ES COMÚN que la política acepte sus fracasos solo después de la derrota. Entonces, si es seria, emprende el análisis descarnado de su actuar. Sin embargo, algunos con más sentido de oportunidad que ánimo analítico, prefieran intentar el camino de salvarse a sí mismos tomando rápida distancia de la obra que es también propia, sin esperar concluir cuáles fueron las causas del fracaso y cuáles los caminos para superarlo. Así las cosas, esta segunda opción inevitablemente contendrá en su seno el mismo sello del fracaso del que se prefiere huir, antes que enfrentar.

Es lo hecho por el senador Guillier los últimos días. Él, senador incondicional a los proyectos de gobierno, de quien se desconocen indicaciones relevantes para corregir los proyectos de reformas o declaraciones críticas durante su trámite, hizo un descubrimiento -no muy novedoso, a decir verdad – en su proceso de “escuchar a la gente”: existe un abrumador rechazo al gobierno, a la Nueva Mayoría y a su obra, por más que se trate de una ciudadanía con predominio cultural de centroizquierda.

Entonces trocó su incondicionalidad en huida precipitada. Con abundancia de invocaciones vagas a sentires ciudadanos y escasez en propuestas correctoras, criticó la reforma educacional por no haber cambiado nada, afirmó que cundía la parálisis en el gobierno, acusó a la Presidenta de haber impuesto cambios “desde arriba” sin escuchar a la gente, planteó que la marca Nueva Mayoría había que cambiarla porque no se vendía bien. No es poco decir para un senador oficialista; el más involucrado de todos los precandidatos presidenciales en la obra de este gobierno. Por si faltara algo, hizo guiños a los del Frente Amplio mostrando que comparte muchas de sus críticas a la coalición gobernante y argumentando que el enemigo era “la derecha”. Su mente estaba absorta en la segunda vuelta e indiferente al hecho que dicho Frente es el principal rival electoral de la izquierda de su coalición.
Pero no paró allí. Se puso respondón con el ministro del Interior que salió a contradecirlo. Reflejó así que su toma de distancia del gobierno, de la Nueva Mayoría y de su obra, es una decisión, no un traspiés.

No puedo descalificar a los críticos del gobierno. Lo he sido. Pero desde el inicio, a diferencia del senador, coautor responsable, desde las más altas investiduras políticas, de lo que ahora critica, denuncia y toma distancia. Y tampoco me postulo como candidato presidencial de la Nueva Mayoría.
Recién en diciembre pasado el senador se había declarado candidato de “continuidad” con el gobierno de Michelle Bachelet. Ahora dejó a sus competidores ese sello que se le hizo incómodo. Quizás la costumbre de renegar de su pasado, como ocurrió con la Concertación, queda así inaugurada entre figuras de la Nueva Mayoría.

Cuando los candidatos mejor posicionados de la coalición gobernante deben hacerse opositores para mejorar sus expectativas, quiere decir que llegó el tiempo de pensar no solo en un abanderado, sino en una nueva centroizquierda capaz de dar buena gobernabilidad a Chile.

Columna de Óscar Guillermo Garretón para el diario La Tercera

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