En el marco del natalicio número 100 del expresidente Patricio Aylwin Azócar, Chile necesita un Pacto Económico y Social urgente como el propiciado en los primeros años de la transición en un escenario de gran inestabilidad política y social. Ese pacto se articulaba sobre la idea de avanzar hacia un crecimiento con equidad, sustentado en consensos de política pública tripartitos. Algo inédito hasta ese momento en Chile.

Implicó tender puentes entre trabajadores, empresarios y el convencimiento de que el nuevo gobierno tenía que actuar como un elemento catalizador en ese proceso. (“Lecciones del desarrollo en democracia, el caso del Chile en el gobierno de Patricio Aylwin”, 2016, de Alejandro Foxley). Dicho mecanismo de diálogo y participación estuvo influenciado por la experiencia europea de la posguerra, especialmente la de los Países Bajos, a partir de 1982, y la transición española con su “Pacto de la Moncloa”.

El escenario económico, productivo y social actual de bajo crecimiento, aumento del déficit en cuenta corriente, estancamiento en la productividad, un alza en las cifras de desempleo, la caída de la confianza por los empresarios, aumento en el número de quiebras de empresas en relación con 2017, un estancamiento de los salarios, persistencia de brechas materiales entre segmentos de la población y el riesgo creciente de trabajos reemplazados por máquinas (Nedelkoska y Quintini-OECD, 2018; Banco Mundial, 2018) nos llevan a valorar y repensar la estrategia del gobierno de Patricio Aylwin.

Una receta o pacto que se sostenía sobre ciertos principios fundamentales (Foxley, 2016). Pero que ahora deben anclarse a un humanismo cristiano del siglo XXI. Uno que asuma la lucha por la dignidad y libertad de las personas no desde una simple continuación del desarrollo de las sociedades actuales más evolucionadas, donde la técnica y la innovación son sinónimos de progreso material, pero también de una peligrosa desintegración colectiva y espiritual. Uno que comprenda que existe una dialéctica real entre progreso e integración social. Y que lo que puede afirmar al primero también tiende a negar la segundo (Welte, 2004; Stiglitz, 2016). ¿Cuáles son estos principios y cómo actualizarlos?:

1) Anticipar las tendencias globales y diseñar estrategias y políticas para tomar ventaja : Hoy las condiciones socioambientales globales urgen a enfrentar con decisión estrategias de desarrollo sostenible: no podemos seguir asumiendo que tenemos recursos naturales inagotables, cuya explotación sea beneficio de unos pocos y la socialización de sus externalidades negativas recaiga en las comunidades más vulnerables.

Asimismo, debemos entender que nuestra fuerza laboral debe prepararse para nuevas formas de producción mucho más robotizadas, lo que implica que profesionales, técnicos y trabajadores menos calificados deberán actualizarse. Implica también avanzar hacia una economía más innovadora, menos commodity dependiente, que ahora diversifique su matriz productiva y energética, generadora de valor desde pequeños emprendimientos e iniciativas que fortalezcan comunidades, regiones, permitan obtener ventajas comparativas y competitivas únicas en mercados globales cada vez más desafiantes e integrados, e incluso sobreponerse a crecientes oleadas de proteccionismo.

Pero también debemos establecer estrategias y políticas para enfrentar los constantes cambios sociodemográficos; las crecientes corrientes migratorias que acogemos día a día, así como el progresivo envejecimiento de nuestra población, y sus consiguientes presiones y desafíos en lo laboral, productivo, cultural y previsional (poniendo urgencia a la reforma que se discute, asegurando el aumento del pilar solidario hoy y aclarando a quiénes, cuándo y en cuánto tiempo los beneficiará).

2) La aceptación de nuevas reglas del juego por parte de todos los sectores de la sociedad: Hoy debemos revalidar una promesa de estabilidad y gobernabilidad, pero desde una nueva concepción de ciudadanía. Entender que el nuevo Chile es uno más libre, educado, informado, libertario, crítico y demandante, que entiende y clama para un verdadero desarrollo equitativo en sus contenidos y expresiones materiales, pero también en una génesis y diseño que convoquen. Un Chile que demanda mayor crecimiento económico, de la mano del cierre de múltiples brechas que persisten: entre hombres y mujeres, regiones y Santiago, trabajadores y empresarios. Pero brechas también entre un ser social a veces excesivamente individualista y alienado materialmente, y un deber ser que nos invita a la generosidad, a vivir y compartir riesgos, vivencias y sueños como comunidad.

3) Instituciones democráticas confiables: Hoy debemos multiplicar los esfuerzos de política pública y fortalecimiento institucional no solo en materia de transparencia activa. También respecto de la modernización de un aparato estatal que asegure las transformaciones estructurales pendientes, empodere a los territorios, descentralice la toma de decisiones, procure un marco regulatorio que garantice la credibilidad y competitividad de los mercados, proteja a sus actores de abusos y arbitrariedades y que termine con la concentración económica escandalosa en múltiples sectores productivos.

4) Políticas macroeconómicas sensatas y consistentes: Hoy corremos el riesgo, tal como señalaba hace pocos días José de Gregorio, de impulsar y autoconvencernos de reformas poco efectivas para avanzar en los grandes desafíos país. Como ejemplo, si las reformas tributarias de Aylwin y Bachelet representaban 3% del PIB, la llamada modernización tributaria actual solo alcanza 0,3%, lo que además de convertirla en macroeconómicamente insignificante, no asegura una recaudación fiscal mínima. No solo eso; tal como se plantea, tampoco garantiza una progresividad de la recaudación, ya que amenaza con efectos contrapuestos en el ahorro y la inversión de las empresas, y no asegura un mayor crecimiento y diversificación de la economía.

5) Debate político de alta calidad, con fuerte énfasis en búsqueda de consensos: Hoy vemos con preocupación la falta de referentes, discursos y acciones políticas focalizadas en resolver los grandes temas país, definiciones modernas, probas, profundas pero igualmente dialogantes.

Requerimos entonces de un esfuerzo conceptual, político, técnico y participativo amplio para hacer posible un Pacto Económico y Social urgente que nos lleve a dar el salto definitivo hacia el desarrollo. Un pacto que ahora eso sí deberá construirse entre cuatro grandes actores: trabajadores, empresarios-emprendedores-pymes, ciudadanía-organizaciones civiles y el Estado.

Un pacto que, tal como señalara don Patricio Aylwin al asumir la Presidencia, se sostenga sobre “el amor a la libertad y el rechazo a toda forma de opresión, la primacía del derecho sobre la arbitrariedad, la tolerancia a las opiniones divergentes y la tendencia a no extremar los conflictos, sino procurar resolverlos mediante soluciones consensuales”.

/escrito por Fuad Chahin para El Mercurio