La renuncia de Francisco Orrego a la presidencia del directorio de TVN es solo un capítulo más en las dificultades que enfrenta ese canal: navegar el cada vez más complejo panorama que rodea a la industria de la televisión abierta.

Ni el conflicto que arrastraba Orrego con el director ejecutivo del canal -una de las bases de su renuncia y cuya remoción no estaba en condiciones de imponer-, ni la discusión sobre los sueldos de sus ejecutivos o rostros, ni la eventual reestructuración de su operación o la manera de utilizar los fondos frescos provistos por el Estado, constituyen temas cuya solución podría modificar de manera sustantiva, ni menos permanente, el problema estructural que enfrenta TVN. Su carácter estatal solo agrava esa situación -rigidez en la negociación con los sindicatos, problemas para pagar sueldos de mercado, tensiones políticas en su gobernanza, entre otros- ni resolverlos es suficiente para eliminar esas dificultades.

Los problemas de TVN provienen de dos fuentes: la primera es la progresiva disolución del modelo de negocios -avisaje comercial- que permitió a la televisión abierta alcanzar sus pasados éxitos. La base de su sustento se ha ido trasladando progresivamente hacia plataformas digitales -Facebook y Google son los ejemplos más típicos-, algo que también está ocurriendo, con distintas particularidades, con otros medios, como los impresos y los radiales. Por esa razón, los ingresos de la televisión abierta son, proporcionalmente, cada vez más exiguos. A su vez, como la televisión abierta se definió como un medio que no exigiría un pago a sus espectadores -el Estado le entrega el espectro electromagnético que utiliza a cambio de esa gratuidad-, sus fuentes de ingresos se están extinguiendo. La segunda fuente de problemas de TVN proviene de la propia definición de su misión. El canal pretende ser un medio que entrega contenidos más allá del entretenimiento, sean estos educativos, cívicos o culturales, procurando hacerlo respetando los equilibrios políticos. Si bien su institucionalidad ha logrado evitar la captura unilateral por un sector político determinado, esta estructura de administración introduce una dificultad adicional a su capacidad para competir por audiencias que atraigan al escuálido avisaje que aún subsista.

En otras palabras, TVN forma parte de una industria en permanente declive, pero su plano es aun más inclinado que el de sus competidores, debido a las rigideces de su administración y a los requerimientos de su misión. Toda la industria de contenidos está cambiando a pasos acelerados junto a las innovaciones en la tecnología digital, que modifican las plataformas desde las cuales estos se despliegan. En un escenario como ese, TVN, tal como fue concebida, no tiene futuro.

Si el Estado o la ciudadanía desean tener un medio cultural para ser difundido de manera abierta, con contenidos culturales de calidad, debe estar dispuesto a financiarlo directamente. Pero, junto con eso, debe aceptar la baja audiencia que ello atraiga.

/Editorial del diario El Mercurio