Quizás como nunca antes en la historia -esa que se inició a comienzos del siglo XX- el choque entre Argentina y Chile, que se jugará este jueves en el Monumental de River Plate, tendrá componentes emotivos que igualarán la trascendencia futbolística del encuentro. Para los trasandinos, como lo han dicho desde hace varios meses, la victoria frente al equipo que les ganó dos finales de Copa América es ya un asunto de orgullo.

Y no es un dato menor, porque dichos elementos, casi con certeza, marcarán el tono y la resolución del partido.

Por eso es que la Roja debe tener en cuenta en su preparación cómo absorber a su favor la carga tensional que encontrará en Buenos Aires. Aun con las bajas que tendrá y con las evidencias de las apuestas en contra, el equipo de Juan Antonio Pizzi tiene ante sí la gran oportunidad de fortalecer su propia identidad forjada en los últimos años, si es que logra tocar las teclas correctas. Desde la cabeza, con el corazón y también con el despliegue de su fútbol.

Hay tips que parecen importantes recalcar.

Primero, es evidente que Chile no puede entrar a la cancha con la idea de igualar la altura de guapeza del rival. Asumir un rol de fiereza excesiva, ir palo a palo con el juego fuerte no solo erosionaría su identidad, sino que, simplemente, ayudaría al crecimiento de un rival que seguramente se vería protegido por sus seguidores (y eventualmente, por el arbitraje). Ser recio no es igual que ser violento.

En segundo lugar, tiene que entender la escuadra nacional que no debe haber desesperación, sino que aplicación. Chile perdió claramente en Paraguay y Ecuador en estas eliminatorias porque los golpes de ambos rivales se produjeron por el escaso nivel de posicionamiento colectivo al esquema. Argentina, qué duda cabe, tiene individualidades superiores a las de esos dos contrincantes y puede pegar un puñetazo desde el minuto uno. Pero eso no puede ser signo de renuncia y entrega para Chile. Mantener la línea, el orden, la convicción y esencialmente la disciplina es una orden perentoria. Sea cual sea el marcador.

Desde el punto de vista de la estrategia de juego, la Roja tiene la opción real de llevar a cabo aquella que le acomode más para esta circunstancia y no la que guste más al entorno. En un escenario que le será adverso ambientalmente, sin la exigencia constante de protagonismo ofensivo que le es permanente por parte del medio nacional, Pizzi tiene la gran oportunidad de intentar el despliegue de sus más arraigadas convicciones. El fútbol de posesión, la búsqueda del orden defensivo e incluso la aspiración de una permanente misión táctica de todos sus jugadores (incluidos, por cierto, los que tienen la chapa de “librepensadores”, por tener cualidades técnicas superiores) aparecen como elementos que pueden ayudar a equilibrar las posibilidades ante un rival que antepone el peso de sus individualidades al establecimiento de idearios colectivos.

Es cierto. Hay muchas variantes que pueden influir en el resultado final. También, que las ausencias de Díaz y Vidal deben tener algún peso en el volumen final del juego de la Roja. Pero así y todo, no hay que autocoartarse. Hoy, como nunca, los otros son los que tienen sangre en el ojo.

/Columna de Sergio Gilbert para el diario El Mercurio

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