¿Cómo podría ser meritoria una persona a partir de la nada, es decir, sin considerar los talentos recibidos y el entorno que la ha ayudado a desarrollarse? Por de pronto, ¿puede “existir esa nada”?

Estas son las dos dimensiones de una misma argumentación que tiene que saber desplegar la ministra Cubillos para defender su magnífica iniciativa legal sobre reposición de mecanismos de selección escolar.

La discusión ya está iniciada y revive el mismo enfrentamiento de hace pocos años, cuando la pésima legislación bacheletista comenzaba a plantearse.

Las izquierdas repiten una y otra vez esa supuesta objeción -“qué gracia tiene ser meritorio a partir del talento y del entorno”- e insisten en que prohibir toda forma de selección escolar crearía unas supuestas condiciones para conseguir la igualdad y anular así las desigualdades de talentos y entornos.

Absurdo, y las izquierdas lo saben.

Absurdo, porque no hay legislación que pueda igualar los talentos, ni reglamento que pueda dejar a las personas sin contexto. Huxley lo intentó con su prodigiosa imaginación, pero tuvo que contradecirlo en su propio texto.

¿Por qué entonces se empeñan las izquierdas en defender un absurdo?

Porque su punto de partida básico en todas estas materias es que no habrá igualdad sin control.

El descontrol -libertad lo llaman esos derechistas repudiados por las izquierdas- es un producto obvio de las desigualdades accidentales que las sigue generando a lo largo de toda la vida. Las izquierdas no pueden permitir ese descontrol… esa libertad. Una doble experiencia les recuerda que solo bajo un control absoluto han pretendido la igualdad absoluta: la trayectoria de sus partidos comunistas y la historia de las sociedades bajo hegemonía marxista. En ambas situaciones, supuestamente, “todo está bajo control”.

Pero el mérito -desde el talento y el entorno, obvio- es manifestación del más radical descontrol. Se encadena hacia atrás por vía genética y social, de todos los modos posibles (¡vaya desigualdad más evidente e incontrolable!) y se proyecta hacia delante, mediante la toma de decisiones que cada persona expresa de modo único e irrepetible (¡sigue presente la maldita desigualdad incontrolable!).

Por eso, para las izquierdas es imprescindible romper los eslabones que el mérito tiende hacia atrás e impedir los que pueda construir hacia adelante.

Si se puede facilitar el divorcio y diluir la filiación, mejor, porque así más y más niños quedarán “liberados” de la familia tradicional, ese entorno natural de la transmisión y del primer cultivo de los talentos. Y, por cierto, las izquierdas han decidido no concentrar la inversión de platas en el preescolar, por la misma razón: todavía los padres se implican mucho en el proceso educativo y eso dificulta el control.

Dañada así gravemente la capacidad familiar inicial, las izquierdas procuran romper también los dos siguientes eslabones que podrían implicar a la familia en la tarea educativa: la selección de la enseñanza escolar y el pago de la educación superior. Si los padres no pueden escoger ni conseguir que sus hijos sean seleccionados, el vínculo familiar con la escuela queda notoriamente debilitado. Si no hay que esforzarse para pagar universidades o institutos, el desapego familiar respecto de la educación superior se consolida. Súmele mil vías distintas de admisión en el nombre de la inclusión, y una vez más, el mérito queda postergado.

Un dato final consolida la indignación de las izquierdas frente al mérito. Lo saben, lo han experimentado tantas veces: la inmensa mayoría de quienes se esfuerzan y logran metas, vengan de donde vengan, simplemente no vota por las izquierdas.

/Columna de Gonzalo Rojas para El Mercurio