La cumbre del G20 de este fin de semana en Argentina probablemente demostrará lo que funciona y lo que no funciona para este formato multilateral, pero también para las reuniones de política internacional en general.

A pesar del debilitamiento y las divergencias en el crecimiento económico mundial, la aspiración de las discusiones más a fondo entre los líderes que representan cerca de las tres cuartas partes del producto interno bruto mundial se ha reducido a emitir comunicados conjuntos insípidos, y eso suponiendo que se pueda llegar a un acuerdo al respecto.

La acción real tendrá lugar en las reuniones bilaterales que se organizan al margen, con especial interés en la conversación entre el Presidente estadounidense, Donald Trump, y el Mandatario chino, Xi Jinping.

Creado con la esperanza de reflejar las nuevas realidades económicas mundiales, el G20 ha mostrado una tendencia a la baja desde su exitosa cumbre de Londres en abril de 2009. Sí, sigue siendo un grupo más representativo que el G-7, dominado por las economías desarrolladas; y sí, tiene una estructura más flexible que muchas de las organizaciones internacionales de larga data.

Pero sus logros -ya sea en la formulación de iniciativas políticas o en el seguimiento de las mismas- han sido en gran medida decepcionantes y limitados. No se espera que esto cambie pronto, a pesar de los crecientes desafíos que enfrentan el bienestar económico mundial y la estabilidad financiera.

Tras la decepcionante conclusión el mes pasado de la cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico, la gran esperanza es que esta vez el G20 pueda llegar a un acuerdo sobre un comunicado final. Pero para que esto ocurra, es probable que el contenido se diluya sustancialmente.

Tal declaración tendría que conciliar profundas diferencias sobre asuntos políticos claves, tales como las tensiones comerciales entre China y Estados Unidos, y al mismo tiempo opacar restricciones políticas en la búsqueda de políticas favorables al crecimiento, particularmente en Europa. Entretanto, nuevamente no se espera que se avance en la subsanación de las deficiencias de la estructura del G20, incluida la ausencia de una pequeña secretaría que ofrezca un mayor alcance para el seguimiento, cobertura y continuidad de las políticas.

Esto no es sólo un asunto del G20. De las recientes reuniones multilaterales, incluidas las reuniones anuales del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial celebradas el mes pasado, a las que asistieron los principales responsables de las políticas económicas de casi 190 países, ha surgido muy poco, si acaso nada, que sea viable y beneficioso. Lo que ha demostrado ser más productivo son los formatos bilaterales. Y, esta vez, la atención se centrará en una reunión en particular.

En el contexto de la escalada en la disputa comercial entre China y EE.UU., los mercados esperan que el diálogo directo entre los presidentes Trump y Xi sea visto en retrospectiva como un punto de inflexión para los dos países y la economía mundial. Para que esto suceda, China y EE.UU. deben adoptar giros políticos explícitos.

Para Xi, esto implicaría abandonar de manera creíble el enfoque de represalia de China sobre los aranceles estadounidenses y ofrecer concesiones en tres áreas: flexibilizar los requisitos para empresas conjuntas estadounidenses que operan en China, y otras prácticas que resulten en transferencias forzadas de tecnologías, capital humano y planes de negocios operativos; proporcionar un plan de acción verificable para combatir el robo de propiedad intelectual; y mostrar una forma con la que sea probable que el desequilibrio comercial bilateral disminuya con el tiempo.

China estaría siguiendo a los otros grandes socios comerciales de EE.UU. si es que -y es un gran “si es que”- optara por tal giro político. Al hacerlo, estaría superando dos preocupaciones centrales: salvar la imagen a nivel nacional, y ajustar lo que ha sido un enfoque muy efectivo en el largo juego para su proceso de desarrollo. Aunque esto no será fácil, es mejor que la alternativa de arriesgarse a un gran descarrilamiento económico que reduciría seriamente las perspectivas de China de evitar la llamada trampa de los ingresos medios que ha interrumpido el proceso de desarrollo de muchas otras economías emergentes.

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