Después de un buen ritmo de crecimiento en el primer semestre, la economía chilena se ha desacelerado durante el segundo. Ello ha llevado a algunos a poner en duda si el Gobierno, que asumió hace nueve meses, está logrando efectivamente imponer un mejor ritmo a nuestra economía.

Es conveniente mirar los datos con perspectiva para poder responder en forma adecuada a dicha interrogante y despejar dudas.

La tasa de crecimiento durante la anterior administración, en los años 2014, 2015, 2016 y 2017, fue de 1,8%, 2,3%, 1,3% y 1,5% respectivamente. Hoy, a pesar de la moderación que se vive, es razonable proyectar que el 2018 la economía se expandirá un 4%.

Es el optimismo respecto de lo que pueda ser el 2019 lo que ha ido disminuyendo frente a un comportamiento que hoy es menos dinámico. Sin embargo, según la Encuesta de Expectativas Económicas, el valor esperado de crecimiento para el año 2019 es de 3,5%, el doble que el promedio del gobierno anterior y mucho mayor aún si se considera en términos per cápita.

En el gobierno de Bachelet, el país apenas crecía, y además, la inversión disminuyó sistemáticamente un 4,8%, 0,3%, 0,7% y 1,1% durante esos años. Actualmente, la expansión de la formación bruta de capital fijo se estima en 5% y 4,5% para este año y el próximo. La tasa de desempleo 2018 ha sido superior que el año pasado, pero ello se ha dado en un contexto de un aumento sistemático del empleo privado asalariado, mientras que en el pasado caía, y las cifras negativas las frenaba el empleo público.

De los datos expuestos, es imposible no concluir que durante este gobierno la economía ha evolucionado en forma más positiva que en el gobierno anterior.

El detonante de este mejor desempeño es el cambio en las expectativas de los agentes económicos, que se produce desde el momento en que se percibe con mayor certeza que la coalición que gobernó con Bachelet no se mantendría en el poder. Desde el último trimestre del año pasado, tanto el Índice Mensual de Confianza Empresarial como el Índice de Percepción de la Economía se adentran en terreno optimista, lo que no se veía hacía años.

El comportamiento claramente más proclive al progreso del gobierno actual validó este vuelco en las expectativas, aunque se han moderado recientemente, pero siempre dentro de un nivel muy superior al del pasado reciente.

Si bien es claro el mejor desempeño de nuestra economía, no es posible asegurar de igual modo que el actual gobierno esté en vías de sentar las bases de un nuevo ciclo de alto crecimiento.

En una mirada de largo plazo, el nivel de progreso ha ido descendiendo paulatinamente. El promedio de crecimiento del gobierno de Aylwin fue 7,2%; el de Frei, 5,4%; el de Lagos, 4,8%, y el de la primera gestión de Bachelet, 3,3%. Viene luego un repunte con el primer gobierno de Piñera al 5,3% para desplomarse al 1,7% con la segunda gestión de Bachelet. El producto tendencial estimado por el Banco Central en su informe de septiembre de 2017 está dentro de un rango de 2,8% a 3,6% en sus versiones pesimista y optimista.

Así, parte de la explicación del entusiasmo y las mejores expectativas generadas al visualizarse como posible el éxito electoral del Presidente Piñera se basaban en que su gestión permitiría romper esa barrera. Quizás no esperaban volver a una velocidad de avance permanente de 6% o más, pero sí a superar la tendencia actual entre el 1% y 1,5%, llevándonos así a un rango de 4,5% a 5% de expansión.

Pero ni en el programa de gobierno, ni en lo expresado hasta la fecha, se observa una ruta consistente con el esfuerzo que se requiere para lograr lo anterior. Es posible que la autoridad, que enfrenta una oposición que parece tener como principal objetivo que el Gobierno no sea exitoso, haya decidido moderar sus ambiciones y evitar mayores confrontaciones.

Cualquiera sea la razón, parte del menor entusiasmo que acompaña hoy al Gobierno respecto del desempeño económico se explica por quienes sí esperaban que diera un salto adicional hacia adelante y hoy se sienten decepcionados.

En el trasfondo de la disminución a menos de la mitad en el dinamismo de progreso -desde el principio de los 90 hasta el día de hoy- está el deterioro paulatino de las condiciones para invertir, emplear e innovar. Dicho deterioro se aceleró durante el último gobierno de Bachelet.

La tasa de impuesto corporativo prácticamente se duplicó y ello fue acompañado de otras múltiples decisiones que aumentaron la incertidumbre y la carga tributaria. Las empresas son el punto de encuentro de trabajadores, emprendedores y visionarios con ideas o conceptos nuevos. Si disponen de menos recursos, la sociedad progresa más lento.

Se argumenta que ello es indispensable para financiar al Estado. Más allá de un esfuerzo eficiente y focalizado en los sectores realmente más débiles de la sociedad, lo que se logra por esta vía de imponer mayores cargas al emprendimiento es privar a los ciudadanos de bien de tener más opciones de ganarse la vida con orgullo. Se les transforma en individuos dependientes del quehacer político y en víctimas capturadas por las ideologías políticas de turno.

Con el tiempo, la decisión de emplear a un nuevo trabajador derivó de ser algo digno de elogio en símbolo de sospecha de que se le pretende explotar. En un mundo en que la flexibilidad es cada vez más necesaria, la rigidez pasó a ser la marca de fuego de la legislación. Se ha intentado por todos los medios forzar la creación de monopolios sindicales, como si ello fuera la puerta de entrada a la mejoría de las condiciones de vida de la mayoría. Ya se ha dicho antes, si ese fuera el camino correcto, Argentina sería uno de los países con mayor bienestar en el mundo.

Luego de un breve período en que emprender era visto con orgullo -etapa que coincide con el mayor dinamismo en la historia económica de Chile-, hoy ser empresario lleva el estigma del abuso. El país goza de un período de disponibilidad de bienes y servicios en términos muy convenientes, impensado en épocas pasadas. Sin embargo, el énfasis se pone en una supuesta falta de consideración por el medio ambiente o en la concentración monopólica del proceso productivo.

Los seres humanos estamos permanentemente modificando el entorno. La clave no es la inmovilidad, sino en que el cambio nos lleve a una realidad cada vez más amigable para los ciudadanos, y ello solo lo logra el progreso. La innovación y la eficiencia son las que mejoran nuestra calidad de vida. Empresas que parecen gozar de una posición de privilegio, la pierden porque florecen ideas nuevas que sirven mejor a la gente común, y no por la intervención del gobierno.

La obsesión por alterar la estructura productiva, evitando la fluidez que debe existir en la propiedad y en la forma de organizarse, solo interfiere o impide el avance que se anhela y que normalmente surge del lugar menos esperado.

Probablemente es una exigencia excesiva pretender que el Gobierno actual aborde la tarea de volver a crear condiciones para un progreso acelerado, dados el entorno político y el enorme deterioro que estas condiciones han sufrido. En ese contexto, es quizás razonable que su meta sea más modesta, aunque no por ello menos relevante. Evitar que el país caiga al abismo al que la gestión anterior lo empujó. De ser así, debiera asegurarse de que los ciudadanos que esperaban más no se desilusionen y le hagan difícil cumplir incluso ese objetivo al decaer su entusiasmo. Sería muy conveniente que transmita que entiende que se requiere un esfuerzo adicional, pero que, dado el contexto actual, se debe centrar en estabilizar una recuperación económica que ya está presente, sentando a su vez las bases políticas para que el país pueda adentrarse en cambios más profundos en el futuro.

/Escrito por Hernán Buchi para El Mercurio