Como ocurre todos los años, esta semana se conmemoró en Bolivia un nuevo “Día del Mar”, casi coincidente con la presentación de la réplica del Estado Plurinacional en la demanda ante la Corte Internacional de Justicia contra Chile sobre la obligación de negociar un acceso soberano al Océano Pacífico. En términos prácticos, un acto de campaña más en la obstinación del Mandatario altiplánico por eternizarse en el poder, instrumentalizando el factor emocional que se ha instalado en el inconsciente colectivo boliviano respecto del mar.

La campaña de concientización del pueblo boliviano en relación con la mediterraneidad de su territorio es un caso de estudio para la psicología social. Como se sabe, la instilación de un sentimiento anti-chileno, junto a una mezcla de datos históricos, medias verdades y abiertas tergiversaciones sobre la Guerra del Pacífico, forman parte no sólo de la base educacional de todo niño y niña boliviana, sino también de su formación como ciudadanos. Eso, que se viene haciendo de manera persistente y continuada durante casi un siglo, conforma un condicionamiento psicosocial imposible de soslayar, menos aún al momento de concebir la viabilidad de un diálogo fructífero en la relación vecinal. Ese mismo condicionamiento psicológico explica la facilidad con la cual los gobernantes bolivianos utilizan la relación con Chile como recurso favorito para apelar a la unidad y obtener (o recuperar) popularidad.

Ese sentimiento anti-chileno, que el “Día del Mar” se encarga de fortalecer y actualizar con rigurosa periodicidad, es funcional a los intereses de Evo Morales, que necesita exorcizar los demonios que amenazan su ya innegable decisión de postular a un nuevo mandato, violentando la decisión popular manifestada en el referéndum de febrero de 2016. Esto se vio confirmado en la ceremonia de ayer, cuya organización denotaba claramente que el centro de la atención no es el mar, sino la figura de Morales, confirmando que lo único realmente eficiente en el Gobierno del MAS es su aparato de propaganda, mérito de los comisarios políticos del castrismo, que no sólo asesoran, sino que dirigen la burocracia comunicacional del Estado Plurinacional y pesan más que todos los amautas y yatiris locales juntos.

El pueblo boliviano, obnubilado como está en su capacidad de discernir con objetividad sobre el tema marítimo, parece no advertir que el objetivo prioritario del Presidente y su entorno es uno solo: perpetuarse en el poder. Y todo lo demás se transforma en medio o en instrumento para lograr ese fin último. Lo problemático de la situación boliviana es que los medios que justifican ese fin se tornan cada vez más onerosos.

El precio que pagará el país, por ejemplo, por la decisión de legalizar el incremento desmesurado del cultivo de coca, en el largo plazo será devastador. Sólo quienes conocen a fondo la verdadera influencia del narcotráfico en América del Sur en general, y Bolivia en particular, perciben los efectos que tendrá el libre cultivo decretado por Evo Morales. No sólo están en juego los equilibrios macroeconómicos del país, sino también las posibilidades de integración, hacia futuro, así como la viabilidad del desarme en Colombia y la plena vigencia del Estado de Derecho en todo el Perú, entre otros asuntos relacionados. Pero desde la coyuntura política boliviana, el aumento de la superficie de cultivo de coca, como la propaganda por la demanda marítima, es crucial para mantener a Morales en el poder, por el deterioro de la situación económica y la merma en popularidad del líder cocalero por diversos escándalos, incluyendo su curiosa relación con la ahora famosa Sra. Zapata, que continúa privada de libertad.

El incidente de los soldados y funcionarios aduaneros bolivianos sorprendidos hace unos días en territorio chileno haciendo uso de armas de fuego no es algo nuevo. Con mucha más frecuencia de lo que el público conoce, militares bolivianos ingresan al país e intimidan a trabajadores mineros con armamento de guerra para arrebatarles sus vehículos. Esto ha sucedido decenas de veces en los últimos años y son situaciones que nada tienen que ver con el ingreso inadvertido de funcionarios civiles o militares que, en el ejercicio de sus funciones, traspasan el límite fronterizo sin darse cuenta. En el caso de los militares bolivianos, se ha convertido en práctica habitual el robo de vehículos y mercancía en territorio chileno cercano a la frontera. La diferencia es que, de tanto en tanto, las autoridades chilenas deciden hacer cumplir la ley de manera rigurosa, como en este caso, pese a las protestas y reclamos de Morales y su aparato de propaganda.

El hecho de que Bolivia insista, en la forma como lo ha hecho, en exculpar a sus delincuentes en uniforme, demuestra el grado de descomposición institucional y de corrupción interna en el régimen, que no trepida en poner bajo escrutinio internacional una práctica imposible de defender ante cualquier tribunal imparcial. Esto podría terminar perjudicando todos los planteamientos jurídicos bolivianos, de conocerse en detalle la acción delictiva que grupos de uniformados de ese país efectúan, de manera casi habitual, en nuestro territorio.

Los anuncios del Presidente Morales en el “Día del Mar” sólo fueron más de lo mismo que viene sosteniendo desde hace años. Hizo un llamado a Chile a sostener una negociación “objetiva, de buena fe y con resultados, sin negar asuntos pendientes y teniendo presentes los intereses de ambas partes”. Notable construcción conceptual por parte del líder cocalero, y más propia de un jurisconsulto internacionalista. “Fat chance”, sería la respuesta más probable de su contraparte habitual en Chile, atendida su formación en inglés del Pedagógico. Traducido al español: “Ni en sueños” o, si se quiere: “Espérate sentado”. Esto, porque tendrán que pasar más que un par de Evos Morales por la historia de Bolivia hasta que se restañen las heridas que él ha inferido y que impiden un diálogo “de buena fe”, pues eso es precisamente donde nuestro vecino ha quedado en deuda.

Desde el Tratado de 1873 en adelante, hay una docena de oportunidades en las cuales Bolivia faltó de manera grosera a la buena fe en sus relaciones con Chile. En consecuencia, para retomar un diálogo normal cuando las circunstancias políticas lo permitan, no podrá hacerse de manera inmediata ni al margen de condiciones claramente pre-establecidas.  Tras su desatada hostilidad durante años, Morales no tiene credibilidad alguna cuando dice: “El mar une a todos los pueblos del mundo, hoy debe reunir a dos pueblos hermanos”. La hermandad entre los pueblos no se construye a base de insultos, agravios ni mentiras. Por ende, el legado de Evo Morales será más bien “Marx para Bolivia”.

Escrito para el Lìbero por Jorge Canelas, embajador (r) y director de CEPERI

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