Siempre me ha llamado la atención que las buenas personas no solo pueden cometer grandes injusticias, sino que a veces lo hacen con la conciencia muy tranquila. Es parte de la capacidad de autoengaño que tenemos los seres humanos. El reciente fallo del juez Madrid y, especialmente, algunas reacciones ante el mismo me parecen un buen ejemplo de este fenómeno.

Que un juez cometa errores graves en un fallo no es ninguna novedad, aunque sí sorprende que lo haga después de casi veinte años de investigación, y que esos errores sean tan elementales. Nuestro antiguo proceso penal, que fue empleado en este caso, tenía algunas fallas básicas, pero al menos partía de un supuesto que conoce cualquier alumno de primer año de Derecho, por muchas horas que le dedique al celular: si a uno lo acusan de una cosa, no pueden condenarlo por otra distinta. Si la acusación que hizo el juez Madrid en 2017 se fundaba principalmente en la hipótesis del envenenamiento, entonces en el fallo que expresamente descarta esa hipótesis no cabe condenar al cirujano por haber realizado una resección intestinal hoy considerada improcedente, y que no fue mencionada inicialmente, porque eso deja a los acusados sin posibilidades de defenderse.

Por otra parte, si la sentencia habla de autores, cómplices y encubridores, no puede terminar condenándolos por homicidio simple, pues la existencia de todas esas figuras supone un concierto previo, premeditación, lo que da origen a un homicidio calificado (mucho más grave), a menos que piense que en la sala de operación recibieron una súbita inspiración para delinquir, lo que no parece muy probable.

Tampoco resulta muy claro por qué hay que condenar al chofer de Frei Montalva por un delito sofisticado, que solo podrían haber cometido médicos muy experimentados. Es cierto que el chofer tenía vínculos con la Dina, pero ese solo hecho no lo transforma en responsable de todos los males que hayan ocurrido en el país en ese período. Y si uno redacta 810 páginas, lo menos que puede hacer es abordar todas estas cosas, salvo que crea que la cantidad de papel es capaz de avalar, por sí sola, la justicia de lo resuelto, y no simplemente una manifestación de que uno todavía no ha aprendido a sintetizar.

Pero lo más raro de todo este asunto no es la sentencia del juez, sino ciertos comportamientos que hemos observado en este largo proceso, comenzando por el del propio Eduardo Frei Ruiz-Tagle. Al principio, mantuvo una actitud cautelosa. Reconozco que pensé que llegaría un momento en que iba a poner paños fríos en este asunto, aunque eso le significara enemistarse con su hermana. Le bastaba una conversación con su cuñado el Dr. Beca para obtener una información más que confiable. Porque no es ninguna broma echarse a la conciencia la condena de un inocente. Ingenuo de mí. ¿Habrá tenido Frei algún remordimiento al recibir con cara de circunstancias las condolencias de tanta gente esta semana? Probablemente no. Frei es una persona buena y probablemente tiene conciencia de su bondad, pero precisamente esta circunstancia podría tornarlo inmune a cualquier autocuestionamiento moral. Ese tipo de gente buena puede ser muy peligrosa.

Con todo, no es el caso de Frei Ruiz-Tagle el que más me sorprende. Entre la multitud que celebraba el fallo con una alegría cuasi futbolística, había muchos abogados. Eso ya es más serio, porque a ellos les enseñaron desde chiquititos ciertos principios jurídicos elementales, que no parecen haber sido respetados en este fallo, y resulta difícil que lo ignoren. Ciertamente para la DC puede ser muy conveniente que su principal figura política sea un mártir, pero eso no puede conseguirse a cualquier costo. Tampoco creo que Eduardo Frei Montalva necesite la condena irregular de una persona muy cercana a él para ocupar un lugar especialmente destacado en nuestra historia.

Pero hay más. Una de las cosas donde aventajamos a otros países latinoamericanos es en la calidad de nuestra discusión pública. Ahora bien, cada vez que en estos días alguien intentó introducir un matiz, una mínima pausa reflexiva en la discusión, recibió como respuesta: “pinochetista”, “negacionista” u otro adjetivo semejante. Por supuesto que resulta muy importante estudiar la fisonomía del pinochetismo, determinar qué significa la negación de las violaciones a los derechos humanos y precisar sus consecuencias jurídicas y políticas. Pero arrojar esos calificativos para terminar el análisis de un tema que merece un estudio más serio es una muestra de flojera intelectual o simple frescura política.

No es imposible que, más adelante, el fallo sea revocado. ¿Qué harán entonces los que se arrojaron como una jauría sobre el Dr. Silva y el resto de los condenados? ¿Pedirán disculpas públicas? ¿Dirán que se arrepienten de la frivolidad con que se pronunciaron sobre el tema? ¿O quizá inicien un proceso para destituir a los jueces que corrijan este fallo tan original, acusándolos de notable abandono de sus deberes?

Por Joaquín García-Huidobro, para El Mercurio

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