Él, nuestro poeta, fue un pionero de la actividad sexual chilena en Asia. Como la cosa más normal, en sus memorias nos habla de esas muchachas morenas y doradas que se acostaban con él “deportiva y desinteresadamente”, esas “amigas de varios colores” que pasaban por su cama de diplomático chileno “sin dejar más historia que el relámpago físico”.

Sin embargo, había una que era diferente, la mujer más bella que había visto en Ceilán, de la etnia tamil, de la clase de los parias. Era doblemente intocable, porque realizaba un trabajo que solo ellos llevaban a cabo (vaciar letrinas en la madrugada) y porque no se dignaba a mirarlo. No tomaba sus regalos ni respondía a sus saludos. Caminaba con su paso de diosa, llevando sobre su cabeza un receptáculo lleno de excrementos, porque ninguna suciedad humana podía manchar su pureza divina.

Un espectáculo semejante era demasiado para el toro de sangre latina. Por entonces, su cuerpo “era una hoguera solitaria encendida noche y día en aquella costa tropical”. A él no le bastaba con el grupo de amigas del que podía disponer cada noche con entera libertad. Tampoco quería ese amor que se vendía en las esquinas por dinero occidental. Él ardía de deseos por poseer precisamente a la diosa. Había perdido la cabeza al ver su rostro perfecto, la sutileza de sus pasos, sus delicadas caderas y esos dos puntitos rojos que brillaban en su pequeña nariz. Probablemente eran de vidrio, pero al embravecido toro latino le asemejaban dos rubíes, que hacían un juego perfecto con su sari rojo y dorado.

Un día no pudo más. La tomó con fuerza por la muñeca y la miró a la cara. Entonces pudo deleitarse a su gusto, y devoró con sus ojos esa cara pura y esquiva. No hubo palabras entre ellos, porque el idioma de la diosa era incomprensible para ese toro que solo sabía bramar. Ni siquiera se interesó por conocer su nombre, él solo quería a la hembra, la pequeña y delicada hembra que tenía delante.

Presa del estupor, ella quedó paralizada. No tuvo más remedio que seguir la fuerza de ese brazo fornido que la llevaba a una habitación desconocida, donde había una cama mullida, muy diferente a las esteras donde ella depositaba cada noche su cuerpo agotado. La suya era una oscura choza de Colombo, rodeada de gente tan pobre como ella, de ese pueblo abstracto que el poeta ensalzaba en sus versos de combate. En la entrada de la casa del toro ondeaba una bandera muy bonita, una bandera tricolor con una estrella blanca y solitaria.

Ansioso, el semental le quitó la ropa: “Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India”, recordaría el macho latino muchos años más tarde, sin dar muestras de pesar. Solo le extrañaba su mudez, la frialdad de su cara, el hecho de que ella no gritara ni clamara por un auxilio que no iba a llegar, porque el toro era rico, poderoso, extranjero, influyente, comunista, fuerte, conocido, seguro, y la otra solo una paria pequeña, débil y grácil; mientras la sangre del toro hervía, ella poseía la imperturbabilidad de los dioses.

El toro se lanzó sobre ella. Ese toro, perteneciente a un pueblo bárbaro y recién llegado a la tierra, se atrevió a hurgar en las entrañas de una cultura milenaria, a profanar su cara, su boca y los rubíes de su nariz, con su maloliente aliento matutino. El toro seguía asombrado ante ella, que “permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible”. Mientras él desfogaba su pasión de animal, en la cara de ella solo se podía leer el desprecio.

Pasaron los días y le anunciaron su nuevo destino diplomático. Al toro solo le preocupaba la suerte de Kiria, su mangosta. Había dejado de pensar en la diosa, que seguía limpiando su letrina como limpiaría después la del siguiente ocupante de su casa, que ante sus ojos diminutos era una verdadera mansión, una casa de ricos.

El toro no era solo una bestia. También se transfiguraba en hombre y escribía unos poemas que aún hoy nos emocionan. Por eso, leemos sus libros, visitamos su casa, les ponemos su nombre a calles y hoteles, y estudiamos sus obras. Pero todo eso no basta para darle su nombre al Aeropuerto de Santiago, como pretende la comisión de Cultura de la Cámara de Diputados.

Esa joven tamil nunca aparecerá en el “Me too”.Nadie protestará por ella. Pero esa mujer divina, pobre y violada merece nuestro respeto, lo mismo que tantas otras como ella. Por favor ténganlo presente, parlamentarios, y lean esas tenebrosas páginas de “Confieso que he vivido”. Porque la cultura no son solo los libros, los viajes y los premios importantes. También es cultura la forma en que tratamos a esa mujer divina que una vez fue violada por un toro salvaje bajo la bandera de nuestra República, y la manera en que observamos hechos como ese, frecuentes en nuestro país.

Sigan el consejo de Pamela Jiles, si quieren hacer justicia: nuestro aeropuerto debe llamarse Gabriela Mistral. Ella también fue genial, hizo maravillas con la palabra y dejó muy en alto el nombre de Chile. Tuvo defectos, pero ninguno del que debamos avergonzarnos.

/Columna de Joaquín García Huidobro para El Mercurio