Mientras escribo, Estados Unidos y el mundo esperan, en vilo, los resultados de una elección fuertemente polarizada. Uno de los contendores, ni más ni menos que el presidente de la democracia más antigua del mundo, ha insinuado poner en duda las reglas del juego democrático mismo. Eso se llama meter al país entero en el fango. Independiente del desenlace, Donald Trump se ha convertido en la caricatura de sí mismo, en la figura más burda del líder populista en acción y es fácil darse cuenta de ello desde afuera de Estados Unidos, pero millones de norteamericanos le creen y lo apoyan. Esa ceguera no es exclusiva de los norteamericanos, ningún pueblo está inmune a ella, y es muy fácil caer en la autocomplacencia o la ilusión (tan humana) de que “esto no nos puede pasar a nosotros”. Ningún país, ni la izquierda ni la derecha, están libres de caer en el abismo del populismo. Chávez y Trump son el ejemplo vivo de que el populismo encarna y florece en terrenos ideológicos muy distintos. Pero, ¿cómo líderes populistas tan dementes como ellos pueden apoderarse tan fácilmente de un país?

Es un poco lo que ocurre y nos sorprende cuando las víctimas de abusos sexuales y emocionales se entregan de manera inocente y sin poner límite alguno a sus abusadores. Los abusadores “políticos” (así como los abusadores sexuales) están ahí, listos para depredar, y tienen el instinto para identificar la debilidad y carencias de sus víctimas y caer sobre ellas en el momento preciso. En el caso de los pueblos, ellos son abusados por partida doble: primero por una democracia con problemas (corrupción, abusos), y luego, por líderes populistas que prometen salvarlos.

Hoy proliferan estudios sobre el populismo, que permiten ir entendiendo mejor su “modus operandi”. Varios politólogos (entre ellos, Kirk Hawkins) han hecho estudios muy prolijos del discurso “populista”, llegando a diferenciar la “cosmología populista” (así la llama) de lo que es, por ejemplo, una ideología política. Es lo que hace una diferencia entre un Lula da Silva y un Evo Morales; el primero, un militante de una izquierda ideologizada; el segundo, un líder populista a cabalidad. El populismo es, en el fondo, un maniqueísmo. El “bien” es identificado como voluntad del pueblo (el viejo “vox populi, vox dei”, pero desvirtuado) y el mal con una élite conspirativa (piénsese en lo que está sembrando Trump sobre el supuesto “fraude” electoral de una élite malvada en contra suya). Por eso, las campanas de alerta debieran encenderse cuando en estos lares escuchamos a algunos hablar de la “casta” para referirse a la élite política o empresarial y enarbolar la bandera de un pueblo idealizado como sujeto moralmente superior, al que hay que perdonarle y justificarle todo (incluido el destrozar bienes públicos en actos vandálicos o retirar fondos de ayuda del Estado que no les corresponden, entre otros). Esta noción idealizada del pueblo y de su voluntad como moralmente superior ante un “otro repugnante” (la oligarquía, los poderes fácticos, etc.) tiene fuertes resabios religiosos y morales. Además, late en todo populismo una suerte de “exceso democrático”. Pero todos sabemos que los experimentos populistas —en nombre de más democracia— pueden terminar en totalitarismo o dictaduras disfrazadas.

Es obvio que la corrupción y las crisis éticas de las élites son el primer paso para que entre el “depredador”. Nosotros ya vivimos ese desfonde ético y político (origen del “estallido social”), y la aparición del populismo, aunque nefasta, es también una oportunidad para hacerse cargo de la frustración de un pueblo que se siente invisibilizado. Y justamente por eso es que debemos estar más despiertos aún ante el canto de las “sirenas” de los posibles “salvadores” del pueblo. Aquí no se ve todavía ese líder carismático (necesario para que el populismo llegue al poder), pero el canto ya empezó. ¿No escuchan esas voces melifluas y líricas llamándonos?

/Escrito por Cristián Warnken para El Mercurio

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