Alguno inventó la metáfora, que en su momento pudo ser oportuna, de decir “es una final” en la previa de un partido bisagra. Uno de ésos que, aunque están en la programación inicial y no sean la definición, tienen ese valor de plata o nada. Aquella figura fue perdiendo sentido con el cassette: se convirtió en “faltan tres finales” y después en “son todas finales”. Ahora resulta que cualquier partido de la 3ª fecha de un torneo de 30 es como jugar la final del mundo con Alemania.

Este cruce con Chile invita a reponer el juego de palabras original. No literal, no: si Argentina gana hoy no estará ya en Rusia y tendrá que seguir laburándola, quizás hasta el último de los pocos partidos que quedan. Y si no gana hoy, no habrá quedado afuera: serán 15 puntos más por jugar y, con Brasil algo holgado, cierto apretujamiento entre unas siete selecciones en pelea por tres pasajes y un repechaje.
Pero si Argentina no gana hoy, ¡mamadera!

Rusia se verá muchísimo más lejos. Clasificarse va a dejar de ser un pronóstico, una certeza, una expectativa natural, para volverse gesta milagrosa. El agitado frente interno pedirá cabezas que rueden. Los jugadores acentuarán su complejo de que al calzarse la albiceleste pierden todo el espíritu ganador que los lleva a ser estrellas en sus equipos de club.

Entonces, nada de “ganar de cualquier manera”, pues por hacer las cosas “de cualquier manera” estamos donde estamos. Pero sí hacer todo lo que obliga esta coyuntura.
En juego, en inteligencia y en el famoso “plus competitivo del jugador argentino”.

Ese plus que en las dos finales contra Chile, para poder equiparar a un equipo que supuestamente tiene mayor potencial, lo pusieron ellos.

/Columna de Jorge Trasmonte para el diario Olé de Buenos Aires

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