Los socialismos reales del siglo XX fueron un fracaso absoluto en todas partes del mundo donde impusieron sus dictaduras. Alemania Oriental, Checoslovaquia, Rumania, Bulgaria, Hungría, Polonia, Cuba, todos satélites de la Unión Soviética, fueron incapaces de brindarle a su gente una vida decente, con libertad, democracia y respeto por sus derechos. Al contrario, impusieron regímenes totalitarios en los cuales millones de personas perdieron la vida tratando de escapar o, al ser perseguidos, purgados y apresados por disentir.

Pero esto no impidió a Hugo Chávez implantar el socialismo del siglo XXI en Venezuela. Elegido democráticamente, porque le mintió y ocultó al pueblo sus verdaderas intenciones, una vez en el poder, inspirado, asesorado y apoyado por Cuba, dio inicio el experimento bolivariano. El actual dictador Nicolás Maduro lo heredó y profundizó hasta llevar al país al mayor desastre económico, social y humanitario de su historia.

Teniendo Venezuela las mayores reservas de petróleo del mundo, recién tuvo que comprar 700.000 barriles de crudo a Rusia para entregárselo a Cuba este febrero, a precios subsidiados. PDVSA está arruinada. Las reservas internacionales cayeron de US$29 BN en 2012 a US$8,4 BN en 2018 y se estiman en US$2.7 BN en 2019. El PIB cayó a -18% en 2018 y se estima que será -5% para este año. Y atención, el FMI proyecta para 2019 una inflación de 10.000.000%. Si, leyó bien, diez millones por ciento.

La ignorancia, soberbia, cinismo e indolencia de Maduro ante el sufrimiento de su pueblo es intolerable, culpando del desastre en que los tiene sumidos al típico recurso del imperialismo norteamericano.

Hay gente muriéndose por falta de medicamentos y alimentos, lo que ha creado una severa crisis humanitaria que Maduro niega, rechazando ayuda internacional. La violación de los derechos humanos ocurre a diario; hay políticos encerrados en sus cárceles y la persecución a la disidencia ha hecho que jueces, opositores y empresarios se asilen al temer por sus vidas. El 10% de la población, sobre 3MM de personas, han emigrado por no ver futuro alguno en una dictadura que ha saqueado el país y que no les permite desarrollarse en libertad.

Este es el resultado del socialismo del siglo XXI, que tiene al frente de ese gran país a un dictador irresponsable, que ha gobernado con los militares que lo apoyan, porque les otorgó, entre otras cosas, el control de PDVSA, un canal de TV, un banco, una ensambladora de vehículos, una constructora, una compañía minera y la distribución de alimentos, sin olvidarnos del manejo del narcotráfico.

La actitud de la izquierda chilena debe hacernos reflexionar profundamente, para no dejarnos sorprender cuando vengan las elecciones y su discurso sea que el fracasado socialismo es la solución de todos los problemas.

La ignorancia, soberbia, cinismo e indolencia de Maduro ante el sufrimiento de su pueblo es intolerable, culpando del desastre en que los tiene sumidos al típico recurso del imperialismo norteamericano. Su pertinacia tiene inmersa a Venezuela en una crisis cuyo desenlace aún es incierto. Sus mentiras y su fraudulenta elección han merecido el más alto rechazo internacional, el que hoy se manifiesta con el reconocimiento a Juan Guaidó como Presidente interino, quien sería el llamado a convocar elecciones en 30 días para restablecer la democracia.

En Chile el PS calificó el reconocimiento a Guaidó de intervencionista. Raro, digo yo, cuando no se inmutaron en enviar la famosa carta a la Justicia de Brasil, poniendo en duda el proceso y condena de Lula, exigiendo respeto a la Constitución y a su derecho a ser candidato. El PC califica de golpista al Presidente Piñera y el FA de no respetar la Constitución venezolana, brindándole apoyo incluso hoy a Maduro.

Esta actitud de la izquierda debe hacernos reflexionar profundamente, para no dejarnos sorprender cuando vengan las elecciones y su discurso sea que el fracasado socialismo es la solución de todos los problemas. No más Maduros ni socialismos del siglo XXI en esta región. De cada uno de nosotros depende que así sea.

/Escrito por Jaime Jankelevich para El Líbero