Patricio Aylwin Azócar (26 de diciembre de 1918-19 de abril de 2016) fue una de las principales figuras de la política chilena de la segunda mitad del siglo XX.

¿Cuáles serían los ejes rectores del pensamiento aylwinista, si lo hay, así como de su acción política? En la completa y valiosa entrevista de Ascanio Cavallo y Margarita Serrano, “El poder de la paradoja: 14 lecciones políticas de la vida de Patricio Aylwin” (Uqbar, 2013), el exgobernante señala que le gustaría ser recordado “como hombre de derecho y servidor de la justicia”. Hay otros temas que están presentes en su trayectoria, específicamente en cuatro importantes momentos.

La DC en La Moneda 
La principal preocupación de Aylwin en la década de 1960 fue el éxito del gobierno de Eduardo Frei Montalva (1964-1970).

Sin embargo, la mística de la “Revolución en libertad” se vio empañada por distintas tendencias partidistas: los rebeldes, los terceristas y los freístas. El senador Aylwin fue uno de los freístas más leales: “yo entiendo que la misión de un partido de gobierno es colaborar con el gobernante que ayudó a elegir y que merece su confianza”, resumió en su Cuenta Política a la Junta Nacional del PDC, como presidente del partido entre 1966 y 1967. El propio Frei Montalva lamentaba en cartas privadas que una de sus mayores frustraciones en aquellos años era la división de su partido y las críticas de sus camaradas.

La lucha contra la UP
Tras los resultados del 4 de septiembre de 1970, un sector de la DC -entre ellos, su propio candidato Radomiro Tomic- se apresuró a reconocer el triunfo de Salvador Allende y su derecho para asumir la Presidencia. Sin embargo, el partido condicionaba su apoyo a la aprobación de un Estatuto de Garantías Democráticas por parte de Allende, cuyo objetivo explicó el propio Aylwin: “precaver las más flagrantes violaciones a las normas de convivencia democrática en que suelen incurrir los regímenes políticos dominados por ciertos sectores totalitarios de inspiración marxista”. En los años siguientes se consolidaría la postura opositora de la DC contra la “vía chilena al socialismo”.

En 1973, Aylwin reasumió como presidente del PDC, con la tesis de “no dejar pasar una al gobierno”. En un discurso dramático en el Senado, el 11 de julio, Aylwin declaró con amargura: “todos aquí sabemos, de que la mayoría de nuestros compatriotas ha perdido fe en la solución democrática para la crisis que vive Chile”. Pese a ello, hubo un esfuerzo final que no fructificó: el diálogo entre Aylwin y el Presidente Allende, bajo la mediación del cardenal Raúl Silva Henríquez. El presidente de la DC le espetó a Allende, sin ambigüedades, su convicción “de que el régimen marchaba derechamente hacia la dictadura del proletariado, por la acción de los grupos armados y del poder popular”.

Un momento decisivo de la crisis se produjo con el Acuerdo de la Cámara de Diputados sobre el Grave Quebrantamiento del Orden Constitucional y Legal de la República, del 22 de agosto de 1973. Allende lo interpretó como un llamado al golpe de Estado y no manifestó voluntad de cambiar el sentido de su gobierno. El líder DC, decepcionado, respondió con dureza: “El Presidente tiene que optar entre la democracia y el totalitarismo marxista-leninista. Por el camino que vamos, lleva a Chile -quiéranlo o no- a la dictadura comunista, al caos económico, al enfrentamiento armado y a la destrucción nacional”.

Golpe, dictadura y el camino a la democracia 
Tras la intervención militar del 11 de septiembre, Aylwin tuvo una postura que basculaba entre la comprensión y el apoyo, en ningún caso el rechazo que manifestó el Grupo de los 13. En los dos años siguientes permaneció como presidente de la Democracia Cristiana, pero en circunstancias excepcionales, cuando luchaba “por salvar el cuerpo y el alma del partido”. Esta etapa, hasta 1989, aparece narrada ampliamente en “El reencuentro de los demócratas. De la dictadura a la democracia” (Fondo de Cultura Económica, 2018), recién reeditado en una versión ampliada, donde valora los diversos esfuerzos opositores de recuperación democrática, especialmente la unidad entre los decé y los socialistas.

Lo que podría estimarse y se ha criticado como una contradicción -su comprensión o apoyo al 11 de septiembre y el rechazo posterior a la dictadura- puede ser mirado desde otro punto de vista: se opuso a la Unidad Popular por estimar que efectivamente avanzaba hacia un régimen totalitario comunista, mientras que su rechazo al régimen militar se explicaría por la postergación del retorno a la democracia y por la violación a los derechos humanos. En los dos casos, Aylwin reclamaba una continuidad de doctrina y de acción política.

En la década de 1980 estimó necesario aceptar la Constitución de Pinochet como un hecho, y se allanó a seguir el itinerario institucional oficial. Emergió como máxima figura opositora en 1987, cuando asumió otra vez la presidencia de la DC y el liderazgo de la Concertación: “El plebiscito de 1988 fue en verdad nuestra última trinchera, después de haber perdido múltiples batallas”, confesaría después el candidato único de la oposición en la elección presidencial de 1989, y el primer Presidente de la República en democracia entre 1990 y 1994.

La hora de la democracia 
Aylwin encabezó una coalición que gobernaría por veinte años, un éxito sin parangón en el siglo XX. “Era una personalidad de mucha fuerza… de gran bondad”, que escuchaba y tomaba decisiones, como recordaba con admiración su ministro del Interior, Enrique Krauss.

Su experiencia como gobernante en esa nueva etapa la resumió en una entrevista publicada en el libro “Transiciones democráticas. Enseñanzas de líderes políticos”, editado por Sergio Bitar y Abraham Lowenthal (Galaxia Gutenberg, 2016), donde sugería: “tras procesos de mucha división, una recomendación general sería poner énfasis en buscar más lo que une que lo que divide. De este modo, nosotros pudimos ponernos de acuerdo”.

En noviembre de 2009 tuve la oportunidad de entrevistarlo y reiteró una convicción: “yo creo que el triunfo del No generó esperanzas en una parte de la población, pero generó al mismo tiempo bastantes preocupaciones y temores. Fue necesaria una política de búsqueda de acuerdos, de conciliación. Y creo, sin falsa modestia, que lo hicimos bien”.

Al cumplirse el centenario de su nacimiento, resulta necesario aproximarse a su figura desde la perspectiva histórica, con un esfuerzo de conocimiento y comprensión de unas décadas de grandes transformaciones en la historia de Chile. En ellas, el líder falangista estuvo en la primera línea política, con la democracia como eje de su acción política, tanto en la hora del derrumbe como en su restauración.

/Escrito para El Mercurio por Alejandro San Francisco