La encuesta CEP publicada esta semana, que da cuenta de los cambios de creencias en los chilenos, podría parecer que viene a aguarnos la Navidad a los cristianos. Sin embargo, no todo son malas noticias en los datos en cuestión. Tal como yo los leo, nos anuncian la muerte, o por lo menos una clara merma, de lo que podríamos llamar “la Iglesia prepotente”, que es algo bastante típico de los países donde una religión cuenta con una aplastante mayoría. Y un poco de humildad no nos viene mal a los católicos.

Por “Iglesia prepotente” entiendo los empeños históricos por conseguir a través de la fuerza lo que es necesario obtener mediante la razón y también a través de la belleza del mensaje que se transmite. En efecto, si pensamos que muchos elementos de nuestra religión tienen un sólido fundamento racional (el cristianismo es la religión del logos, decía Ratzinger), ¿por qué habríamos de tener miedo al debate y el escrutinio público? Esta actitud no supone arrogancia, sino, muy por el contrario, tomarse en serio la inteligencia del interlocutor. Por supuesto que esto tiene un lado que parece incómodo: si no queremos que el cristianismo caiga en picada en nuestra sociedad, tenemos que saber nosotros mismos de qué se trata. Habrá que leer el Evangelio y bajar de internet el catecismo, aunque sea en su versión resumida, escrita por el propio Ratzinger. A lo mejor descubrimos que se trata de algo bastante más apasionante de lo que hemos oído en unas prédicas mal preparadas y peor moduladas en algún funeral de un pariente.

Otra buena noticia que podemos sacar de estas encuestas es que se acabó el cristianismo por default. Cuando yo estaba en el colegio, bastaba con seguir la corriente para ser cristiano. Y si uno no le ponía un empeño especial, iba a serlo durante toda la vida. Dicha historia terminó, y me alegra mucho de que así sea. Hoy sale caro ser cristiano, y eso es bueno para los creyentes. Es más, hasta le entrega mayor atractivo. ¿Compraría usted en un supermercado un perfume que costara trescientos pesos? Ni loco. Lo que vale para los perfumes también se aplica a la fe.

Además, los datos de la CEP constituyen un poderoso aliciente para el ecumenismo, en estos días en que unos y otros celebramos lo mismo. No hay que perder de vista que la encuesta constituye una paliza para la Iglesia Católica, pero también trae malas noticias a los evangélicos, que antes crecían a costa del catolicismo y ahora permanecen estancados, porque lo que realmente crece es la increencia. Nuestra relación con los evangélicos no puede limitarse a alianzas ocasionales, cuando el gobierno de turno propone leyes de aborto y eutanasia. La elevada cifra de increencia nos indica que hay muchas otras cosas en las que hay que trabajar codo a codo. Eso, ciertamente, habría causado la sorpresa de nuestros abuelos, pero no todas las sorpresas son malas.

¿Es bueno para el país que disminuya la religiosidad de sus habitantes? Tocqueville enseñaba que, si queremos que la democracia funcione, tiene que haber buenas costumbres, y para ellas la religión resulta muy importante. Podemos ser creyentes o no, pero todos preferimos perder la billetera en un modesto templo evangélico que en medio de la barra brava de nuestro equipo favorito. Bien vividas, las religiones crean buenos ciudadanos. Algunos intelectuales ilustrados pensaban que bastaba con leer la Crítica de la Razón Práctica para saber cómo debe comportarse una persona correcta. Quizá sea así pero ¿cuántos lo hacen? Es una obra notable, aunque dudo que muchos hayan tenido la paciencia de llegar hasta el final. La mayoría de la gente adquiere sus convicciones morales en la casa o en la iglesia, o en una mezcla de ambas. Por supuesto que este no es un dato capaz de darnos ninguna pista acerca de la verdad o falsedad de una religión, si bien desde el punto de vista político debe ser tenido en cuenta. Ciertamente estos análisis son muy limitados, porque corren el riesgo de valorar la religión sólo desde un punto de vista funcional, por sus beneficios sociales, lo que está lejos de ser lo central.

La pregunta fundamental, entonces, no es si acaso el cristianismo es útil o no para que la democracia y el mercado funcionen aceptablemente. La cuestión central es si su mensaje es verdadero, si efectivamente Dios se hizo hombre en un carpintero que vivió hace muchos, muchos años.

La encuesta nos muestra, de paso, que el hombre es un animal que necesita creer, lo único que cambia entre unas y otras personas es el objeto de su creencia. Para mí, la fe cristiana es una magnífica ayuda para no creer ciegamente en manos invisibles, o en esas leyes fatales de la historia que necesariamente iban a llevar al advenimiento del socialismo, o incluso en los universos paralelos de Hawking, para no hablar de zombies o del mal de ojos. Todos tenemos nuestros dogmas, pero el cristianismo tiene la ventaja de ponerlos sobre la mesa y someterlos a discusión con quien quiera. Porque hay pocas cosas peores que los dogmas inconfesados, esos que están implícitos y que exigen creer en ellos porque son lo correcto, lo que se usa, lo que queda bien.

(Los datos de la encuesta) nos anuncian la muerte, o por lo menos una clara merma, de lo que podríamos llamar “la Iglesia prepotente”, que es algo bastante típico de los países donde una religión cuenta con una aplastante mayoría. Y un poco de humildad no nos viene mal a los católicos.

/Escrito por Joaquín García Huidobro para El Mercurio