Raphael Bergoeing tiene toda la razón al remarcar que el capitalismo no es perfecto. Yo añadiría, refiriéndome al capitalismo, lo que dijo Churchill respecto de la democracia; esto es, que “la democracia es la peor forma de gobierno, excepto por todas las otras formas que han sido probadas de vez en cuando”. Lamentablemente, Raphael escogió a Marx como referencia. Es conveniente ilustrar algunas verdades respecto de Marx, y en lo que sigue, me separo de las consideraciones de Raphael.

Marx fue importante, pero por las razones equivocadas. Por ejemplo, al leer la página 208 del libro de Isaiah Berlin “El sentido de la realidad”, a uno se le paran los pelos de punta: “(el marxismo es) una doctrina que identifica al enemigo y justifica una guerra santa contra hombres cuya ‘liquidación’ es un servicio a la humanidad. Esto desata las fuerzas de agresión y destrucción a una escala solo conseguida por movimientos religiosos fanáticos. Pero estos al menos les daban la bienvenida a los conversos. El marxismo no se podía permitir esto”.

Ante esto, comento que eso significaba que condiciones objetivas producían y definían a los burgueses (esto es, los capitalistas, propietarios y en general todo aquel que no fuera proletario, a los que era necesario liquidar) y en consecuencia no podían, aunque quisieran, convertirse en proletarios para ser salvados. Ahora, textual de Berlin: “Lenin no traicionó en ningún extremo los principios de su maestro”. Añadiría que Stalin tampoco. Para mayor abundamiento, Berlin escribe: “cuando esta separación entre elegidos y malvados que no pueden socorrerse fue traducida a términos raciales, condujo a una catástrofe moral y espiritual sin parangón en la historia humana”.

Léase Hitler. Para sus defensores, Marx fue un pensador clave en la filosofía, la historiografía y la sociología. Berlin, por su parte, dice que sus enseñanzas fueron un “punto de inflexión” para la filosofía. Pero punto de inflexión es irse para arriba o para abajo. Yo diría que, en el caso de Marx, fue para señalar dónde estas disciplinas no debían dirigirse.

Escrito por Enrique Goldfarb para El Mercurio