Colchane y la inmigración ilegal se han tomado los medios durante las últimas semanas. Ni hablar de cuando el Ministro de Relaciones Exteriores indicó que las vacunas de coronavirus estarían disponibles para todos los inmigrantes legales o en proceso de regularización, lo que generó fuertes contraataques debido a que los inmigrantes ilegales quedarían fuera del proceso de vacunación en Chile.

Los políticos y la prensa de izquierda ha sido muy explícitos y activos en condenar las medidas que ha implementado el gobierno para controlar la inmigración ilegal. Mientras el Servicio Jesuita a Migrantes solicita “asumir que hay una crisis humanitaria” y que no basta con el control de fronteras”, Ciper acusa “El problema es la falta de comprensión de la realidad que enfrentan las personas venezolanas, materializada en su desesperación por intentar ingresar al país, a la cual el gobierno ha respondido con medidas de clausura y un consecuente reforzamiento de la seguridad en las fronteras.”

En esta columna quisiera tocar dos aristas de un tema que es profundo y amplio, y que muy probablemente no se alcance a discutir en una columna.

La primera es que más allá de los factores humanitarios, lo cierto es que una inmigración por pasos ilegales, es ilegal, y la pregunta consiste en entender porqué los inmigrantes entran por pasos ilegales y no lo hacen a través del medio utilizado por la mayor parte de lo inmigrantes venezolanos, colombianos, peruanos, etc., con visa de turista.

¿Si la obtención de la visa de turista ha constituido el medio más fácil y rápido para el resto de los inmigrantes, porque los que lo hacen ilegalmente a través del paso de Colchane no la utilizaron?

De acuerdo a los mismos venezolanos residentes en Chile, una de las razones es que una parte de esos inmigrantes ilegales no tiene sus papeles limpios, y por tanto, no podría entrar al país de no ser por pasos ilegales. En este caso, más razón para que el estado Chileno controle el paso ilegal de inmigrantes.

Recordemos que parte de las funciones del Estado es proteger a los ciudadanos, y el control de fronteras es una manera de hacerlo. Si el gobierno se hace el ciego y sordo ante la entrada de inmigrantes ilegales, no solo ampara la crisis humanitaria y sus fuentes, sino que está en profundo incumplimiento de sus deberes de proteger a la población en Chile.

La segunda arista es la inconsistencia de los políticos de izquierda en proteger la inmigración legal e ilegal, pero seguir apoyando al régimen de Maduro y sus aliados.

En realidad, lo mínimo es que esa izquierda chilena que tanto admira a Maduro, su revolución y los partidos que la apoyan, se cuadre con las víctimas del régimen madurista, que intenta -como claramente lo expone Ciper – “desesperadamente ingresar a Chile, dada la realidad que se vive en Venezuela”.

Sin embargo, ese entendimiento del sufrimiento las víctimas del régimen de Maduro, que no han tenido otras opciones que huir de su país y emigrar, legal o ilegalmente, en búsqueda de un futuro mejor, no les da para entender la fuente del problema, que es el sistema económico y político que ellos mismos intentan – incluso por medio de la violencia – implementar en nuestro país. Lamentablemente se trata de las dos caras de la misma moneda.

La izquierda y ultraizquierda chilena que tanto defiende a los inmigrantes ilegales no entiende o no quiere ver que la fuente de los problemas de esos inmigrantes es el régimen político y económico de Maduro. Los venezolanos no intentan emigrar ni a Ecuador, ni a Cuba, ni a Bolivia, pues son los frutos del libre mercado y la libertad política existente en Chile en los últimos 30 vapuleados años en Chile, los que siguen atrayendo a los inmigrantes a nuestro país.

La izquierda de Chavez, probablemente nunca tuvo la intención de matar de hambre a sus ciudadanos, ni de generar una emigración generalizada, ni una crisis humanitaria. Chavez sólo decidió hacer lo mismo que quiere hacer la izquierda en Chile, repartir la torta, pero se le olvidó, tal como se les olvida a la izquierda chilena, que para que haya torta que repartir alguien tiene que producirla y el Estado es el más ineficiente y corrupto para hacerlo.

Al eliminar la propiedad privada, y apropiarse de los frutos del esfuerzo individual, de las ganancias del trabajo y del capital, Chavez, Maduro y tantos otros, mataron la gallina de los huevos de oro y se quedaron sin nada, pues sin libre mercado la torta se achica y achica, y al final no hay torta ni huevos de oro que repartir.

Por Michèlle Labb, economista, para El Líbero

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