Cada cierto tiempo cumplo con el rito de releer (más bien hojear) algún libro de aquellos que en su momento nos hicieron pensar, o con la práctica de recordar canciones de nuestra “belle époque”,  o con el culto de dar ojos y oídos a ese musical con el que disfrutamos años atrás.

Mientras estaba en esa vieja manía  y pensaba en la contingencia, se me vino a la mente como por arte de magia… “El violinista en el tejado”, y no crea mi ilustrado lector que estaba pensando en “si yo fuera un hombre rico…” ni nada que se le parezca; muy por el contrario, estaba meditando en la realidad política que estamos viviendo.

Con más convicción que tranquilidad y sin dejar de ser optimista, tarareando sus contagiosas canciones, recordé que esta obra estaba basada en una novela del escritor ruso Sholem Aleijem, cuya versión musical fue estrenada en Broadway en 1964, y que daba cuenta, usando como metáfora la idea de un violinista en el tejado, sobre la inestabilidad de la vida en Rusia en su época (1905).

Como todos los clásicos que no terminan en “el cementerio de los libros olvidados”, esta obra musical mantiene su vigencia, al plantear temas relativos a los valores humanos, la solidaridad, la familia, y con la forma en que -sin renunciar a la historia y a las convicciones- deben enfrentarse las dificultades, las adversidades, así como las inestabilidades políticas y sociales.

Nada más atingente con temas que copan la agenda política, económica y social de nuestro país, y que –pareciera- no se van a solucionar tan fácil como le resulta a Tobías (Tevye)  -el lechero y protagonista de la obra-, quien debe asumir los cambios… sin perder en ningún momento el sentido de los valores en los que cree.

La Araucanía sin visos de pacificarse, los Carabineros cada vez más debilitados, las horas y horas perdidas en una “vergonzosa” interpelación al Ministro del Interior, el Canciller que queda “descolocado” frente a las descoordinaciones oficiales sobre el tema de las migraciones, la Contraloría General de la Republica con dos cabezas que miran cada una para su lado, la oposición que amenaza con oponerse a todo, la economía que no despega… son situaciones que dan cuenta de un gobierno que vacila, que se bambolea y que ha ido perdiendo la iniciativa, asumiendo una agenda contestataria que no responde a las expectativas que la mayoría se forjó hace un año.

Cuando el ritmo, la cadencia y los compases del ambiente político internacional, tintinean favorablemente para las ideas de la sociedad libre (libertad, orden, justicia, solidaridad, familia…), y cuando se percibe el hastío de la gente común y corriente con la política ambigua e indefinida que cede sus valores ante las presiones de minorías ruidosas…  todo debiera apuntar a que el gobierno retome la iniciativa estratégica, defina la agenda política y actúe más en concordancia con los valores que tradicionalmente han hecho de este país un estado unitario y republicano… y menos al ritmo al que lo ha arrastrado su mal entendido progresismo.

No es fácil, claro que no… por lo mismo hay que tener optimismo y para ello nada mejor que recordar el monologo de Tobías al iniciarse este extraordinario musical: “¿Cómo guardamos el equilibrio? ¿Qué sería de nosotros sin nuestras convicciones?… ¡Sería una vida completamente inestable, como… ¡un violinista en el tejado…!”.

Cristián Labbé Galilea