendencia por lo healthy ha ido en aumento, siendo muchísimas las personas que, además de iniciarse en el mundo de las comidas saludables, también han decidido quitar de su dieta la carne y el pescado (vegetarianos) e incluso desechar por completo todo aquello que pueda tener alguna procedencia animal (veganismo).

Y es que estos últimos se han convertido, en algunos casos extremos, en fundamentalistas que ya no solo desechan de sus dietas alimenticias cualquier cosa que provenga de un animal sino que lo hacen extensible en sus relaciones sociales, sentimentales y, como no, sexuales.

La vegasexualidad es el término acuñado en 2006 por Annie Potts, directora del Centro de Estudios Humano-Animales, dependiente de la Universidad neozelandesa de Canterbury, tras publicar un estudio realizado junto a Jovian Parry titulado Vegan Sexuality: Challenging Heteronormative Masculinity through Meat-free Sex (Sexualidad vegana: desafiando la masculinidad heteronormativa a través del sexo sin carne) y en el que llegaron a la conclusión de que se estaba convirtiendo en una tendencia y modo de vida el romper cualquier tipo de lazo afectivo-social-sexual con los carnívoros.

Los vegasexuales aducen que aquellas personas que consumen carne o cualquier producto derivado de un animal posteriormente lo exhalan a través de cualquier fluido corporal, como puede ser sudor, saliva, flujo, semen e incluso mediante su aliento, por lo que prefieren no estar en contacto para ‘no ser contaminados’.

El hecho de querer evitar cualquier tipo de contacto físico o presencial provocará que, de seguir esta tendencia, en varios años se creen grupos endogámicos haciendo crecer el rechazo y la intolerancia entre diferentes fracciones de habitantes de cualquier comunidad con distintos estilos de vida, alimentación y creencias.

Esto último ya no solo debido a una posible contaminación física sino también a la espiritual o mística, debido a que entre los colectivos veganos existen algunas ramas que basan su estilo de vida no solo en lo saludable de la alimentación sino en la transmisión de energías malignas que un carnívoro acumula en su espíritu por el sufrimiento de los animales sacrificados e ingeridos.

Pero las conclusiones a las que llegaron Annie Potts y Jovian Parry en su estudio sobre hábitos de alimentación y sexualidad van mucho más allá y apuntan directamente a que el hecho de ser carnívoros es una herencia machista que hemos recibido a través del heteropatriarcado ejercido a lo largo de la Historia, por lo que eliminando el consumo de carne de nuestras dietas ayudará a la sociedad a deshacerse de la lacra que supone el machismo y todo lo que conlleva.