Lo más importante que vi la semana pasada fue una conferencia de Lord Monckton que me envió Douglas Pollock y la revelación en el curso de ella de que, cuando los rusos se tomaron Berlín en 1945 por la debilidad de los aliados occidentales, el único edificio que estaba más o menos intacto era el Ministerio de Propaganda de Goebbels y ahí encontraron, entre los papeles, la máxima de que “una mentira mil veces repetida pasa a ser verdad” y la adoptaron inmediatamente para sí a través del KGB, que se dedicó a repetir mentiras durante los siguientes 44 años (1945-1989) con singular éxito; y en particular a desfigurar la imagen del único adversario que los había derrotado, la Junta Militar chilena. Sus mentiras tuvieron éxito, tanto que lograron sumar a los ineptos norteamericanos (tan ineptos que los venció Vietnam del Norte) a la tarea de desbancar del gobierno a los únicos que hasta entonces se habían librado del comunismo entronizado en el poder en el mundo, los militares chilenos, hoy “Veteranos del ’73”.
Los comunistas repiten y repiten sus mentiras, y los primeros que caen son los kerenskys del más deleznable partido bisagra de la política chilena, hoy sumido hasta el cuello en el inmoral proceso de probar un inexistente envenenamiento de Frei Montalva. Después cayeron en las mismas redes los derechistas “arrepentidos”, que por miedo, mera estupidez, debilidad moral, conveniencia electoral o “todas las anteriores” empezaron a hacer suyas las mentiras comunistas y cerraron filas detrás de un kerensky tránsfuga que, desde el poder al cual esos derechistas desvirtuados lo llevaron, se convirtió en el peor cuchillo de los militares y está hoy dedicado a desmembrar al benemérito Cuerpo de Carabineros, única barrera que se alza contra el separatismo y la escisión en el solar patrio que intenta el Wallmapu apoyado por los comunistas.
Fueron éstos los que comenzaron a acusar a sus reales adversarios de “pinochetismo” y convirtieron a Pinochet en el “Emmanuel Goldstein” de su concepción orwelliana de la sociedad, el “enemigo público número uno” al cual el país debía condenar en coro. Se creyeron sus propias mentiras y supusieron  que calificar de “pinochetista” a alguien era fulminarlo. Pero ahora se encuentran con que la gente no ha olvidado que con Pinochet los delincuentes no quedaban impunes, no había “conflicto mapuche” y el país pasaba a encabezar América Latina (sitial que ya perdió el año pasado); y cada vez más personas les replican: “Sí, soy pinochetista y qué”, y son ovacionadas hasta en un reducto blandengue, como RN.
Si los que creemos que la familia la forman un padre, una madre y sus hijos, que no se debe matar a un ser vivo nonato, que el sexo lo determina la naturaleza y es inmodificable, que los jueces deben respetar las leyes y que es preciso castigar a los terroristas y no indemnizarlos, y que somos libres y dueños de nuestras cosas y nuestro destino, pues el Estado hipertrofiado no soluciona los problemas, sino que ES el problema, vamos a ser tachados de “pinochetistas”, entonces en el país el pinochetismo pasará a ser mayoría.
La dictadura del “No”, digitada por los comunistas, está desesperada porque el único presidenciable del “Sí” que hay en la palestra gana todas las encuestas de twitter, que no pueden ser sobornadas por el más conocido sobornador local, imputado en Argentina por el juez Canicoba Corral precisamente por eso (“La Nación” de Buenos Aires, 28.12.16).

Los partidarios de una sociedad libre no nos habíamos etiquetado, pero los comunistas lo hicieron y nos bautizaron como “pinochetistas” para desprestigiarnos, y ahora no hallan qué hacer porque cada vez más gente vota por restablecer la autoridad, la moral social, el orden y el respeto que reinaban cuando gobernaba Pinochet.

/Blog de Hermógenez Pérez de Arce